“El más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta”

Federico García Lorca

 

 

 

Aquí y allá, hoy reina la incertidumbre. Reino Unido saldrá de la Unión Europea y la comunidad internacional se sacude tras la noticia. En otoño, el primer ministro David Cameron dimitirá al cargo pero será dentro de dos años cuando se haga efectiva la separación, como lo indica el Artículo 50 del Tratado de la Unión Europea. Es decir, que de momento no cambia nada. O cambia todo, no lo sabemos. En este escenario el acontecer de México corre paralelo. Han sido semanas acentuadas por el conflicto magisterial con epicentro en Nochixtlán, Oaxaca, que nos remite al plantón –el de 2006, en el mismo estado– que terminó en una revuelta y que el periodista Diego Enrique Osorno documentó en el libro Oaxaca Sitiada. La primera insurrección del siglo XXI (Grijalbo, 2007).

 

Durante estos días –como suele suceder– hemos visto y escuchado de todo. Las redes sociales se saturan de imágenes sangrientas, de alabanzas y recriminaciones hacia los maestros, de mentadas de madre hacia el gobierno, de exhortaciones a perseverar por la paz y de protestas masivas. Hay escasa lectura y mucho menor contraste. Los usuarios comparten aquello en lo que coinciden y desechan el resto. Se quejan de la falta de información y de la manipulación mediática, pero, al mismo tiempo, difunden artículos y videos que poco o nada abonan al armado de un rompecabezas tan complejo y longevo como este. Son los tiempos de la prensa como un poder más, no como un contrapoder, escribió la semana pasada el periodista español Ignacio Escolar. Pero también son los tiempos en que –gracias a internet– el ruido que hace un país al colapsarse, ha llegado hasta lejanos rincones del planeta donde aún queda sitio para el inconformismo y donde se encuentran otros mexicanos que contemplan alarmados el derrumbe.

 

¿Quiénes son y qué observan?

 

Esta no es una entrevista; más bien, una charla entre paisanos que miran a la distancia su país, el lugar del que salieron, donde se encuentran sus raíces, donde viven sus amigos y sus familias. La nuestra, es una conversación que fluye ligera porque son demasiados los puntos que nos conectan: los recuerdos de aquel México de la infancia que guardamos en el baúl, esos sitios bien conocidos –cierta taquería, tal o cual calle, determinados paisajes– el acento, los mexicanismos y después, inevitablemente los contrastes entre la ciudad de origen y la de destino. Todo conspira para que ambos nos sintamos en confianza y comencemos a dialogar de una nación que hoy nos cuesta trabajo reconocer o, que de tan memorizada, quisiéramos que fuera diferente.

 

Pablo Allison es el tipo de persona que uno agradece tener cerca: de frases francas y sin eufemismos, agudo en sus pensamientos pero sencillo en el trato cotidiano. Igualmente solidario, buen compa, de los que saben hacerse presentes cuando así se requiere. Además es artista visual. Nació en Manchester y creció en la Ciudad de México, luego regresó al Reino Unido para estudiar en el London College of Communication y la University of Walles; así fue que se graduó como fotógrafo documental. Ahora vive en Londres, una capital globalizada y la mayor área urbana de toda la Unión Europea. Sus trabajos se han expuesto en el New Art Exchange de Nottingham, el Look12 Photography Festival en Liverpool, el Instituto Cervantes de Manchester y el Centro Cultural España, en la capital mexicana.

 

Pero esta semblanza es insuficiente –si no opaca– para describir al ser humano detrás del artista visual, el que de niño observó su país y tomó consciencia de la realidad porque sus padres participaron en distintas luchas políticas y sociales. Por ello no es extraño que después de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas en Guerrero, en septiembre de 2014, él también decidiera involucrarse en las acciones que organizan colectivos de mexicanos en Londres, entre ellos, London Mexico Solidarity y Justice for Mexico Now. No son los únicos, los hay en Cambridge, Nottingham, Sheffield, Manchester y Bristol. Algunos se mueven a nivel de calle, otros haciendo cabildeo ante organismos nacionales e internacionales.

 

“En la casa estaba presente la cultura inglesa, pero estábamos rodeados de México”, recuerda Pablo, mientras continúa hablando de una y mil cosas con el entusiasmo y la convicción de quien no sabe con exactitud hacia dónde va, pero sí de dónde viene. Por eso comenta que se siente “más mexicano que inglés”, que en la Ciudad de México solía viajar en metro, cámara en mano, y que sus mejores amigos, sus carnales del alma, son personas comunes con las que ha construido un anecdotario rico en experiencias. Pero fue en el extranjero donde encontró más indicios de su mexicanidad e inició un viaje introspectivo que le permitió asimilar qué y quiénes lo habían forjado. Este viaje continúa, al igual que su análisis de la situación actual en el país. Un asunto nada sencillo de aprehender por las innumerables aristas que tiene.

 

Lo que Pablo da por cierto es que “México tiene un cáncer” –corrupción, impunidad, pobreza, violencia, inseguridad– y que en el fallido esfuerzo por frenar su evolución, se ha generado un vínculo entre los sectores de una sociedad cuya desigualdad rebasa lo grosero. Sin embargo, el “valeverguismo” de muchos mexicanos es lo que considera nuestra auténtica rémora social. En 2015 viajó a la capital mexicana, sintiendo el mismo ímpetu que ahora escucho en cada una de sus palabras, y lo que percibió fue el enorme desinterés de la gente frente a la gravedad de las dificultades que padecen.

 

En México existen muchos problemas y los medios de comunicación funcionan como distractores. También veo mucha apatía y poca empatía. El activismo que hago en Londres es por consciencia propia, por esperanza y porque pienso que tanto las movilizaciones internacionales como la incidencia a través de la vía institucional, son importantes para evidenciar la ausencia de un estado de derecho, para llamar la atención y cambiar las cosas. Esta es mi contribución al país.

 

Es ahora cuando menciona aquella manifestación, durante la visita de Enrique Peña Nieto en 2015, frente a Downing Street, la famosa calle donde se ubican las residencias oficiales del primer ministro y del ministro de hacienda del Reino Unido:

 

¡Fue histórica! Nunca se había visto una concentración de tantos mexicanos pronunciándose por estas causas. Aquí en Londres se sabe muy poco sobre la violencia en México; si bien hay una comunidad de mexicanos, se trata en su mayoría de estudiantes en tránsito. Así que esta acción resultó de gran valor. Acudieron muchas personas de diversas nacionalidades que dan seguimiento al tema de los derechos humanos.

 

“Como vivir en dos mundos y pertenecer a dos culturas”. Esta es la sensación permanente de Pablo, un joven que añora la comida mexicana, el andar sin cortapisas y la calidez de las relaciones humanas que experimenta quien visita México. De Londres aprecia el trazo urbano y sus parques. También admira a Jeremy Corbyn, el líder del Partido Laborista, y reconoce que las restricciones implementadas por el gobierno permiten que fluya la vida; contrario a México donde –me dice– el quebrantar la ley empobrece la convivencia social.

 

No me ofende que otras personas hablen de lo pasa en México porque yo mismo me doy cuenta. Pero cuando lo hacen en tono de broma o con ligereza, me crispa. Yo siempre les digo que necesitan vivir en el país para advertir que no todo es “lindo”. En el exterior se tiene una visión muy sesgada de lo que ocurre, no se percatan de la magnitud. Se sabe que hay un problema de narcotráfico, pero no qué tan grave es y cómo afecta la vida cotidiana.

 

En el ámbito profesional, los últimos dos años los ha empleado en desarrollar proyectos identitarios. MexicansUK (Mexicanos en Reino Unido) y Uncovering the invisible. A portrait of Latin Americans in UK (Descubriendo lo invisible. Un retrato de latinoamericanos en Reino Unido), son las series fotográficas que ha realizado acompañado de otra experta de la lente, su hermana Roxana Allison. Para Pablo, la libertad es una constante, incluso un plan. No solo en su trabajo, también cuando conversa. Con estos antecedentes, es inevitable que le pregunte cuál es su opinión acerca del Brexit, el referéndum que marca la salida del Reino Unido del bloque comunitario europeo:

 

Sin duda es un hecho que impacta en todo el mundo y en todos los niveles. El porcentaje de participación fue increíble. En mi caso, voté porque consideré importante hacerlo. Más allá del resultado, se respetó el voto del pueblo y quedó demostrada la fortaleza de los procesos democráticos en este país; un aspecto que no dejo de comparar con el contexto mexicano.

 

¿Qué piensas del desenlace?

 

Hay mucha polarización. Por un lado la población británica quiere ser independiente y gestionar sus recursos; por otro, no podemos negar que se fomentó el nacionalismo exacerbado y el miedo a los refugiados. Algunos de los que votaron por la salida de la Unión Europea, quieren separarse del mundo porque los países han dejado de serlo para convertirse en mercados globales. La ciudadanía está harta de la disparidad entre ricos y pobres, del neoliberalismo y esa suerte de orden mundial que se intenta imponer. También es verdad que están quienes pretenden regresar al Reino Unido de los años cincuenta del siglo pasado. Hay demasiada especulación, nadie conoce los efectos que esto tendrá. Aun la mía es una opinión prematura. Todo es muy confuso, así que me mantengo escéptico. Lo que sí puedo anticipar, es que aumentará la tensión entre migrantes y ciudadanos, incluidos los que llegaron y residen de manera legal en el país.

 

¿Votaste por la salida o la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea?

 

Voté por la permanencia y estoy satisfecho con mi decisión. No comparto la opinión de la derecha, en extremo conservadora; aunque considero que sí hay cambios estructurales por hacer. No quiero sonar “blanco y negro”, pero estoy a favor de la independencia, la soberanía y de que cada país se haga cargo de sus recursos.

 

En julio regresará a México para acercarse, de nuevo, al costado más mexicano de su personalidad. Quizás siga la ruta migratoria que inicia en el sureste; quizás visite Ciudad Juárez, aún no lo decide. Pablo es de los que gozan lo inesperado. De cualquier forma, seguirá haciendo activismo, documentando y fotografiando los múltiples aspectos de su otro pedazo de tierra. En este punto expresa su afición por pintar grafitis y correr maratones, como el que se llevará a cabo el 28 de agosto en la Ciudad de México, al que desea asistir. Antes, una de sus más recientes intervenciones en Reino Unido, fue protestar frente a la Embajada de México en Londres por la represión a los maestros en Oaxaca:

 

Estuvimos alrededor de treinta y cinco o cuarenta personas. Aquí la chamba es visibilizar lo que pasa en México porque al gobierno no le gusta que se hable mal de su trabajo, particularmente en los países con los que mantiene relaciones diplomáticas y comerciales. Me preocupa mucho lo que estamos viendo, es un mal enraizado. Está cabrón y lo peor es que este no es el último shock, siempre viene otro más grande y el cinismo de los políticos es inconcebible. Por desgracia, el asunto del Brexit, lo ocurrido en Oaxaca o la crisis de refugiados, se convierten en noticias de dos semanas y después la gente seguirá viendo el futbol. El cambio tiene que venir de la educación, estoy convencido de ello.

 

Como Martín Santomé en La Tregua, a veces tenemos la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hacemos nada y nada acontece, y nada nos conmueve hasta la raíz. Cuando esto sucede, pienso en Pablo Allison y en los demás mexicanos con los que tengo contacto estando en Europa. Pienso en la comunicación que mantienen, en momentos eufóricos, otros desencajados o discrepantes. Y me digo que es importante que ustedes los conozcan, que sepan que están ahí, cuestionando el establishment –el global y el local– haciendo su parte y esperando que los demás hagan la suya. Este periodismo que vincula, el que está en las calles y es cercano a las personas, es el único periodismo que defiendo. Y es el que me tiene aquí, escribiendo para que otros lean y piensen. Para que extraigan sus propias conclusiones. Para que, como sugiere la filósofa Judith Butler, no nieguen su derecho a filosofar, a examinar, a discurrir. A encontrar razones no solo para sobrevivir, sino para cuidar la vida y seguir viviendo.

 

Homozapping