Mujeres y Política

Hace unos días, un hombre de baja estatura, con ropas muy gastadas, tocó a la puerta de la casa. Me pidió trabajo y dijo que tenía que juntar para su pasaje a una población cercana a Tuxtepec. Además, me dijo que recién había salido del penal de Ixcotel, lo cual, añadió, era un impedimento para que le den trabajo, la gente desconfía de mí. Me explicó que “sus compañeros” del penal le habían robado sus únicos 600 pesos.

 

 

No sé si la historia de este hombre de unos 60 años era real o la inventó, pero yo le creí por alguna razón. Le ofrecí que limpiara un área verde que está detrás de la casa -se imaginarán ustedes la extensión, de esas que nos dejan los muy ilustres arquitectos en zonas habitacionales populares-. Acabó en menos de lo que canta un gallo. Cuando le fui a pagar y mientras cortábamos unos limones, no me aguanté las ganas de preguntarle por qué lo habían detenido.

 

“Soy campesino -me dijo- y me puse a quemar para sembrar, ese día no había norte (aire) pero cuando la lumbre agarró empezó a soplar el viento, se fueron las llamas hacia un ranchito de un señor y se quemó el corral donde había dos vacas, una de ellas estaba con su becerrito”, me dijo con cierta lástima por el animal.

 

Fue detenido y tuvo que pagar por “ese delito” con poco más de cinco años de cárcel, cinco años de su vida, cinco años de condena, por cierto, en una prisión lejana por al menos ocho horas de su casa.

 

Cuando se fue, con un hitacate y su pago, iba muy contento. Sin duda era hombre de campo, limpió el pedazo de tierra en un santiamén y lo hizo muy bien. Al menos hasta ahí supe que no había mentido.

 

Luego, por largo rato me quedé pensando en este país, en el que la injusticia es el pan nuestro de cada día, aliada de omisión de las autoridades que dan como origen al nacimiento de su hijo llamado impunidad.

 

?Por qué las personas siguen practicando la roza y quema frente a los muchos peligros que entraña?, y cómo un hombre sin recursos, como más de la mitad de la población mexicana, si vemos los datos de la Cepal que señalan que la pobreza avanzó de 52.6 por ciento de la población en 2012 a 53.2 por ciento en 2014, ha tenido que pagar con cinco años de cárcel las dos vacas y el becerro.

 

El país de la desigualdad campante, ese es México. Un funcionario puede robar y robar hasta el hartazgo, hasta que ya no hay más bancos para guardar “su” dinero y nadie lo detiene, nadie lo juzga, nadie lo obliga a resarcir el daño hecho a la sociedad. Pero no pasa lo mismo con un campesino a quien la vida le cambió cuando el viento cambió de dirección y provocó el daño antes descrito.

 

Si el funcionariado se comprometiera como dicen cuando toman protesta a “servir leal y patrióticamente”, tendríamos otro país, pero como eso no ha sido posible el combate a la corrupción ha obligado a crear más y más burocracia, entendida esta como las instancias de transparencia e instituciones anticorrupción, así como más y más leyes a modo, que a nadie castigan. Porque sí esas leyes fueran ciertas en lugar del campesino debería estar purgando en la cárcel un funcionario deshonesto de esos que pululan en el mapa de la burocracia mexicana.

 

Pero, como servir al país, a su estado, a su municipio, significa otra cosa, el dinero no alcanza para que el campesinado pueda tener acceso a la tecnología y combinar con ésta sus conocimientos ancestrales. Bueno, ya vimos que no producimos nada. Tanto, que hoy las famosas tortillas de Oaxaca se hacen con maíz de Diconsa y no con el maíz que se cultiva en estas tierras.

 

Es más, ¿quién o qué instancia pública ha dado seguimiento a las denuncias que se hicieron sobre enriquecimiento ilícito del que se acusó en las pasadas elecciones a Jorge Castillo? Jorge Castillo es amigo personal y operador de Gabino Cué. ¿Cuándo nos dará noticias la Procuradora General de la República, Arely Gómez González, sobre las denuncias e investigaciones que Benjamín Robles afirmó que había hecho?

 

Esto, sólo para comparar cómo un accidente desafortunado en el que mueren dos vacas y un becerro le merecen al campesino poco más de cinco años de prisión y a un hombre señalado, con documentos, sobre la acumulación de millones de pesos, nadie lo toca.

 

Tenemos otros peces gordos o presuntos peces gordos ¿qué tal el gobernador de Veracruz, César Duarte? ¿O el exgobernador de Sonora, Guillermo Padrés Elías? ¿Quién castiga al poder en México? ¿O los muchos asesinos de personas honestas, trabajadoras, a lo largo y ancho del país? ¿O qué responsabilidad tienen los gobernantes en el feminicidio?

 

En este país y sólo en éste, somos testigos de cómo Carmen Aristegui y el equipo de trabajo que encabeza recibe un premio internacional por el reportaje de la Casa Blanca en el que se exhibe desde el conflicto de intereses hasta la ostentación de un gobernante y sus excesos en un país habitado por una mayoría en pobreza, sin que nadie sea molestado. Pruebas contra omisión, pruebas contra el poder.

 

Hoy, la pregunta es, ¿cómo la población mexicana debe tomar el perdón del Presidente Enrique Peña Nieto? ¿Como una responsabilidad aceptada? ¿O como un error de sus propagandistas?

 

Estas son apenas unas cuantas ideas de la desigualdad, quien tiene poder y dinero no es castigado, quien no tiene poder y es pobre debe pagar con cárcel, con el desprestigio y con más pobreza.

 

El resultado de la corrupción y la omisión es la impunidad que hoy vive el país: 90 por ciento de los delitos no se castigan, como revela el estudio del Índice de Impunidad en México, de la Universidad de la Américas.

 

Y esa impunidad, esa falta de justicia, esa omisión de las autoridades debe terminar si queremos un país distinto.

 

Como deben terminar las agresiones a periodistas por parte de intolerantes integrantes del magisterio. Ahora le tocó a Mario Jiménez Leyva, Premio Nacional de Periodismo, fotoperiodista. Pero cuando no es uno es otro. Un o una periodista solo cumple con su trabajo, interpretan una realidad, con su trabajo, informativo y de opinión, ayudan al resto de la sociedad a conocer lo que sucede…Y un o una buena periodista no toma dictado. Así que cuando no les guste lo que se escribe o se fotografíe pues no lo vean o no lo lean o manden cartas aclaratorias, pero golpear a un periodista es un acto por demás reprobable y condenable. Una rayita más para el tigre, como dicen.

 

@jarquinedgar