Los conflictos no son exclusivos de México, ni tienen como patente única el gobierno de Enrique Peña Nieto

 

 

Si fuéramos astrólogos planetarios, diríamos que Marte está en la cúspide y que esa es la causa por la que en todo el planeta se vive un desa-sosiego generalizado, una violencia a la alza.

 

Desde México, con la CNTE y Nochixtlán, pasando por Estados Unidos con la masacre de policías en Dallas y la agitación racial hasta el creciente terrorismo de ISIS en Europa, cuyas últimas víctimas murieron en el ataque al Aeropuerto de Estambul.

 

Los conflictos no son exclusivos de México, ni tienen como patente única el gobierno de Enrique Peña Nieto.

 

Barack Obama debe estar auténticamente alarmado de lo que sucedió el pasado jueves con los fracontiradores en Dallas, pero sobre todo con la secuela de manifestaciones a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos que están elevando la tensión racial.

 

Obama sabe que existe evidencia suficiente para presumir que algún virus se está incubando entre la policía de algunos estados y las minorías de color.

 

Un frenesí racial que explotó con un video en el que un uniformado de Minnesota mata a un joven de color que acompañaba en el auto a su novia, que filma la escena y se viraliza a través de las redes sociales.

 

La diferencia entre la violencia que vemos recrudecerse en otros países y México es el enfoque que tanto las redes sociales como los medios tradicionales de comunicación hacemos de los eventos.

 

En México, todo lo que sucede se convierte en una coladera que va al drenaje del gobierno federal. Existen demasiados frentes abiertos y de alguna manera el inconsiente colectivo apunta su rabia hacia la figura presidencial.

 

En Estados Unidos no ocurre así. Dallas es un Tlatelolco a la inversa. Un francotirador de color disparando desde un edificio y masacrando a policías blancos. Nadie apuntó su dedo flamígero contra Obama y su administración.

 

Por supuesto que el debate es nacional y que el Presidente norteamericano salió a fijar postura sobre el tema. Pero nada de querer crucificarlo por algo que escapa a su responsabilidad.

 

El asunto está escalando su violenta animosidad con las manifestaciones raciales, desde Nueva York hasta California, pero el asunto está en manos no solo del inquilino de la Casa Blanca.

 

El debate se ubica entre los distintos gobernadores donde se dan los disturbios y, por supuesto, entre una ciudadanía que no solo reclama, sino que asume responsabilidades. Allá si comparten y reparten culpas.

 

El signo de los tiempos nos dice que ni las cosas van a bajar de tono o que la violencia tienda a desparecer. Por el contrario. Las tensiones económicas y las dificultades geopolíticas hablan de un recrudecimiento del entorno mundial. Incluido México.

 

¿No podremos hacer algo para asumir desde cada esquina alguna responsabilidad, para dejar de esperar que la solución venga mágicamente de la proliferación de ‘memes’ contra una sola figura, la presidencial?

 

Si quitar de la ecuación a Enrique Peña Nieto resolviera el problema, ni hablar. Pero está claro que el asunto va más allá de concentrar las culpas en un personaje. La reflexión vale para México… y para el resto del mundo.