El Financiero / Raymundo Riva Palacio

Cuando estalló el escándalo de la “Casa Blanca”, la Presidencia de dulce construida con oropel y propaganda por Ana María Olabuenaga, como una historia de amor de una monarquía asentada en una República, se desmoronó.

 

1er. TIEMPO: Los amargos días de noviembre.- Quienes lo vivieron, recuerdan aún con amargura sobre la piel. “Aquel viaje a China fue una cagada”, admite uno de los más altos funcionarios del gabinete del presidente Enrique Peña Nieto. En noviembre de 2014, el Presidente realizó una visita a China, días después de que se había cancelado la obra del tren rápido México-Querétaro donde participaba el consorcio de ferrocarriles chino. La decisión no había sido técnica, sino política. El escándalo de que estaba involucrada una empresa de Juan Armado Hinojosa, un íntimo amigo suyo, Constructora Teya, en tiempos donde quería que su Presidencia fuera impoluta e inmaculada, donde lo único que interesaba era si iba bien en las encuestas, llevaron a una decisión que en Beijing le restregaron en la cara. Fue en la reunión a puerta cerrada con el primer ministro chino, Li Keqiang, quien, de acuerdo con la información pública, le pidió “tratar justamente” a las empresas chinas afectadas por su decisión unilateral y que las indemnizara. En privado, los mexicanos salieron con las cajas destempladas. Keqiang amenazó al estilo chino –sutil y suavemente– al Presidente mexicano de llevarlo a los tribunales internacionales con denuncias comerciales y obligarlo a pagar sus obligaciones. El lenguaje utilizado y el del cuerpo de Peña Nieto hizo que sus acompañantes compartieran la incomodidad que debió haber sentido por el regaño. La delegación mexicana había sido puesta en un témpano de hielo y Peña Nieto no pudo hacer nada salvo oír y achicarse. No podía haber sido peor esa visita a China, hasta que despertó al día siguiente con algo que lo marcaría: la revelación en el programa de radio de Carmen Aristegui, que Angélica Rivera, la primera dama, había comprado y acondicionado, junto con él, una majestuosa residencia en las Lomas de Chapultepec, la llamada “Casa Blanca”, que tenía entre sus atracciones, alberca, cine, y sala de descanso para los choferes con aire acondicionado. La Presidencia de Peña Nieto, aquél 9 de noviembre de 2014, empezaba su declive en caída libre. Ya no es tan pronunciada, pero tampoco se ha recuperado. Es el Presidente peor calificado, para este momento del sexenio, desde que se mide su aprobación.

 

2º. TIEMPO: Los daños colaterales. Cuando estalló el escándalo de la “Casa Blanca”, la Presidencia de dulce construida con oropel y propaganda por Ana María Olabuenaga, como una historia de amor de una monarquía asentada en una República, se desmoronó. Las recriminaciones y los reclamos en la familia Peña Nieto-Rivera se conocieron públicamente, aunque realmente sobraban. Cuando llegaron de Shanghai el presidente Enrique Peña Nieto y su esposa Angélica Rivera a Brisbane, donde se reuniría el G-20, las imágenes de la pareja desataron el imaginario colectivo. Tan pronto como llegaron a esa ciudad australiana, la primera dama, vestida con sus jeans de marca rotos decidió que un antro era a donde tenía que ir. La señora Rivera se fue al famoso Jade Buddha, que tiene una vista espectacular de 360 grados de la ciudad, donde su propietario Phil Hogan, cambió el ir a ver al presidente Barack Obama a la Universidad de Queensland, donde tenía uno de los pocos pases, para ser anfitrión de la distinguida mexicana. “Es hermosa, la delegada más atractiva”, confió Hogan a la prensa australiana. “¿Quién necesita a Obama cuando la delegada más guapa ya nos bendijo con su presencia?”. Ahí estuvo dos horas, sin que el Estado Mayor Presidencial que la acompañaba pudiera impedir las fotografías para la memoria. Su cara sonriente, no podía ocultar un dejo de malestar. La “Casa Blanca” se volvió un problema porque cuando se hizo la operación inmobiliaria, el entonces gobernador insistió, contra el consejo de su amigo, el constructor Juan Armando Hinojosa, que no se hiciera a través de un fideicomiso, sino que se creara una nueva empresa que sería la que financiaría la compra. Peña Nieto no aceptó la recomendación, y lo pagó. El escándalo le causó la pérdida instantánea de 10 puntos en su aprobación y llevó el humor social, según las mediciones, al peor nivel en el sexenio. Nunca se recuperó. Ni siquiera en la segunda captura de Joaquín El Chapo Guzmán, que mantuvo su caída en popularidad. Desde entonces, la señora Rivera apareció menos tiempo junto a él y más en Rodeo Drive, la zona de comercios de lujo en Los Ángeles, en Miami, cenando en Cipriani, su restaurante preferido, o en Vail, esquiando con sus amigas. Hinojosa se convirtió en una papa caliente para la obra pública y la falta de contratos lo obligó a reducir al 50% su nómina y recibir sugerencias de sus amigos que mejor vendiera porque los tiempos peñistas lo habían contaminado.

3er. TIEMPO: Del no pasa nada a sí pasó. El escándalo de la “Casa Blanca” buscó ser reducido a un control de daños de la primera dama, Angélica Rivera. La estrategia de comunicación política fue que ella asumiera el impacto, el eventual daño y que al presidente Enrique Peña Nieto lo blindaran. Vaya solución. El tsunami lo arrolló. Nombró a un secretario de la Función Pública, amigo de todos en el poder, Virgilio Andrade, quien aplicó la técnica jurídica para exonerarlo. No hay delito alguno que perseguir. Ni la “Casa Blanca” ni la casa de Malinalco, del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, comprada también a través de la inmobiliaria de Juan Armando Hinojosa, estaban fuera de la ley. Tampoco hubo conflicto de interés, aseguró. Para apoyar su dicho, tiró la numeralia: se revisaron 33 contratos gubernamentales de empresas Hinojosa y se declaró a 111 funcionarios involucrados en las asignaciones de obra pública, por mil 386 millones de pesos, que representaron, minimizó, el 0.017% del monto total de contratos otorgados por el gobierno. Pero del no pasa nada, todo pasó al sí sucedieron cosas. El Presidente promulgó la ley que creó el Sistema Nacional Anticorrupción cuya primera víctima fue el propio Andrade, quien renunció al cargo, y en su discurso pidió perdón a los mexicanos por el episodio de la “Casa Blanca” que indignó a los mexicanos y lastimó a la investidura presidencial. También a su esposa y a su amigo. Pero para la señora Rivera e Hinojosa, no hubo ofrecimiento de perdón. El golpe en casa se queda en casa, hasta que como sucedió con el golpe público, se convierta en un tumor que hay que extirpar.

 

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