Sencillamente a la Secretaría de Hacienda le es mas fácil usar las bombas de gasolina para levantar impuestos que buscar formalizar a la economía informal

 

Por más que el gobierno intente tapar el Sol con un dedo, los precios de la gasolina en México están convertidos desde hace años en un eficiente mecanismo recaudatorio de impuestos.

 

Sencillamente a la Secretaría de Hacienda le es mas fácil usar las bombas de gasolina para levantar impuestos que buscar formalizar a la economía informal.

 

Y eso no sería un pecado, si se le llamara por su nombre. Pero jugarnos el atole con el dedo de que los precios de los combustibles mexicanos son competitivos, es una aberrante y flagrante mentira.

 

Al día de hoy el litro promedio de gasolina en México es casi 25 por ciento más cara que en los Estados Unidos. Y la pregunta obligada es: ¿Por qué?

 

Si se supone que cerca del 50 por ciento de la gasolina que consumimos los mexicanos viene de producirse en refinerías texanas, ¿cuál es la causa de ese sobreprecio? Ninguno.

 

Y tan no lo es, que con la promulgación de la tan presumida Reforma Energética que permitiría la libre importación de combustibles, todavía hoy si alguien compra gasolina barata en Estados Unidos, debe pagar un impuesto para que su precio de venta sea el que imponen Pemex y Hacienda, no el mercado.

 

Pero para no ahogarnos en tanto crudo, aquí les va un listado de cinco causas que, sin duda, disparan lejos del mercado el costo de las gasolinas en México.

 

I.- Nos cuestan más caras las gasolinas por la corrupción histórica, pero cada día mas insultante, de ese monstruo insaciable llamado Pemex, convertido en patrimonio de unos cuantos políticos, contratistas favoritos y líderes sindicales.

 

II.- Nos cuestan más caras las gasolinas por el robo ya institucionalizado de las gasolinas en la ordeña de los ductos, una actividad que se da en colusión con las autoridades, pero que se vende como negocio del crimen organizado.

 

III.- Nos cuestan más caras las gasolinas por el famoso juego de las mermas en la distribución de los combustibles y cuyos faltantes son prorrateados directamente al precio que paga el consumidor.

 

IV.- Nos cuestan más caras las gasolinas por el exceso de gasto corriente de un Pemex que no termina de aceptar que con la mitad del personal y con el ajuste en prestaciones excesivas, para igualarlas a las de cualquier trabajador mortal en México, su eficiencia se traduciría en mejores precios al consumidor.

 

V.- Nos cuestan más caras las gasolinas por la obsesión de la Secretaría de Hacienda de utilizar el precio de los combustibles como mecanismo recaudatorio para cubrir sus ineficiencias fiscales en otros campos.

 

Por supuesto que sobrarán los economistas que justifiquen diciendo que no estamos tan mal, cuando comparamos los precios de nuestros combustibles con los de otros países.

 

Pero esos países no son productores petroleros o de plano admiten que usan las bombas de gasolina como despachadoras fiscales.

 

Por ahora la pregunta que ni la Reforma Energética puede responder es cómo le hace un trabajador mexicano, que gana entre ocho y diez veces menos salario mínimo que un norteamericano, para pagar una gasolina que es 25 por ciento más cara.

 

La falta de una respuesta se está llevando de encuentro, al menos temporalmente, el efecto positivo de una Reforma Energética que no cumple hoy el postulado fundamental con el que nos la vendieron: la gasolina será más barata.