Río de Janeiro.- Llovió en Río, pero nada parecía capaz de lavar la alegría de las delegaciones que participaron anoche en la ceremonia de cierre de los Juegos Olímpicos de 2016, con el estadio Maracaná al tope. Una ceremonia espectacular, abarcando la diversidad cultural brasileña, que culminó de manera apoteósica, homenajeando desde el popular carnaval callejero como el de las grandes escuelas de samba, con clásicos de los carnavales del pasado que contagiaron a todos, y hubo otra lluvia, esta vez de papel picado.

 

La explosión de belleza y alegría marcó la despedida de dos semanas de fiesta y el retorno de la normalidad, o sea, la crisis que sofoca a la ciudad, al estado y al país.

 

Tres ausencias marcaron la noche: la del principal responsable de la elección de Río para abrigar las olimpiadas, el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva; la principal responsable de viabilizar la realización del mayor acto del planeta, la presidenta apartada Dilma Rousseff; y la del presidente interino, Michel Temer.

 

Lula da Silva y Rousseff decidieron no comparecer porque los organizadores no los ubicaron en la tribuna de honor. Temer, por una razón más contundente: evitar que se repitiesen los abucheos con que fue recibido en la ceremonia de inauguración, y para no ver las pancartas que aparecieron en todos los encuentros, donde se leía: ¡Fuera, Temer! y ¡No al golpe!

 

Rompiendo el protocolo, en su lugar mandó al actual presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, su aliado en el golpe institucional que liquidará el mandato popular de la presidenta en un par de semanas. Maia aceptó el encargo, pero con una condición: no diría una única palabra. Así, la diplomacia japonesa tuvo que cambiar sus planes: en lugar de mandar al primer ministro Shinzo Abe a recoger la bandera olímpica, envió a Yuriko Koike, gobernadora de Tokio, que será sede de los Juegos Olímpicos de 2020. El premier nipón apareció al centro del estadio disfrazado de Mario Bros.

 

De última hora, Temer propuso a Abe un encuentro reservado en Brasilia. La respuesta fue un contundente no. Ya se verá hasta qué punto la grosería brasileña tendrá efectos sobre las relaciones bilaterales.

 

A lo largo de las dos semanas que duraron los Juegos Olímpicos, se confirmó una vez más la capacidad brasileña de improvisar de tal forma que, a última hora, el desastre anunciado no se consumará. Fue así en el Mundial de 2014, fue así ahora. La alegría y el buen humor de una ciudad abrumada por la violencia, por la pésima calidad de los servicios públicos y por las sombras de lo que pasará cuando se retiren los más de 70 mil hombres y mujeres encargados de la seguridad durante los juegos, terminó imponiéndose, escondida por los turistas y las delegaciones participantes. Hubo fallas en la Villa Olímpica, cada día se registraron al menos cuatro robos en los alojamientos de los atletas, el tránsito se hizo caótico, pero al final todo resultó en buenos recuerdos.

 

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La rusa Yelena Isinbayeva fue presentada como nueva integrante del COIFoto Afp

Al final, los gastos de los Juegos Olímpicos de Río fueron inferiores a los de Pekín y Londres: alrededor de 4 mil millones de dólares. Fueron vendidos alrededor de 5 millones 600 mil ingresos. Los organizadores, a su vez, destinaron 285 mil boletos – 4.75 por ciento del total de 6 millones puestos a la venta– para comunidades carentes, para refugios tutelares de niños maltratados o abandonados por sus padres y para barriadas miserables de la periferia.

 

Al cosechar 19 medallas, de las cuales siete son de oro, Brasil obtuvo su mejor desempeño en la historia de los Juegos Olímpicos. La prensa local dio amplio espacio para esa hazaña, pero no por casualidad olvidó indicar que la mayoría de los medallistas se benefició de los programas de incentivo al deporte creados por los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff.

 

No se pudo impedir, en todo caso, que varios de los medallistas mencionasen ese punto en sus entrevistas a los medios que hacen de todo para no vincular a Lula y a Dilma con los Juegos Olímpicos de Río. El remero Isaquias Queiroz, de 22 años, primer brasileño en alcanzar tres medallas en una sola edición olímpica, ha sido uno de ellos, para evidente desagrado de sus entrevistadores.

 

En esta edición fueron superados 19 récords mundiales y 65 olímpicos. Pero nada comparable al récord de venta de hamburguesas (hubo un día en que se consumieron 70 mil en la Villa Olímpica). Entre otras ocurrencias, se destacó la falsa denuncia de asalto realizada por nadadores de Estados Unidos (medallistas inclusive), que fueron rápidamente desmentidos gracias a la eficacia de la policía.

 

Ahora, todo volverá a lo normal. Lástima que esa misma policía no sea así de eficaz a la hora de resolver los crímenes que sacuden a la ciudad.

 

Los Juegos Olímpicos dejan un legado a parte de Río de Janeiro, con obras viales que efectivamente cambiaron el centro de la ciudad, ahora recuperado. La periferia seguirá siendo periférica y abandonada; los servicios públicos continuarán caóticos, pero al menos por dos semanas los habitantes de la ciudad –como parte importante de los brasileños– supieron recuperar la autoestima.

 

Brasil, a su vez, amanece este lunes cara a cara con la etapa final del golpe institucional en curso. Dentro de poco más de 10 días todo estará consumado.

 

Michel Temer será transformado en presidente efectivo y ya no podrá ocultarse cada vez que su presencia sea esperada en actos públicos. Pudo evitar la silbatina en Maracaná. No podrá esconderse para siempre.

 

Gracias, queridos deportistas refugiados: Bach

 

El presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Thomas Bach, agradeció a todos los atletas y gente involucrada en los juegos, patrocinadores y federaciones. Pero una mención especial fue para la participación por primera vez en la historia olímpica de los atletas refugiados.

 

Fueron unos juegos maravillosos, en la ciudad maravillosa, declaró Bach en el discurso de clausura de sus primeros juegos al frente del ente rector del olimpismo. Llegamos como invitados y nos vamos como amigos, agregó.

 

Estos Juegos Olímpicos dejan un legado único para las generaciones venideras. La historia hablará de un Río de Janeiro antes y un Río de Janeiro mucho mejor después de los Juegos Olímpicos, agregó.

 

Los Juegos Olímpicos son una demostración de diversidad y enriquecimiento para todo el mundo. Son la celebración de la diversidad. Los valores olímpicos crean la unidad de la diversidad, un agradecimiento al Comité Organizador de los Juegos Olímpicos Río 2016.

 

Juntos podemos ir más lejos, unidos en la adversidad podemos ser muy fuertes, gracias queridos atletas refugiados, nos han inspirado con su talento y espíritu humano, fueron la esperanza para miles de refugiados en el mundo, continuaremos con ustedes (atletas refugiados) después de estos Juegos Olímpicos, enfatizó el titular del COI.

 

¡Bye bye, Río de Janeiro!, expresó Bach después de rendir homenaje a los atletas, a los voluntarios y a los cariocas.

 

 

La Jornada / Eric Nepomuceno