Unas Olimpiadas en cualquier otro momento serían motivo de orgullo para un país tan nacionalista como Brasil. Sin embargo, hoy es el ejemplo de las fiestas que el orgullo de los gobernantes plantearon contra la realidad del pueblo brasileño

 

 

Desde 1948 los Juegos Olímpicos —suspendidos por la Segunda Guerra Mundial y por la orgía Hitler, en sus emisiones previstas para 1940 y 1944— siempre fueron una prueba para el desarrollo de los países.

 

De hecho, las primeras Olimpiadas del mundo libre fueron en Londres en 1948. Y es que, al final del día, como dijo Winston Churchill, “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”. No sólo por el bombardeo y por aguantar la Batalla de Inglaterra, sino porque el coraje del león británico mantuvo la cara, la dignidad y la razón frente al Trump en turno llamado Adolfo.

 

Fue por eso que las calles londinenses donde todo había sido bombardeado menos el coraje nacional, fueron elegidas para que los atletas pasaran dejando testimonio de que habían vencido.

 

Años más tarde, en 1968 Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría debieron pensar mucho en el creador del México moderno, Plutarco Elías Calles, y en el recuerdo del general Álvaro Obregón.

 

Ya que los aros olímpicos del 68 significaban dar la bienvenida y a su vez culminar el éxito de la Revolución Mexicana.

 

Y es que, la sangrienta noche de Tlatelolco no sólo estropeó la fiesta, sino que marcó para siempre el destino de México.

 

Ahora una vez más los aros tenían que ser el símbolo de la victoria de un país, el país continental que abandonaba el tercer mundo llamado Brasil.

 

En ese contexto, hemos visto muchos fenómenos, el miedo, el rechazo y la forma en la que los pueblos distinguían lo que era la fiesta oficial del duelo popular. Pero pocas veces hemos visto el rechazo expresado en la destrucción de los símbolos olímpicos como está pasando en Río de Janeiro.

 

Unas Olimpiadas en cualquier otro momento serían motivo de orgullo para un país tan nacionalista como Brasil. Sin embargo, hoy es el ejemplo de las fiestas que el orgullo de los gobernantes plantearon contra la realidad del pueblo brasileño.

 

El antiguo Presidente que consiguió estos Juegos Olímpicos fue Lula da Silva, y ahora está a punto de ser procesado penalmente. La expresidenta Dilma Rousseff, que preparó al país para los actos deportivos, fue suspendida de su cargo y ahora sólo espera que a fines de agosto deje de ser Presidenta definitivamente.

 

Mientras tanto, el presidente interino Michel Temer va administrando casi desde la noche la frustración brasileña.

 

Las Olimpiadas de Río marcan el cambio de cultura política de los tiempos y es una gran lección para que los gobiernos consideren que, antes de comprometerse con eventos fastuosos, deben escuchar lo que sus pueblos desean, porque los pueblos tienen percepciones, necesidades, alegrías y duelos distintos a los que tienen los gobiernos.