Número cero

JOSÉ BUENDÍA HEGEWISCH

La teatralidad de la competencia política tiene hoy una ferocidad muy superior a las formas que trajo la alternancia, aunque el elenco es el mismo. La mayor degradación corre paralela a desviaciones de la democracia como la corrupción, buscar el poder por y para hacer dinero, y la permisividad de partidos con esas prácticas. En ese marco, hoy se escenifica una pugna larvada entre el resurgimiento de López Obrador y el modelo de control de los estados que siguió el PRI tras perder en 2000 y cuyo regreso demostró ser clave para configurar oportunidades y recuperar la Presidencia.

 

 

Más del 40% de los mexicanos del padrón –36.4 millones— está citado a las urnas para renovar 12 gubernaturas y el Constituyente de la CDMX. Se disputa el control de más de un tercio de estados que, como Veracruz y Puebla, tienen el tercero y cuarto padrón más grande del país. A pesar de la aparente “normalidad” democrática, se cierra el proceso más “despiadado” –en palabras Osorio Chong– que se recuerde de comicios estatales, aunque debe su virulencia al impacto en 2018. En ese juego incierto, ¿cuáles de las presencias y ausencias se pueden ganar o perder en el futuro?

El lodazal de la contienda, acusaciones de corrupción y hasta nexos con el narco, puede alejar a la ciudadanía de las urnas. Ésa ha sido la gran ausente de las campañas, aunque partidos y candidatos buscan atraerla con viejas prácticas de compra y coacción del voto. La reducción de los ciudadanos a clientelas políticas los invisibiliza y les sirve para desentenderse de propuestas en la contienda. El mayor retroceso democrático de los últimos 15 años es recuperar estrategias que consideran al votante sólo como sujeto de dádivas.

El contrapunto es la presencia de gobernadores e intervención de recursos públicos para movilizar a las estructuras para retener posiciones de poder. Ese modelo de poder virreinal estará a prueba en ocho estados en los que se habla de alternancias: Aguascalientes, Oaxaca, Quintana Roo, Sinaloa, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz y Zacatecas. Sin embargo, pueden ser los derrotados de la contienda si fracturas de las élites locales y el enojo llevan a los electores a darles un voto de castigo.

Hay otras dos presenciales claves aunque no aparecen en la boleta, pero el resultado definirá su lugar hacia 2018. El presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones, deberá probar que sigue vigente el modelo que inauguró su partido desde el 2000 de retener plazas estatales para resistirse en la Presidencia, a pesar de la caída de popularidad de Peña Nieto. La nota podría ser que el PRI gana los comicios ante la ausencia de una oposición capaz de aprovechar el mal humor social por la corrupción y los mediocres resultados económicos. Confirmaría el poder de la operación política local sobre la lógica del desempeño de los gobiernos.

La otra figura que está delante del proceso es López Obrador, cuyo resurgimiento necesita demostrar presencia en otras regiones tras imponerse en la CDMX en 2015. A través de Morena se presenta como la antítesis del poder de los gobernadores y del statu quo de los partidos para atraer el descontento social. También puede levantarse como ganador, aunque no traduzca el cambio en el equilibrio de fuerzas de los poderes. Pero su triunfo haría muy difícil otra candidatura de la izquierda y confirmaría que Morena crece a costa del desplome del PRD. Otro de los grandes ausentes de los comicios.

Estos comicios configuran las estrategias y perfiles de candidatos hacia 2018. En el fondo, lo que está a prueba es el modelo de resistencia que el PRI conoce bien desde el 2000 y ahora reedita para retener la Presidencia con una figura presidencial en declive. Y el rebase de López Obrador a una oposición de derecha e izquierda que ni en alianza es capaz de presentarse como alternativa. Ya veremos…