Ahora con una figura pesada, pero con la ligereza y el desparpajo de siempre a la hora de tener el balón entre sus pies, Cuauhtémoc Blanco regresó a la que fue su casa desde que tenía 18 años para despedirse del equipo de sus amores.

Con una mirada que reflejaba concentración al bajar del autobús, a la llegada al Estadio Azteca, testigo de grandes glorias del hoy dorsal 100 de las Águilas, mostró la seriedad con la que tomó el cotejo pese a saber que esta tarde tendría su fiesta.

La ovación que se llevó al salir a calentar recopiló aquellas cascadas aplausos que el ‘Cuau’ se llevó a lo largo de sus casi 23 años de carrera como futbolista; cada movimiento realizado por Blanco Bravo era reconocido por la afición que tanto aclamaba su retorno.

Nuestras Águilas calientan en la cancha del Estadio Azteca #VamosAmérica #100preCuau pic.twitter.com/qPgfiKUkof

— Club América (@ClubAmerica) 5 de marzo de 2016

Salió con el gafete de capitán al terreno de juego, como referente y ejemplo de la escuadra de Coapa, como tantas tardes lo hizo, no sólo con la querencia, también en aquellas escuadras con las que derrochó talento en México, España y Estados Unidos.

Arrancó el encuentro, el de Cuauhtemoc. Apenas tocaba el esférico y la gente se le entregaba.

Apenas al minuto cinco buscó asistir de ‘taquito’ al ‘Rifle’ Andrade, dejando en manifiesto que su genialidad sigue intacta, como para seguir dando emociones en el campo. La jugada no fructificó porque el colombiano fue derribado. Tiro de castigo a favor del América que desde su marcación se antojó para que fuera ejecutado por el ídolo.

Cobró el balón parado lejano y puso a temblar a la zaga de Monarcas, como tantas veces lo hicieron los rivales en turno al ver a Blanco en la delantera azulcrema.

Al minuto ocho pareció llegar el momento de Cuauhtémoc: eludió a dos defensas, sacó un pulcro toque elevado que techó al arquero y cimbró el travesaño. Pese a no convertir, hizo vibrar a la afición, como cuando marcó en los Mundiales del 98’, 2000 y 2010.

Peleó una pelota cerca de la banda con una barrida que le fue señalada como falta. Reclamó la marcación al central por última vez. Negó con la cabeza e hizo ese gesto de desaprobación, apretando los dientes y con muchas cosas en la mente para decirle al silbante.

Ese hombre irreverente, también dentro del terreno de juego, iluminó la cancha con la ‘Cuauhteminha’, y vino a muchas mentes ese episodio ante Corea del Sur en la Copa del Mundo de Francia. Instantes después, las tribunas del Coloso de Santa Úrsula se volcaron con un ‘Oe, oe, Blancooo, Blancoo’.

Fintas muy a su estilo para desesperar al rival, fueron las últimas jugadas que el ‘100’ del América haría como futbolista. Instantes después, la pizarra del cuarto oficial dictaría el final de su carrera. Darwin Quintero sería quien ingresaría al encuentro en lugar de Cuauhtémoc. Los vítores no paraban en las gradas.

Dos goles, el de Oribe Peralta al 42’ y el de Darwin en el 45’, fueron dedicados al futbolista que hoy puso punto final a su historia como elemento de las Águilas.

Al medio tiempo, en la ceremonia de homenaje, Blanco recibió un reconocimiento, dio una vuelta olímpica y dijo adiós a aquella afición a la que tantas alegrías dio. Las lágrimas a punto de salir y la voz entrecortada resumieron la emoción que el ahora exjugador sintió al finalizar su andar como profesional.