IFE, tal como éramos

Hoy los encargados del organismo destinado a controlar las elecciones, a vigilar y administrar el paso y la actuación de los partidos, sólo son observadores que han sido devorados por el poder de las diferentes facciones políticas

En la epopeya -mitad mentira, mitad verdad- de la conquista de la libertad y la democracia en nuestro país, el Instituto Federal Electoral, el viejo IFE, el de Woldenberg, el de la lucha ciudadana, el de la dignificación, el que hacía imposible que nos robaran las elecciones; marcó uno de esos momentos en el que llegamos a ser más eficaces, más normales y más demócratas.

Sin embargo, ahora tras el cambio de nombre pero sobre todo el cambio de tendencia y el fracaso absoluto con la mediocridad de los actuales administradores del llamado INE -Instituto Nacional Electoral-, se presenta ante nosotros una de las escenas más tristes a las que nos hemos enfrentado.

Y es que, no quieren, no saben o simplemente no pueden poner orden y ser realmente un elemento clave que empiece por el origen con la correcta administración de los recursos que entregamos todos nosotros a fin de imponer la seriedad necesaria para empezar con la administración de los partidos y continuar con el ejercicio de la democracia.

Al parecer una vez más la confrontación política se tendrá que dilucidar en los tribunales, y eso tiene sentido puesto que es una garantía del orden del sistema.

Pero lo que ya está muy mal es que los topes en los gastos de campaña, los excesos, las desviaciones del sistema y las causales de anulación, no hayan sido denunciados ni corregidos a tiempo y que el organismo no haya sido capaz de crear un mecanismo que le permitiera vigilar todas esas irregularidades.

El INE no es el IFE, el México en el que hoy vivimos ya no es el mismo, pero es verdad que ahora es un organismo peor y uno más que frente a las grandes declaraciones, aspiraciones y sueños de ser un país democrático y normal, ha fracasado ante la deficiencia de las burocracias y el establecimiento de la mediocridad.

Aunque no hay que confundirnos, porque no es verdad que cualquier tiempo pasado es mejor, pero lo que sí es cierto es que como país el ideal democrático de aquel momento conformó con la ayuda de grandes administradores -como es el caso de José Woldenberg- un experimento en el que recuperamos la confianza en el proceso electoral, la contundencia de la expresión democrática y la seriedad en la confrontación de las ideas.

Hoy los encargados del organismo destinado a controlar las elecciones, a vigilar y administrar el paso y la actuación de los partidos, sólo son observadores que han sido devorados por el poder de las diferentes facciones políticas, siendo ahora ellos los controlados y no los controladores.