La película comienza con la furia de un pueblo indígena que arremete contra su alcalde hasta el extremo de matarlo a machetazos

 

Una de las películas clave para entender nuestra transición y nuestra inventada transición política es “La Ley de Herodes”. Largometraje mexicano de 1999 dirigido por Luis Estrada, que trajo consigo —en el contexto del salinismo que gobernaba en un sistema imperial en todo nuestro país— una serie de problemas para el ahora secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa.

 

La película comienza con la furia de un pueblo indígena que arremete contra su alcalde hasta el extremo de matarlo a machetazos. ¿Por qué razón? Porque nuestros indígenas en algunas zonas del país como Chiapas han sufrido durante muchos años dos tipos de marginación.

 

Por una parte, la que han padecido desde sus propios estados. Y por otra, la que han perpetrado aquellos indígenas que convertidos en representantes, en vez de llevar su sentido comunitario a todos sus pueblos, deciden robarles como si fueran unos alcaldes más de la realidad que plantea “La Ley de Herodes”.

 

Han pasado muchas cosas, pero no hay que olvidar que Chiapas tiene el valor del símbolo que nos recuerda al subcomandante Marcos, al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y a los problemas que hemos tenido con el manejo de los derechos de nuestros indígenas.

 

Pero la verdad es que Chiapas ha recibido desde 1994 una serie de pacificaciones y excepciones. No sólo porque se le permite mantener su originalidad secular de acuerdo a sus leyes, sino que se ha mantenido en la exclusión política como consecuencia de la insurgencia del EZLN.

 

Ahora los problemas son graves, pero hay que reconocer que es básico imputar cada acción a cada responsable. Y en ese sentido, el problema de San Juan Chamula es que si no llevamos cuidado este tipo de acontecimientos se pueden multiplicar, donde los gobiernos estatales tienen poco margen de acción para controlarlos una vez que se han detonado.

 

Porque la singularidad de los indígenas y del respeto a sus usos y costumbres, genera que —así como ocurrió el sábado pasado— la Policía, las fuerzas del orden, sólo se limiten a observar y no puedan intervenir a pesar de que lo que está en juego sea la vida humana.

 

En ese contexto, existe una cuestión fundamental de nuestro presente y futuro, y eso es la educación. Puesto que no sólo hay que ocuparla para que los anuncios del gobierno sean en todos los dialectos indígenas que tenemos. Sino que también será necesario volcarla sobre los pueblos indígenas, a fin de que se articulen mecanismos para que no sólo la muerte sea capaz de corregir, perseguir o remover de su cargo a todos aquellos que metan la mano en la caja y roben el dinero de su pueblo.