Quiénes de los que sobreviven no recuerda aquellos años de Adolfo López Mateos, cuando la disputa sucesoria entre Gustavo Díaz Ordaz y Raúl Salinas Lozano se entrampó en el descontento nacional de maestros, ferrocarrileros, médicos y trabajadores al servicio del Estado que le dio el pase al secretario de Gobernación

 

Una de las mayores perversiones que tiene la política en México –y vaya que son muchas– es la de los rituales de la sucesión presidencial.

 

Sobre todo cuando el partido en el gobierno –sea PRI o sea PAN– tiene a sus mejores jugadores operando como secretarios de Estado y al mismo tiempo buscando su boleto para la carrera presidencial.

 

Quiénes de los que sobreviven no recuerda aquellos años de Adolfo López Mateos, cuando la disputa sucesoria entre Gustavo Díaz Ordaz y Raúl Salinas Lozano se entrampó en el descontento nacional de maestros, ferrocarrileros, médicos y trabajadores al servicio del Estado que le dio el pase al secretario de Gobernación.

 

O qué decir del 68, en donde la sucesión de Díaz Ordaz ya se debatía entre Luis Echeverría y Antonio Ortiz Mena, y la masacre de Tlatelolco terminó inclinando la balanza a favor del político y no del tecnócrata.

 

Más recientemente, la sucesión de Carlos Salinas de Gortari terminó atrapada cuando un año antes del destape sacó de la jugada a Fernando Gutiérrez Barrios y a partir de ese momento se vino la debacle sexenal que comenzó con el asesinato del cardenal Posadas y culminó con los del candidato Colosio y Ruiz Massieu.

 

Con Vicente Fox, los vicios de la sucesión se ampliaron, cuando el panista puso el aparato del Estado a descarrilar por la ruta del “desafuero” a Andrés Manuel López Obrador y a apuntalar la precandidatura de Santiago Creel. Falló en ambas.

 

Pero el común denominador de todos esos episodios es que la política de hoy, que demanda respuestas y acciones inmediatas, se enreda con las aspiraciones y las ambiciones de los que futurísticamente buscan convertirse en los nuevos jefes supremos de la nación.

 

Y en el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto las cosas no son distintas. Cinco secretarios de Estado –Miguel Ángel Osorio Chong, Luis Videgaray, Aurelio Nuño, José Antonio Meade y José Calzada– están en la antesala de la candidatura presidencial del PRI.

 

Y aunque se nieguen, las naturales rivalidades por el destino futuro acaban por influir seriamente en lo que se opera para el presente.

 

¿Cuánto del conflicto magisterial es de verdad un asunto de la Reforma Educativa y cuánto una caladita –desde adentro del mismo gabinete o desde afuera promovida por sus rivales– hacia dos de los secretarios que puntean en la sucesión 2018?

 

Si lo dudan vean al secretario de Gobernación sentado en una mesa de negociación intentando contener la rebeldía de la CNTE mientras que ese mismo día el secretario de Educación pacta los cambios administrativos y de evaluación con el SNTE.

 

¿Cuántas de las manifestaciones y los bloqueos, desde Oaxaca hasta Nuevo León, son auténticos en la esencia del reclamo magisterial y cuántos son instrumentos para debilitar o descalificar al rival de la carrera presidencial?

 

Algo tenemos que hacer para romper esta perversa maldición de que, entre el cuarto y el quinto año, el Presidente en turno y su gobierno acaban por convertirse en rehenes de un futurismo perverso que todo lo descompone.