El Economista / Rubén Aguilar Valenzuela

Dios está cada vez más lejos de los hombres y mujeres que forman parte de la cultura occidental. Es un hecho que no se pude ignorar. Ya no es posible volver a los tiempos, no tan lejanos, en los que la presencia de Dios era tan obvia que se contaba con él para cualquier explicación y constituía “un dato más de la realidad o incluso el gran dato”, afirma Manuel Fraijó, catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED, en España. (El País, 31.10.15).

 

 

El Occidente, plantea Fraijó, ha seguido el itinerario intelectual trazado por el alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872): “Dios fue mi primer pensamiento, el segundo la razón y el tercero y último el hombre”. En el campo de la filosofía, la teología de ayer se llama hoy antropología. Ahora tampoco existen las “contundentes proclamaciones de ateísmo”. En el mundo de hoy con relación a Dios, tiende a ganar espacio el desinterés.

Un lúcido teólogo alemán, el protestante Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), asesinado por los nazis, sostenía que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su invisibilidad y carácter misterioso de su revelación. Dios es y será siempre un enigma. En palabras de san Agustín (354-430), el obispo de Hipona: “Si lo comprendes no es Dios”. La aceptación de Dios necesariamente requiere de la fe, no hay otra posibilidad.

La fe, que siempre se mueve en la dialéctica permanente entre el sí y el no de la realidad de Dios, implica muchas veces la travesía de la noche oscura. La duda se hace presente. Un ejemplo, los hay muchos, de la condición de la propia fe, es la madre Teresa de Calcuta, pronta a ser santificada, que por años perdió la fe, vivió en el no, pero siempre siguió adelante hasta volverse a encontrar con el sí.

El papa Francisco expresa muy bien esta realidad, con hondura humana, cuando plantea que “si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni la roza un margen de incertidumbre, algo no va bien” y que “si uno tiene respuesta a todas las preguntas es prueba de que Dios no está con él”, y añade “un cristiano que lo tiene todo claro, seguro no va a encontrar nada”.

Fraijó recuerda que el teólogo jesuita Karl Rahner (1904-1984) y el protestante Karl Barth (1886-1968), uno alemán y el otro suizo, coincidían en plantear una teología más abierta a las preguntas que a las respuestas. A los dos tuve la oportunidad de estudiar en los años que cursé la teología. Rahner, para algunos el teólogo cristiano más potente del siglo XX, en más de una ocasión expresó sus crisis de fe. Y lo mismo ocurrió con Barth.

Para Rahner ser cristiano no es un estado sino una meta, un ideal a alcanzar. Y afirma que no es correcto decir “soy cristiano” sino “aspiro a ser cristiano”. Y Barth rechaza la distinción entre creyente y no creyente. Él mismo se asumía como un no creyente. En la mejor tradición cristiana siempre ha estado presente la dialéctica del sí y el no, del creyente y no creyente. El pensador español Miguel de Unamuno (1864-1936) lo expresa de forma contundente: “Fe que no duda es fe muerta”.