El miedo de los poderosos no es diferente al nuestro, pero sí es más peligroso porque tienen más armas y más medios de destrucción a su alcance que nosotros

Ese es el tema, a estas alturas nosotros los mexicanos ya llevamos diez años lidiando con una tormenta de fuego y sangre.

 

Desde que Felipe Calderón quiso trascender en la historia desplazando a los soldados a su natal Michoacán, hemos presenciado día tras día la crónica de una muerte ininterrumpida donde lo malos luchan contra los buenos y donde los miembros del Ejército mexicano caen semana tras semana.

 

No es verdad que nos hayamos acostumbrado a vivir con nuestra violencia y con nuestro dolor, ya que como sociedad nos las hemos arreglado para seguir viviendo a pesar de tantas muertes e inseguridad, así como antes lo hicimos con los abusos, con nuestra hambre y con nuestra sed de justicia.

 

Por eso desde aquí observamos con pena y compresión el miedo de los poderosos. Y es que, ¿usted se imagina ser rico, pagar y ganar en euros, tener los mejores servicios médicos, las mejores carreteras y trenes, y que al final del día el Ejército tenga que vigilarlo inclusive cuando usted quiera ir a tomar el Sol?

 

Sin duda, el terror de los poderosos está conmoviendo al mundo, donde no importa cuánto dinero tengan, ni lo bien vestido que esté su Ejército, porque simplemente bastan unos cuántos desharrapados con cinturones llenos de explosivos para cambiar por completo el curso de la historia.

 

En ese sentido, no quiero ocultar que también siento terror, aunque no es producto del miedo que como mexicano he aprendido a controlar, ya que mi terror en gran parte reside en el éxito o en el fracaso del Donald

 

Trump, que ahora en cierta medida depende del papel del ISIS.

 

Porque si el Estado Islámico decide atentar contra los estadounidenses provocando muerte y destrucción en el imperio del norte, Trump tendrá la razón necesaria que lo respaldará y que terminará por convertirlo en el presidente de los Estados Unidos de América.

 

El miedo de los poderosos no es diferente al nuestro, pero sí es más peligroso porque tienen más armas y más medios de destrucción a su alcance que nosotros. Y ellos llevados de la mano por su pánico podrían ser capaces hasta de destruir lo último que queda del mundo civilizado.

 

En ese contexto, no es que me consuele estar en México, sino que soy muy consciente de que por un afán de la historia —y Dios es el que la escribe, como dicen los creyentes— América Latina se ha convertido hasta el momento en una reserva dentro de un mundo desarrollado que ya no puede dormir en paz.