Hablar de clientelismo en uno de los estados más pobres del país, es hablar de una realidad que limita y condiciona a los partidos políticos de la entidad. Fomentarlo ha llevado a que el dinero que el gobierno otorga para las campañas electorales, sea insuficiente. Las personas quieren más.

 

 

Ante la falta de compromiso real con el votante, los partidos han optado por mantener prácticas que desgastan el tejido social, así como la confianza en las instituciones políticas y electorales.

No hay despensa que alcance, dinero que dé, ni utilitarios que sean suficientes ante una sociedad cada días más despierta y al mismo tiempo más cansada; el clientelismo termina por colocar a los partidos en una situación de vulnerabilidad, los beneficios inmediatos son insuficientes en una campaña que dura más de 60 días. Poco y nada valen las despensas que puedan repartirse si no hay un seguimiento, o un convencimiento efectivo del votante.

Nos encontramos ante partidos incapaces de vender identidad, agenda e ideología. El votante no es más un ciudadano sino un mero receptor de dádivas. Y pese a la indignación que puede generar la compra de votos, lo cierto es que cientos de personas asisten a los mítines y reuniones del candidato bajo la lógica de “dar y recibir”, esperando que las despensas lleguen; sin que esto suponga un cambio en la idiosincrasia del elector.

Los mismos que hoy se quejan de que los votantes les dicen “¿Qué me vas a dar?”, son los que ayer entregaron regalos, láminas, cemento, etc. como una forma de promover el voto. No es viable mantener este tipo de prácticas con una economía tan raquítica como la nuestra.

Los partidos políticos deben volver a su origen y reestructurar antes de ser rebasados por la necesidad de los votantes, no hay dinero que alcance, o tal vez si… para eso estamos los ciudadanos, para pagar los impuestos que financian campañas.

Despensas todos, progreso ¿quién?

Elizabeth Castro