Dicen los que lo vieron, que en ese templo de San Agustín los santos más venerados son San Charbel y San Judas, que son a quienes los devotos se encomiendan para que les resuelvan los imposibles

 

Para aquellos que digan que los políticos mexicanos no tienen fe, que son laicos o ateos, bastaba con que se dieran una vuelta ayer por la mañana a la Iglesia de San Agustín, ubicada en Polanco.

 

A no pocos fieles que acudían a misa les sorprendió ver entre los hombres de fe al gobernador de Chihuahua, César Duarte.

 

Sí, el mismo que es señalado una y otra vez, ya no solo desde la oposición sino desde adentro del mismo PRI y del mismo gobierno, como uno de los tres mandatarios que serían llamados a cuentas por su cuestionada gestión estatal.

 

Dicen los que lo vieron, que en ese templo de San Agustín los santos más venerados son San Charbel y San Judas, que son a quienes los devotos se encomiendan para que les resuelvan los imposibles.

 

Y el acto de fe de César Duarte no es para menos después del discurso pronunciado ayer por Enrique Ochoa Reza, el nuevo presidente nacional del PRI.

 

El joven dirigente tricolor declaró que “cuando uno de nuestros militantes se corrompe, lastima al partido y a sus simpatizantes”.

 

Pero la sentencia severa para los asistentes fue cuando Ochoa Reza dijo que “es inaceptable tapar el sol con un dedo. Debemos reaccionar”.

 

Y para sorpresa de todos los tricolores, su nuevo presidente dijo que el PRI debe ser garantía de honestidad de sus gobiernos. “Tenemos que ser un partido que señale la corrupción de los gobiernos emanados de nuestras filas…. Y exigir incluso su destitución”.

 

¿El recién instalado presidente del PRI anunciando que van a ir por sus propios gobernadores si se les comprueban actos de corrupción? ¿Estamos hablando de México?

 

Si a eso se le suma el recurso de inconstitucionalidad que días antes presentó la PGR a nombre del presidente Enrique Peña Nieto, buscando impedir el blindaje de los gobiernos de Veracruz y Quintana Roo ante la ley anticorrupción, el mensaje no puede ser más claro.

 

Desde las dos presidencias, la de Los Pinos y la de Insurgentes, se tocan los tambores que presagian que el proceso de catarsis y depuración nacional rumbo al 2018 comienza por alguno de esos tres estados y sus mandatarios.

 

Por eso no sorprende que César Duarte, escoltado por cinco elementos de seguridad, se apersonara ayer en la Iglesia de San Agustín, el territorio de San Charbel y de San Judas.

 

Porque frente a los evidentes planteamientos de “vamos por ustedes”, la lógica le dice que se encomiende a los santos de los imposibles, de las causas perdidas, buscando no ser el primero de la lista.

 

Y sin duda porque el presidente del PRI, Enrique Ochoa, le inspira con su segundo apellido la ruta a seguir: Reza, Reza y Reza.