En el programa que entregaron al público en su primer concierto en el Palacio de Bellas Artes, en noviembre de 1990, Carlos Monsiváis —el cronista que mejor interpretó la vida mexicana de la última mitad del siglo XX— empezaba por lo obvio: “Juan Gabriel no necesita presentación”.

 

 

Ya entonces era un ídolo popular que vendía millones de discos. Era un compositor prolífico (se dice que compuso más de 1500 canciones) que había creado un estilo absolutamente personal, influido caóticamente por todo lo que se puede oír en la calle, con letras que en cualquier momento se desentienden de toda convención lírica.

 

El muchacho afeminado y de modales tímidos de sus inicios se había transformado a los cuarenta en una mezcla explosiva de estética kitsch, sexualidad ambigua y solemne devoción por el dolor. Era un espectáculo en sí mismo. Todos sabíamos quién era. Pero, apuntaba con cautela Monsiváis, al que era necesario presentar era su público.

 

Se trataba, escribió, del “más pluriclasista y multigeneracional que un artista popular ha conocido en México desde las épocas de Pedro Infante”. Ese público era una legión ya desde los noventa y se esparcía por todos los estratos de la sociedad mexicana, alcanzaba a pobres y a ricos, iba del campo a la ciudad y conmovía por igual a los adolescentes que a sus padres.

 

Su llegada a Bellas Artes implicó una polémica agria sobre los límites entre la alta y la baja cultura, pero sorteado el escollo, el público tomó nota de los cambios profundos en el gusto y en la democratización del acceso a los productos y procesos culturales que eso implicaba. Monsiváis jugó un rol fundamental en esa glorificación porque el tema estaba en el centro de sus convicciones políticas y estéticas.

 

El concierto marcó un antes y un después y aceleró la metamorfosis del divo y de su público. Juanga se desplazó al centro de un escenario amplificado que hubiera aterrado o vencido a otros. El público pasó de tenerlo como un desplante del gusto a considerarlo en algo como la veta madre de las emociones compartidas, un amado lugar común.

 

Poco a poco, sin advertirlo, y con calidades muy desiguales, Juan Gabriel y su público transformaron la canción mexicana, esa que junto con el cine fue la gran fábrica de mitologías nacionales que alcanzó gran éxito en toda América Latina. A diferencia de José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, él era un producto acabado de la televisión. A diferencia de aquellos —sacerdotes supremos de la devastación amorosa—, supo que el sentimentalismo no podía seguir siendo un ritual de cantina, donde el amor y sus catástrofes se dirimían en soledad.

 

El repertorio de Juan Gabriel incluyó siempre todos los estados de ánimo, sin contradicción alguna. Cada disco y cada concierto suyo transitaron sin complejos del amor al desamor, del dolor a la revancha, y de las ganas de morirse a las ganas de bailar. Más aún: en una sola canción (digamos un ejemplo paradigmático: “Hasta que te conocí”) Juan Gabriel transita de un sentimiento tremendo a su antípoda. Del dolor absoluto al absoluto desmadre.

 

Juan Gabriel y su público aprendieron juntos las ventajas de la tolerancia. Con el tiempo, el público consagró al mismo artista del que hizo chistes y escarnio durante muchos años, al “rarito”, al muchacho afeminado del que ansiaba revelaciones escandalosas. Juan Gabriel se refugió en un muy mexicano silencio ambivalente. Ni negaba ni aceptaba. Pero sus canciones fueron creciendo en insinuaciones, dobles sentidos y subtextos entendidos. Algo que se volvió parte de su estilo, su sello. Lo llamamos Juanga, al principio para hacer chunga con la ambigüedad del apócope; Juanga después, con familiaridad; Juanga al cabo, con cariño, con infinito amor.

 

Ese público es el mismo en el que hemos participado para que el efecto Juanga suceda y sus canciones adquieran sentido y profundidad. Es el público extraordinariamente diverso que acude lo mismo en Venezuela, que en Colombia, que en Chile, y lo ve asombrado por la audacia del columpio en el que se mueve en el escenario como pez en su agua. Ese público lo adoraba. La gente caía fascinada ante su espectáculo.

 

En ese público podían estar cumbres del machismo latinoamericano como Fidel Castro, que en la primera Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado no sabía qué hacer ante él, en el show de clausura, impactado por la desenvoltura de ese embajador de la cultura mexicana, y acabó palmoteando y aplaudiéndolo como todos.

 

Ese público, en fin, es el mismo que el preciso día en que se enteró de su muerte se volcó a las calles de México, a la Plaza de Garibaldi, al departamento con los amigos, en las redes sociales, a llorarlo, a cantarlo, a discutirlo, a denostarlo, a bailar a su ritmo con un pasión que no se había visto desde la muerte de Pedro Infante, aquel muchacho tan sano y tan viril.

 

The New York Times