Etnografía y vida cotidiana en Tierra Caliente

La Silla Rota

Hacer investigación etnográfica en Tierra Caliente michoacana es sumamente apasionante y enriquecedor pero, a la par implica enfrentarse a diversos obstáculos.

 

 

Por un lado, el geográfico: dada la inaccesibilidad de la zona, las enormes distancias a recorrer, la escasez de infraestructura carretera, los problemas de comunicación y las altas temperaturas que en algunas zonas alcanza hasta los 50 grados centígrados.

Por otro lado, la seguridad: ya que a pesar de los esfuerzos del gobierno federal y estatal y, sobre todo, de los grupos de autodefensas –hoy Policía Estatal Fuerza Rural– la violencia subsiste, el riesgo es real y el peligro aún acecha en los márgenes urbanos, en las veredas y carreteras.

Por si esto fuera poco, la pobreza y marginación son lacerantes. En su mayor parte, la Tierra Caliente está hecha de pequeñas poblaciones cuya principal actividad productiva (ganadería o agricultura) es insuficiente para generar riqueza y desarrollo para todos.

Es un territorio inhóspito, pues, desde cualquier punto de vista.

Ante este panorama, sorprenden los anuncios alegres y hasta ingenuos del gobierno estatal en el sentido de dar por terminada la labor de las autodefensas.

Es cierto que, a casi 38 meses del alzamiento armado de un grupo de pobladores de La Ruana y Tepalcatepec, la situación de inseguridad en la región ha cambiado.

Hoy en día, los tepalcatepenses, por ejemplo, no viven bajo un régimen de poder y dominación construido por una organización criminal; no necesitan caminar cabizbajos para no ofender a los Caballeros Templarios; no es necesario congratularse con los criminales, acusando y traicionando a familiares y amigos.

Hoy en día, los ruanenses, por ejemplo, no viven bajo un sistema de expoliación de sus recursos, en el que la organización criminal sencillamente les “expropiaba” sus tierras, sus viviendas, sus autos y hasta las bicicletas.

Hoy en día, nadie, hasta donde he visto, sufre la explotación de sus cuerpos como trabajadores esclavizados en los campos de cultivo, en los narcolaboratorios, o, peor aún, como goce de la sevicia y lascivia de los Templarios (como fue el caso de las jóvenes secuestradas).

La situación actual es sin duda distinta a la que dio paso al movimiento armado. La estrategia de las autodefensas, su coraje y lucha épica ha dado frutos.

Por ejemplo, a regañadientes el gobierno federal reaccionó y actuó. Parte de las autoridades municipales y estatales ligadas al crimen organizado renunció o fue encarcelada (si bien otro tanto se encuentra impune).

Muchos de los integrantes del grupo criminal huyeron, cayeron durante los enfrentamientos o se encuentran en la cárcel (si bien otros tantos están libres y activos en el crimen).

Además, las autodefensas firmaron un acuerdo con las autoridades federales a través de la Comisión para la Seguridad y el Desarrollo Integral en el Estado de Michoacán y, hoy por hoy, los excombatientes lucen relucientes placas de Policía Estatal Fuerza Rural, patrullan las ciudades y los valles en vehículos oficiales y sus armas y acciones (arrestos, rondines, retenes) son legales.

Sin embargo, el trabajo etnográfico devela otro escenario en el que la violencia persiste y subsiste en el lenguaje, en las prácticas, en la vida cotidiana.

Primero, el lenguaje de la violencia permea la conversación coloquial, no tan solo en los temas de la plática, sino en la constante demonización del otro, en el pensar a los propios vecinos y conocidos como culpables de la tragedia comunitaria.

Segundo, la violencia permanece en los delitos del día a día. En los arrancones de autos, en los pleitos de cantina y en las agresiones de género. Por si esto fuera poco, de pronto se esparce el rumor de un levantón, se escucha una balacera o se observa el paso de algún convoy de camionetas con hombres armados.

Tercero, la violencia se encuentra fuertemente anclada en la pobreza. En efecto, no hay violencia más lacerante hacia los hombres y mujeres que la marginación, la escasa educación y las pocas oportunidades y opciones de progreso, cultura y recreación.

Es una violencia que no sólo corroe los cuerpos de los habitantes de esta región, sino que también empobrece sus espíritus.

Insisto, Tierra Caliente es un territorio inhóspito, desde cualquier punto de vista. Pareciera ser que en Tepalcatepec o en La Ruana, no es posible escribir poesía.

Esta región michoacana permanece, en muchos sentidos, en los márgenes del Estado. Aún falta mucho para que ese cuerpo político cumpla con su función de brindar seguridad pública en sus dimensiones principales: seguridad física, jurídica y patrimonial. Por eso sorprenden los anuncios felices y hasta ingenuos que auguran paz y tranquilidad.

Gracias a los trabajos de Norbert Elias, sabemos que una de las grandes diferencias entre la Antigüedad y la Modernidad consiste en el miedo o en la confianza, según el caso, que se genera al hacer vida cotidiana; esto es, al caminar por las calles, charlar en las esquinas, salir de noche. Lograr este cambio fue, en todo caso, uno de los fines para los cuales se concibió al Estado.

Sin embargo, hoy en día, en Tepalcatepec o en La Ruana, hacer etnografía o hacer vida cotidiana es una tarea que implica riesgo y genera miedo. Y esto es así porque, sin duda, el Estado aún no se recupera de su fracaso.

@EdgarGuerraB

@OpinionLSR

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