Lo que sí podemos y debemos es respaldar a los más de 30 millones de compatriotas que residen en el imperio del norte, considerando que muchos de ellos con derecho a ejercer el voto podrían modificar el paisaje urbano en Estados Unidos

 

Si John Wayne estuviera vivo seguramente Donald Trump lo hubiera elegido como su vicepresidente. Ya que para él la vida fue una repetición de películas del Viejo Oeste, siendo muy feliz como El hombre que mató a Liberty Valance.

 

Pero ahora Wayne no está vivo y Trump no sólo hace que una novela como Eso no puede pasar aquí de Sinclair Lewis, esté sucediendo. Sino que además nos coloca a los mexicanos como los culpables de las desgracias del imperio blanco del norte, en un ejercicio cuyo antecedente —y no quiero ser vulgar— sólo se podría encontrar en la Alemania de los años treinta, en la demonización de los judíos que promovió Hitler.

 

Ahora la visita de Enrique Peña Nieto a la Casa Blanca no es sólo un mensaje para ir definiendo hacia dónde nos dirigiremos, sino que también es el primer acto de la campaña de los que tienen memoria y conocimiento histórico frente a los que no lo tienen.

 

En ese sentido, comparto las declaraciones del presidente Peña Nieto, de que no podemos ni debemos —al menos oficialmente— intervenir en el proceso interno de la votación estadounidense. Pero lo que sí podemos y debemos es respaldar a los más de 30 millones de compatriotas que residen en el imperio del norte, considerando que muchos de ellos con derecho a ejercer el voto podrían modificar el paisaje urbano en Estados Unidos.

 

Sin embargo, eso puede convertirse en un problema ante el incremento del racismo difundido en esta campaña. Aunque esa situación —tal como Peña y Obama la identificaron— también podría ser una ventaja, ya que es más barato ganar el voto de los latinos que jugar a detonar una purga o política de segregación racial que no sólo avergüenza a los EE.UU. sino que en términos prácticos es imposible de implementar.

 

Ahora no sólo es importante la visita de Peña Nieto, sino la razón política electoral que hay detrás en la que necesitaremos mantener a todas las fuerzas políticas mexicanas comprometidas en un programa inteligente para la defensa de los nuestros en esta coyuntura tan terrible de la nominación de Trump.

 

Y aunque el gobierno no lo puede hacer directamente, los pensadores, los intelectuales, los directores de cine —tan aclamados en los últimos años— originarios de México, sí pueden y deben hacerlo.

 

Porque éste es el momento de buscar la gravedad de nuestra dignidad y del sentido común. Y es el momento de renacer en nuestras políticas como seres activos dentro de la sociedad estadounidense para frenar la construcción de un muro de odio y de expulsión —por la vía de hecho— de la legitimidad moral de nuestros compatriotas en los Estados Unidos de América.