Hernán Merolea

 

Hace ya algunos años, en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, frecuentó a la ciudad de Oaxaca un respetable personaje que vino a dar conferencias en la ahora Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, en el teatro Macedonio Alcalá y en los altos de la casa ubicada en la esquina de Alcalá y Murguía de la capital.

 

 

 

Era el doctor José Manuel Estrada Vázquez, de origen venezolano pero que se convirtió en un ciudadano del mundo, un maestro al servicio de la Humanidad, un gran gurú que se dedicó a recorrer el mundo para compartir lo que la vida le había dado, lo que había asimilado de las grandes tradiciones de la Humanidad, de las lecturas, investigaciones y encuentros con personas que perseguían los mismos propósitos de trabajar por la elevación de la conciencia y la salud humana.

A primera vista inspiraba confianza y desde luego respeto, mucho respeto, que él mismo ponía en práctica con los demás. A todas las personas les hablaba de usted, a grandes y chicos. Quienes lo trataron recuerdan de sus charlas amenas, de sus anécdotas o cuando solía cantar canciones de su querida tierra venezolana y de México, desde donde dirigió sus viajes a diferentes partes del mundo para ayudar a la Humanidad con sus enseñanzas y conocimientos.

Los viajes que tengo registrados, de acuerdo con publicaciones del periódico Oaxaca Gráfico, es que vino por primera vez a la capital oaxaqueña en febrero de 1964 y sus conferencias las impartió en los altos del edificio ubicado en Alcalá y Murguía. El segundo fue el año siguiente y después otros más.

El mencionado diario de la provincia lo presentó como eminente humanista, instructor y alto Iniciado de la Nueva Era, quien abordaría temas de su investidura. Hacía referencia de que en la ciudad sagrada de Machu Pichu, Perú, había inaugurado el centro energético del mundo y que a su paso por diferentes países había impartido charlas y conferencias. Había participado también en un Congreso Internacional de Filosofía en la Ciudad de México.

Sus biógrafos precisan que el gran gurú vivió 29,945 días, desde el sábado 28 de julio de 1900, en que nació a las 10 de la mañana en Caracas, Venezuela, hasta el jueves 22 de julio de 1982, cuando fallece a las 12 horas en el hospital militar de la Ciudad de México.

Fue un verdadero autodidacta, un discípulo que mantuvo una breve pero intensa relación con su Maestre, el Doctor Serge Raynaud de la Ferriere. Nunca vivió a su lado ya que continuó trabajando en su oficio como ebanista y escultor de la madera, manteniendo su hogar y colaborando económicamente de manera fundamental en el nacimiento de la incipiente institución que juntos establecieron: la Gran Fraternidad Universal.

Este gran Iniciado escogió Oaxaca para sembrar semillas que ya están dando frutos. Conocedor de las culturas prehispánicas se solazaba observando las maravillosas estelas de Monte Albán cuando lo invitaban a subir la zona arqueológica. Confió siempre en que los oaxaqueños, poseedores de un potencial energético y cultural, pueden lograr cambios en sus vidas personales y colectivas.

De las crisis temporales pueden surgir crecimientos trascendentales, que se reflejen en la elevación de conciencia que tanta falta nos hace, y en la recuperación de la salud que hemos perdido por el consumo de productos nocivos que nada tienen que ver con nuestra herencia alimentaria, donde lo tenemos todo a nuestro alcance.

En eso trabajan en Oaxaca la Red Cultural GFU para la Fraternidad Humana desde hace 52 años y la Logia Blanca Mixta Tzahuindanda que lleva 32 años de vida activa.