Son educadas, ocupan puestos de importancia y trabajan, pero reciben peores salarios y siguen padeciendo la violencia machista

 

 

 

Volver caminando a casa con miedo. No ganar lo mismo que otros compañeros de trabajo. Soportar bromas, comentarios fuera de lugar y hasta en algunos casos, violencia física.

 

Las mujeres no necesitan imaginación para situarse en estos escenarios. Los han vivido todos.

 

Sin dudas, los últimos años fueron sinónimo de grandes avances en la lucha por la igualdad entre sexos. Pero aún existen puntos críticos de la brecha que cuesta cerrar. Y mientras mujeres y niñas sufren directamente el costo de la inequidades, la desigualdad también desacelera el ritmo del desarrollo.

 

Es por eso que el mundo se ha propuesto “Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas” como una de las metas de desarrollo sostenible planteadas por la ONU para el 2030.

 

De la escuela a casa

 

En este sentido, la región de América Latina y el Caribe está pasando por un estancamiento.

 

A pesar de las similitudes en las cifras de niños y niñas que logran completar su educación – especialmente en la escuela primaria -, se estima que hay un 7% más de mujeres en escuelas secundarias y un 30% en niveles terciarios, de acuerdo al Banco Mundial. Sin embargo, los altos niveles de acceso a la educación de las mujeres no se traducen en el ámbito laboral.

 

Las mujeres tienen los empleos más vulnerables: a tiempo parcial o el trabajo por cuenta propia, metodologías que responden a la necesidad de flexibilidad, ya que la mayoría tienen también a cargo el cuidado de los niños y los ancianos.

 

Un agravante son las licencias por maternidad. Debido a su corta duración, muchas mujeres abandonan sus trabajos remunerados por del cuidado de sus hijos, ya que las posibilidades de pagar una guardería o dejarlos al cuidado de alguien suelen ser escasas o muy costosas.

 

De acuerdo a un relevamiento realizado por el Banco Mundial, solo pocos países garantizan licencias pagas que se ajustan a la norma recomendada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que son 16 semanas, es decir, unos 112 días corridos.

 

El País