De no asistir hoy a clases, los maestros en paro de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación se habrán puesto la soga al cuello.

 

 

 

A partir de la Reforma Educativa, la ley prevé que un profesor que acumule más de tres faltas en un mes es sujeto de despido sin responsabilidad para el patrón, es decir, la Secretaría de Educación Pública.

 

En algunos casos, como en Chiapas, los paristas argumentaron que el lunes no era día laboral, por el feriado del Día del Maestro, por lo que apenas hoy caerán en lo que establece la ley para proteger el derecho de los niños a tener una educación efectiva, no interrumpida por interminables paros magisteriales.

 

El miércoles, los paristas retaron a la SEP a que haga efectiva la ley, los corra y los sustituya.

 

Apuestan a que la secretaría no cuenta con quiénes hacerlo, aunque ya vieron que los cerca de cinco mil que han sido despedidos por no presentar el examen de evaluación magisterial sí han sido reemplazados. Tan es así que en Chilpancingo la Coordinadora se opone a que tomen posesión los nuevos maestros.

 

En el colmo del victimismo chantajista, el núcleo duro de la CNTE envió este mensaje a Aurelio Nuño: “(En las evaluaciones) nada nos preguntan de la pobreza y la violencia que enfrentamos, del hambre que tienen nuestros alumnos y de las carencias que aún hay en nuestras escuelas”.

 

Su rollo ya había sido sonoramente desmentido por el profesor oaxaqueño Octavio Estrada Martínez, quien, a pesar de que la CNTE cerró su escuela –la primaria Leona Vicario– citó a sus alumnos a tomar clase en la banqueta del colegio.

 

En lo que fue una imagen memorable de estos días, los pupilos acudieron a clase.

 

El martes por la noche, entrevisté a Estrada en Excélsior Televisión. Le pregunté sobre los argumentos de la CNTE sobre la incapacidad de dar clases ante la falta de equipamiento de las escuelas.

 

“Yo estoy completamente en desacuerdo”, me dijo Estrada, profesor normalista con 30 años de experiencia. “(Quienes dicen eso) no creo que sean maestros que se forjaron en una normal, porque desde que nos mandaron a la montaña a caminar 14, 15, 16 horas, sí hay condiciones. Entonces ellos no saben verdaderamente la vocación de ser maestro”.

 

Y agregó: “Me refiero a que todo se puede lograr siempre y cuando se tenga la convicción y la vocación”.

 

Le pedí que me dijera por qué tomó la decisión de dar clase, pese al paro de la CNTE.

 

“Por el compromiso que hemos establecido, año con año con los padres de familia y con los niños. Ellos me han alentado a tomar decisiones muy fuertes, como usted dice, sabiendo a lo que me expongo, sabiendo lo que me van a decir y hacer. Si yo tengo el apoyo de los niños, si tengo el apoyo de los padres de familia, voy a tomar ésta y otras decisiones”.

 

Evidentemente lo tuvo, porque ahí estaban sus alumnos, tomando clase, bien peinados y uniformados. Alumnos de sexto de primaria, a los que sus padres no enviarían a clase, en este contexto, si no estuviesen convencidos de que la única manera de salir de la pobreza es mediante la educación.

 

Nadie, más que ellos mismos, puso a los maestros paristas en esta disyuntiva. Su exigencia, recordemos, es la derogación de la Reforma Educativa, la reforma que mayor apoyo obtuvo en el Congreso y que obtuvo el aval de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

 

Vendrán días difíciles, porque no es fácil reemplazar a varios miles de maestros —Nuño habló ayer de despedir a tres mil 119— sobre todo a unos que están acostumbrados a movilizarse para torcer el brazo a la autoridad.

 

Si la SEP se mantiene en lo dicho, de que aplicará lo que establece la ley, se dará un paso decisivo no sólo en la vigencia del Estado de derecho, sino también en la recuperación del derecho de los niños de recibir educación y el uso de la palanca educativa para ir elevando la conciencia y el nivel de vida de los mexicanos.

 

En estos momentos, la SEP cuenta con el ejemplo de uno de los suyos, el profesor Octavio Estrada Martínez, a quien las amenazas de la CNTE no han arredrado para hacer lo correcto. Se lo debe a él y, sobre todo, se lo debe a los niños.

 

Excélsior