La tierra lo brinda y lo comparte

¡QUE CONSTE,… LOS OLVIDADOS!
         Andando entre las sierras y los valles, las montañas y las playas a veces no entienden la razón por la que los sitios que ocupan las cocinas o los fogones en las casas todas vean para la entrada del solar y al patio, ahí se dan las mejores relaciones, está la comida y el café o el té de hoya y yerbas y el comal para la tortilla y la lumbre preparada con las brasas, como apagadas escondidas entre las cenizas que también se usan para ponerlas con manteca en la panza con sobadas o en la frente para evitar el mal del ojo o en las sienes para terminar con una yerba que sirva para aplacar el dolor de cabeza y el metate y el molcajete y los platos y el comal y el nixtamal preparado, ya lavado para comenzar a moler y tortear y dar la fuerza, ahí se cruzan las miradas y los silencios, se observan las chispas de los palos y se comienzan a dar las palabras susurradas, es como el verdadero corazón del hogar y de la choza y del lugar, ahí siempre hay algo que tomar, la olla de barro que conserva el agua fresca del manantial o del pozo y se deja asentar para que no traiga lodos y hojarascas y gusanos, y el café pegado al fogón, cerquita de la lumbre para conservarlo caliente o se hace de pronto con el agua de la olla caliente y se tuestan los granos y se muelen y se ponen en el calcetín para filtrarlo y se le agrega piloncillo y canela cuando ya es de lujo y se brinda el pan de dulce o el pan blanco con nata y azúcar o mantequilla o se comienza a tortear recién molido el nixtamal para que las tortillas se esponjen y se abulten y se puedan dar calientitas recién salidas del comal para que se sienta el sabor y no se tenga que recalentar y esos blanquillos de gallina prieta o de la pescuezona o de la guajolota o de la pata y cada uno con sabor distintos y salsa diferente, con algo de queso y sal y buen humor, cuando se come casi no se habla, se mastica en silencio y con agradecimiento, como rezando y dando gracias por el alimento. Cada uno de los que estamos en el fogón de la cocina sabemos lo que cuesta y se batalla para cada plato y para cada bocado, se agradece el tenerlo, porque se sufre para sembrarlo y cultivarlo y obtenerlo.
         Y mientras, los hombres comen y platican y las mujeres jóvenes muelen y tortean y sirven, las viejas bordan o tejen, así, mi abuela Rosalía agarraba el gancho y tejía parte como de flores y sus ojos vagaban como esperando algo, la vida o al espíritu o el platicar de los nietos o de los hijos o pensaba en sus buenos tiempos, y después, juntaba cada parte y hacía colchas o manteles o servilletas y parecía que nunca se le terminaban las fuerzas de los dedos en el tejer, y después, a moler las carnes y los chiles y limpiar las tripas para hacer aquel delicioso chorizo o moler las guayabas y hacer aquella jalea de la fruta y el moler para hacer el pan o cocer los frijoles o moler para el mole o para el mole de la Shala que es una delicia en tamal y recoger las naranjas para ponerlas arriba del fogón para que el humo las mantenga y les dé mayor sabor y dulzura y cada miércoles, un día antes del jueves que es de plaza en Tianguistengo, ella recibía los compadres o a sus amigos y se quedaban en los patios y podían poner sus bultos de los productos que venderían y le daban, en agradecimiento, lo que traían y así, ella compraba el café en grano y lo tostaba y molía y tomaba las piezas del piloncillo y los tarros de aguardiente de caña y reía al escuchar las historias o daba recetas de yerbas para curar y pedía que le trajeran para almacenarlas y era como una vieja hechicera, hermosa, grandiosa, callada, con sus ojillos viejos y apagados y sus dolores escondidos debajo de la enagua, y también bordaba con  chaquira y hacía unas bases para las blusas de lujo con hermosas flores y  figuras y aves y granadas, y todo en ella olía como a comida buena y a buena tierra, a la gran luna de la sierra…Como era bella la máabuela o la márosa…y sobre todo, la veías cuando comenzaba a trabajar las hojarascas, una tortillas especiales de varios maíces y de varias grasas y solo la podían hacer las expertas cocineras y ahí sabías que pronto tendrías que regresar con esa caja como tesoro en las piernas, para llevarlas a la casa cuando llegáramos a la vecindad, y mi padre la recibía con emoción, como que sabía de pronto que llegaba el amor de madre y el olor de tierra, así llegaba el chorizo y el queso seco para asar y la cecina y los frijoles grandes de colores con las hojas de aguacate para darles el sabor y los chiles especiales y las paguas, esos grandes aguacates que se combinaban con salsa y queso y los pemuches de colorín o …el pan de leña y las frutas de horno, y todo, era la comida, porque no hay nada más para venir a ésta tierra cuando no hay mucho que pasear ni recorrer.
         Si todos pensáramos como aquellas gentes buenas de que no se necesita mucho para vivir y convivir alegres en los pueblos, y que las ambiciones solamente destruyen los sueños y son prohibidos por ser etéreos y venir de las voces de los ángeles, las cosas serían diferentes y a todos alcanzarían los alimentos y nadie moriría de hambre que es el mayor de los pecados que dejamos se realicen en el mundo… La naturaleza nos brinda todo, la tierra es bondadosa y no es posible que unos cuántos se lo roben y acumulen y especulen, mientras otros más se van quedando en huesos y de pronto mueren por la falta de comida. Nada nos vamos a llevar, nadie se va a la tumba con un camión de propiedades, y menos, se llevan los árboles o las casas con sus ladrillos de tierra o las tejas y nadie se puede gastar en el camposanto los dineros por más que les pongan en las tumbas. Nadie puede comer más que tres veces o dos al día, nadie puede lucir más que un vestido diario o calzar un par de zapatos o de calzones o de faldones y nadie puede andar luciendo diez anillos o tres relojes en los brazos, así que todo lo que te sobra, como decía el viejo del pueblo: Todo lo que te sobra es porque lo robaste y no por tu trabajo, y lo que te sobra a ti le falta al otro, y eso, es pecado de gula y de ambición… por eso, cuando duermo, doy gracias por lo poco que necesito para vivir y por el taco o el frijol o la calabaza y el nopal y doy gracias por tenerlo, y cuando puedo, doy a los otros que están cerca porque el compartir es como estar en la tierra que todo lo brinda y lo comparte, por esa razón, uno tiene que soñar y recordar las raíces del de antes…