El llanto de Cristiano Ronaldo desgarró París. Partió el alma a Saint-Denis. Los portugueses, habitual pueblo maldito enredado en su fado, se taparon los ojos. Como si el movimiento fuera suficiente para controlar las lágrimas.

Los franceses brindaron un aplauso que se hizo interminable, respetuosos ante lo que pareció un funeral con honores de Estado. Con un hombre tendido en la camilla, destrozado por un dolor nacido en el corazón, no sólo en esa rodilla en la que Payet impactó -ante la pasividad del árbitro Clattenburg- para apartar a Cristiano de un sueño.

El que nació el mismo día de 2004 en que Portugal perdió su Eurocopa frente a Grecia. Aquellas lágrimas fueron de pena. Éstas, de desesperación. Ya con la noche cerrada, y tras el latigazo redentor de Éder, de liberación.

 

La final de Cristiano apenas duró ocho minutos. Fue el momento en que Payet arremetió por detrás, llevándose por delante la tensa rodilla izquierda de Cristiano. El delantero portugués supo al instante que aquello había acabado. Por eso golpeo con rabia el césped, consciente de que la articulación ya no podría responder.

Cristiano debía intentarlo. Siempre lo hizo. A duras penas, logró levantarse del césped. E incluso intentó saltar, aunque la pierna ya no respondía a sus deseos. Hasta que llegó el minuto 17, y Cristiano, sepultado en su propio martirio, se derrumbó desesperado en el suelo con la cara bañada en lágrimas. Imploraba a los masajistas que hicieran algo por él. Que le vendaran con fuerza. Que intentaran que la rodilla, aunque perdiera movimiento, por fuerte que fuera el dolor, no le arrancara de un partido que debió ser el de su vida. A los 31 años, con tres Balones de Oro a sus espaldas y la madurez adecuada como para cerrar el círculo con su selección, la ilusión desaparecía por el desagüe.

Soportó tres minutos más sobre el campo tras ser atendido en la banda. Pero ya no pudo más. La camilla fue su único destino, y el consuelo de Fernando Santos, de Deschamps, de todo Saint-Denis, la dura y única bendición. Ronaldo, tendido, se negaba a mirar al cielo de París. No era momento para buscar respuestas. Ni el perdón.

Con buena parte de las hazañas a las que pueda aspirar un deportista ya cumplidas, el fatalismo le arrebató la posibilidad de ser quien guiara a Portugal al primer título de su historia.

Ronaldo en 2004…

El episodio obligaba a la memoria. En 2004, el entonces seleccionador luso, Luiz Felipe Scolari, intentó controlar las lágrimas de Cristiano, por entonces un chico de llamativos pendientes que intentaba hacerse un hueco en el imaginario futbolístico en Old Trafford, y que asomó en aquella decepcionante Eurocopa como heredero del que todavía era el gran líder, Luis Figo. Destrozado, Ronaldo emitió el quejido del condenado:«No merecíamos un final así». Aunque, a continuación, y exponiendo ese espíritu competitivo que definiría después su devenir como futbolista, retó:«Habrá muchos campeonatos a lo largo de mi carrera para recuperarme de esta desilusión».

En esta Eurocopa, Fernando Santos ofreció a Cristiano un equipo a su servicio. Un conjunto repleto de jornaleros, todos ellos solidarios en el repliegue y las marcas múltiples, con el fin de que el jugador franquicia sólo tuviera que asomar en la definición. Para que exprimiera aún más su cuerpo. Con 4.293 minutos acumulados este curso en partidos oficiales, toda gestión del esfuerzo se hacía más que necesaria.

Cristiano Ronaldo sólo apareció en la primera fase para fallar un penalti contra Austria, pero también para librar a Portugal de la eliminación. Su tremenda irrupción en uno de los partidos más vistosos del torneo, el 3-3 contra Hungría, permitió que los lusos pudieran acceder a octavos como terceros de grupo. Para el recuerdo, uno de los goles marcados al estrafalario Király, de acrobático tacón aéreo.

Ya hasta la final, Cristiano, a quien sus buenos amigos Nani y Quaresma descargaron de responsabilidad en momentos capitales, sólo podría sumar un gol más. Otra vez, eso sí, determinante. Y propio de su leyenda. Porque ese salto en semifinales con el que empequeñeció a Chester -su marcador galés- como antesala del violento cabezazo a gol fue, sin duda, una de las imágenes más plásticas del torneo. En un instante que pareció no acabar nunca, Cristiano se vistió de Micheal Jordan para golpear con la potencia de Mike Tyson.

El destino, sin embargo, le tenía reservado un último guiño. El del histórico triunfo de Portugal. Su llanto, el de Portugal, el de París, el del fútbol, mostró la evidencia. No hay nada más humano que la desgracia. Aunque nunca es eterna.

El Mundo