El domingo 19 de junio, entre ocho y 11 personas morían asesinadas en el pueblo oaxaqueño de Nochixtlán, al sur de México. Los números difieren porque el Gobierno federal da una cifra y los heridos, sus familiares y los de los muertos, otra; difieren también porque a mes y medio de lo ocurrido, la Procuraduría General de la República, el máximo órgano investigador de México, no ha dado un solo detalle de sus pesquisas.

 

 

Lo que sigue son testimonios de cuatro de los heridos de aquel día en Nochixtlán. Antes de las siete de la mañana, la Policía Federal disolvía el bloqueó que maestros inconformes con la reforma educativa del Gobierno mantenían a la entrada del pueblo, en la carretera que una la capital del estado con la Ciudad de México. Después empezaron los balazos:

Felipe Montesinos, profesor

 

“Yo estaba en el bloqueo con los compañeros. Llevábamos allí desde el 15 de mayo. Cada hora abríamos el paso un rato. El domingo, a las 6.30 de la mañana, tocaba abrir. Ahí nos dimos cuenta de que en la carretera ya venía la Policía Federal”.

 

“Empezaron a lanzar gas. Detrás de ellos, en autobuses, venía otra gente. Venían armados. Nosotros empezamos a correr. Yo fui a la capilla de San Isidro y luego a la de San Antón a repicar las campanas. Luego volví y empecé a orillar a la gente. A la altura de una talachería, cerca del puente –donde estaba el bloqueo–, ya vi compañeros lesionados”.

 

“Serían las 8.30 cuando vi un compañero herido y lo cargué. Lo traía arrastrado de los brazos y entonces vi que llegaba un proyectil. Me dio en la mano. Era una bomba de gas. No se cómo, pero como que giró y me arrancó la piel y parte de un dedo. Sentí muy caliente, mucho ardor. El gas mu subió a la nariz y a la boca. No veía, no podía respirar”.

 

“Cuando ya pude ver me fui al hospital, que está enfrente del panteón. Era el primero que llegaba y vinieron todos, médicos, enfermeras. Se empezaron a escuchar disparos fuera. Una de las del hospital dijo ‘¿qué hacemos?’ Entonces llamaron al director. Escuché que decía: “cierren el hospital, ese no es problema de nosotros”.

Luis Alberto Martínez, obrero

 

“Trabajo en un almacén de materiales de construcción. Como a las 7.30 de la mañana salí de casa. Pasé por el panteón como a las 8. Ya había disparos, no sé si gas o qué. Llegué al almacén y al rato ya sí eran balas. Una entró al almacén y ya entonces salimos a auxiliar”.

 

“Estaba en el parqueadero del panteón. Los federales se estaban retirando y entonces nos vieron. Uno como que se sentó, apuntó y nos disparó. Estaba como a unos 50 metros. Me dio en el abdomen. Sentí ardor y me lo agarré y me bajé a la calle principal corriendo. Me vieron y me llevaron a la iglesia de la plaza. Ahí me taparon la herida y me llevaron al hospital. Me pusieron una sonda para orinar y me dieron suero. Luego me mandaron a la ciudad de Oaxaca en una ambulancia”.

 

“El disparo me afectó el bazo, el hígado, el pulmón izquierdo y el riñón. Cuando llegamos a Oaxaca no me querían operar. Dijeron que no había nada que hacer, pero entonces los maestros lucharon y consiguieron a uno que si me operaba. El problema es que había perdido mucha sangre y se había quedado dentro. Así que decidieron que me empaquetaban: me dejaron gasas adentro una semana para que chupara la sangre”.

Juan José Acevedo, obrero

 

(Juan José recibió un disparo en la cabeza, detrás de la oreja izquierda. La bala salió por la mejilla. No puede hablar muy bien, así que su hermana Nayeli le ayuda a contar su historia).

 

“Estábamos en casa y empezamos a escuchar el llamado de la parroquia: ‘solicitamos el apoyo de la población. Necesitamos trapos, vinagre, coca, limones’. Como era la parroquia y es respetada, agarramos lo que teníamos y fuimos”.

 

“Caminamos a la entrada del pueblo. Ya había gente herida, gente cargando heridos. Se sentía mucho ardor –por el gas–. No duramos mucho tiempo, orillamos a la gente, a los heridos. Se escuchaban disparos. Entonces me dieron, pero no me caí. Luego vi demasiada sangre y de ahí me ayudaron a salir en taxi. Fuimos al ISSTE y nos dieron unas vendas. Luego me llevaron en camioneta al hospital y nos dijeron que no había servicio. Había policías en la entrada y no dejaban entrar a nadie. Entonces fuimos al centro de salud. Me pusieron suero, me cambiaron las vendas y más tarde ya fuimos al hospital. Ya se podía pasar”.

 

Nayeli: “Luego, a las 20.30, en las comunidades –Chicahua y Amatlán– empezaron a avisar de que estaban entrando los militares. Entonces yo me llevé a mi hermano porque decían que venían para no dejar testigos. Hasta tres días después no volvieron a atenderle y ya se le había infectado la herida”.

 

El campesino Luis Bautista Hernández.

“Vivo en San Agustín Tlacotepec, a dos horas y media de Nochixtlán. Ese día, como a las 8, me llamó un amigo. Me contó que habían llegado los federales. Salimos yo y mi esposa y llegamos como a las 11. De ahí empezamos a caminar a la supercarretera. Ahí estuvimos un buen rato. Como a las dos de la tarde, yo estaba en una loma y un helicóptero que andaba tirando gases nos rafagueó”.

 

“Me dio una bala en la pierna derecha, en la parte de atrás. Me salió por aquí –la ingle-. De ahí me llevaron al hospital”.

 

“Yo no le temo a la muerte. Siempre y cuando yo esté defendiendo a nuestra región”.

 

El País