El País

Barack Obama y Raúl Castro abordaron este lunes, en su reunión en La Habana y en una rueda de prensa posterior, las diferencias sobre los derechos humanos y la democracia. Obama dijo que la falta de respeto a los derechos humanos es uno de los obstáculos para la normalización plena de las relaciones, pero reiteró que el futuro de Cuba corresponde decidirlo a los cubanos y no a los estadounidenses. Castro defendió la sanidad y la educación gratuita como un derecho humano y marcó el límite del acercamiento a EE UU en el mantenimiento del sistema político que él encabeza.

 

 

Cuando un periodista estadounidense le preguntó por la liberación de presos políticos en Cuba, Castro replicó para negar que existan estos presos: “Dame los nombres”.

La rueda de prensa de Obama y Castro, de una hora, sirvió para ver a Castro ante preguntas incómodas. En dos momentos, un asesor se acercó al podio para aconsejarlo. Respondió a otra pregunta con una repregunta a la periodista.

Obama intenta aislar, en la nueva relación con Cuba, los derechos humanos del resto de asuntos en discusión. El presidente estadounidense admitió el desacuerdo pero también dijo que EE UU cuenta con aliados que también tienen sistemas distintos y citó a China como otro país con el que existen profundos desacuerdos en este asunto y sin embargo las relaciones están normalizadas desde hace décadas.

Los derechos humanos, dijo Obama, no arruinarán el acercamiento pero pueden ralentizar el ritmo. El embargo, que depende del Congreso, “acabará, lo que no estoy del todo seguro es cuándo”.

La jornada empezó con una ofrenda floral al monumento al poeta José Martí, héroe nacional de Cuba. La banda militar cubana interpretó el himno de Estados Unidos. Obama y sus delegaciones escuchaban firmes, la mano en el corazón, con la escenografía revolucionaria de la Plaza de la Revolución. La plaza es una vasta extensión de aire soviético rodeada de edificios gubernamentales y con un trasfondo icónico: los relieves en las fachadas ministeriales de los revolucionarios Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Al iniciar la visita oficial con la ofrenda a Martí, Obama no sólo siguió la tradición de otros jefes de Estado que visitan La Habana. También envió una señal fuerte. “Es una manera de honrar a los cubanos sin pasar por la revolución”, comentó tras la ofrenda el periodista Jon Lee Anderson, autor del monumental Che, biografía de referencia del Che Guevara. La ofrenda a Martí señala el respeto a la soberanía cubana frente a las injerencias extranjeras, incluida la de EE UU. Y es un homenaje al prócer de la patria, una figura de unidad, más allá de las ideologías, un héroe que no es monopolio de la revolución, venerado en La Habana y en Miami.

La de La Habana es la tercera reunión entre ambos mandatarios desde que el 17 de diciembre de 2015 anunciaron simultáneamente la normalización de las relaciones. Las anteriores reuniones fueron el pasado abril en Panamá, durante la cumbre de las Américas, y en Nueva York, en septiembre, durante la Asamblea General de la ONU. En este periodo, el ritmo del deshielo ha sido sostenido. Ambos países han reabierto embajadas y EE UU ha relajado las condiciones para hacer negocios y viajar a Cuba. Al mismo tiempo, la apertura política ha sido inexistente: el cálculo de la Casa Blanca es que, a largo plazo, la liberalización económica acabe por impulsar una transición a un régimen pluralista.

El contraste entre ambos líderes es visible. Obama es un afroamericano de 54 años, un presidente elegido democráticamente cuyo segundo mandato termina el próximo enero. Castro tiene 84, es blanco y ha sido revolucionario, ministro de Defensa y sucesor al frente de Cuba de su hermano, Fidel. Se ha fijado como limite de su mandato 2018. La Casa Blanca ha querido acordar la normalización con un Castro, la familia que ha dominado el gobierno de este país en los últimos 57 años. Si algo tienen ambos en común, es que se acercan al final de sus mandatos.

La reunión de La Habana debe sellar el fin de una hostilidad de más de medio siglo, que empezó poco después de la revolución de 1959 y tuvo sus momentos más tensos durante el intento de invasión de Cuba en 1961 y la crisis de los misiles soviéticos en 1962. EE UU impuso un régimen de sanciones –el embargo– que en gran parte sigue vigente. Estos días se han visto y se verán imágenes insólitas: desde el Air Force One, el avión presidencial estadounidense, aterrizando en La Habana, hasta el presidente de EE UU entrando con todos los honores el Palacio de la Revolución, sede del poder en Cuba.

La coreografía de la visita de Obama es reveladora. No se reunirá con Fidel Castro, porque no desempeña ningún cargo oficial, pero también porque es, más que su hermano pequeño, el símbolo de la hostilidad hacia EE UU. Hasta el último minuto, hubo una discusión sobre la posibilidad de celebrar una rueda de prensa conjunta. EE UU lo pedía; el Gobierno cubano se resistía. En la cena de estado de la noche del lunes no están previstos discursos ni brindis: todo muy sobrio, con poco espacio para las efusiones.

Por la tarde, Obama participará en un foro con empresarios estadounidenses. El martes Obama hablará al pueblo cubano en un discurso en el Gran Teatro de La Habana y después se reunirá con disidentes y representantes de la sociedad civil, todos elegidos por la Administración Obama, según la Casa Blanca. La visita concluirá con la asistencia a un partido de béisbol entre el equipo estadounidense Tampa Bay Rays y la selección nacional de Cuba. El béisbol es el deporte nacional entre ambos países, símbolo de la conexión entre ambos pueblos que Obama ve como la clave para la normalización definitiva de las relaciones entre Cuba y EE UU.