Hoy las cosas no son muy diferentes y en algunos casos los entretelones políticos podrían estar peor

 

 

Algo nos debe saber el Papa Francisco para que haya designado como nuevo Nuncio Apostólico en México a un casi homónimo de Francis Ford Coppola, el brillante cineasta de la famosa trilogía de El Padrino.

 

La designación de Franco Coppola como el diplomático del Vaticano en nuestro país tiene muchas lecturas, en uno de los momentos en que las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado mexicano pasan por un momento en extremo delicado.

 

La más evidente, es que el Pontífice designa a un prelado que tiene experiencia en países del llamado tercer mundo –Líbano, Burundi, Colombia, Polonia y Chad– pero que tienen una particularidad en común: viven o vivieron en la agitación social.

 

El italiano Franco Coppola, de 59 años, no pertenece a esa selecta y delicada elite diplomática vaticana, en donde se mueven personajes como sus antecesores Girolamo Prigione, Justo Mullor, Giuseppe Bertelo o el saliente Christophe Pierre.

 

Las virtudes de los delegados vaticanos en nuestro país –desde José López Portillo hasta nuestros días– eran la de ser hábiles cabildeadores que se acomodaran a las necesidades del gobierno en turno, para lograr las prebendas necesarias y consolidar la presencia de la Iglesia católica en México.

 

Quién puede olvidar aquel episodio en el que el Nuncio Prigione acabó entrevistándose con los hermanos Arellano Félix, líderes del cártel de Tijuana y acusados de asesinar al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. ¿Digno de una película de Francis Ford Coppola, no?

 

Hoy las cosas no son muy diferentes y en algunos casos los entretelones políticos podrían estar peor.

 

El más reciente episodio de conflicto entre el gobierno mexicano y el Vaticano se dio cuando, de manera unilateral y sin consensuar, el presidente Enrique Peña Nieto palomeó las uniones entre personas del mismo sexo, incluyendo la adopción de niños dentro de esos matrimonios.

 

Mala debió ser la negociación del Nuncio Pierre, después que el Papa Francisco aceptó que en su visita del pasado febrero no se consumaran asuntos espinosos, entre otros el esperado encuentro del Pontífice con los dolientes padres de los desaparecidos de Ayotzinapa.

 

Sin embargo, lo que pocos saben es que en la actualidad existen evidencias de que detrás de algunas de las movilizaciones sociales que sacuden a México, como el caso de los maestros de la CNTE, podría estar escondida “la mano de Dios”. Y no precisamente la del argentino Maradona.

 

Las evidencias apuntan hacia algunos dirigentes jesuitas mexicanos, populares y de elite, quienes desde renombrados centros educativos estarían alentando la insurrección.

 

Y el Papa Francisco, jesuita en su origen, tendría que estar informado de la posible tempestad que podría avecinarse. Quizás por eso recordó a Francis Ford Coppola cuando designó a Franco Coppola como el nuevo Nuncio.

 

Porque sabe que quien lo venga a representar a México terminará confrontándose con las mafias del poder político y económico, en donde, sin duda, abundan los Vito Corleone.