A principios de este año, un usuario de Facebook en Bagdad que tenía una cuenta bajo el nombre de Hussein Mahyawi publicó una fotografía de un fusil de asalto M4 que quería vender. Varios veteranos de la guerra de Irak lo reconocieron de inmediato. Era un arma de uso habitual en el Ejército de Estados Unidos, con mira telescópica militar y una calcomanía con un código de inventario.

 

Excepto por un detalle —traía una empuñadura de pistola que es el tipo de accesorios con los que los combatientes personalizan sus armas— era la viva imagen de las decenas de miles de M4 que el Pentágono le entregó a las fuerzas de seguridad iraquíes y a varias milicias aliadas, después de derrocar a Saddam Hussein en 2003. Y ahí estaba: subastándose en el mercado.

 

¿Sorprende? No. Estados Unidos retiró a todas sus fuerzas de combate de Irak hace más de cuatro años y no han pasado más de dos desde que una cantidad mucho menor de tropas regresó a ese país para colaborar en la guerra contra el Estado Islámico, mientras tanto, la subasta de armas se ha vuelto una actividad común. Lo que Mahyawi vendía es una muestra de un fallo extraordinario y peligroso por parte de la rendición de cuentas a la que debe someterse cualquier protocolo militar: hacerle seguimiento al uso de las armas.

 

Desde los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos ha enviado un número indefinido, inmenso, de armas de guerra a muchos de sus aliados tanto en Irak como en Afganistán. El Pentágono solo tiene una idea parcial de esa cantidad de armas, y respecto a dónde están, su conocimiento es mucho más difuso. La abundancia de armas provenientes de Estados Unidos que ahora aparecen en el mercado negro es uno de los problemas generados por la invasión de Irak.

 

Una muestra del alcance de estas transferencias de armas y de lo difícil que es cuantificarlas se puede comprobar al examinar un proyecto dirigido por Iain Overton.

 

Overton fue periodista de la BBC y ahora dirige Action on Armed Violence, una organización con sede en Londres que investiga y hace presión política contra la proliferación de armas y su uso contra civiles. Es autor de The Way of the Gun, un análisis poco optimista del papel que juegan las armas en nuestras sociedades.

 

Overton, junto con un pequeño equipo de investigadores, presentó varias solicitud de acceso a la información el año pasado y comenzó a revisar archivos del Pentágono correspondientes a un periodo de 14 años de contratos relacionados con fusiles, ametralladoras, accesorios y munición, tanto para las tropas estadounidenses como para sus aliados. Después cruzaron los datos con otros archivos públicos. Ahora, Overton divulgó esos datos junto a su análisis que abarca 412 contratos y merece que los miembros del Tratado sobre el Comercio de Armas reflexionen sobre sus hallazgos. El tratado, que entró en vigor en 2014 y del cual Estados Unidos es signatario, tiene la intención de impulsar la transparencia y la responsabilidad en la transferencia de armas convencionales para reducir las posibilidades de que terminen en las manos equivocadas, que es exactamente lo que las fuerzas armadas estadounidenses no han hecho en sus conflictos armados recientes.

 

En conjunto, según lo descubierto por Overton, el Pentágono ha entregado más de 1.450.000 armas a las fuerzas de seguridad en Afganistán e Irak. Entre esas armas hay 978.000 fusiles, 266.000 pistolas y 112.000 ametralladoras. Estas transferencias forman un conjunto de armas de todo tipo y algunas son antiguas: los kalashnikovs que sobraron de la Guerra Fría, M16 y M4 recién producidos según las normas de la OTAN en fábricas de Estados Unidos, ametralladoras rusas y occidentales, fusiles para francotiradores, y pistolas de distinto origen y calibre entre las que hay Glock semiautomáticas, una pistola que en Irak suele venderse por internet.

 

Muchos de los receptores de esas armas se convirtieron en aliados valientes e importantes en el campo de batalla. Pero otros no. En su conjunto, esas armas fueron parte de un inmenso y poco supervisado flujo de armamentos de una superpotencia hacia ejércitos y milicias debilitadas por su poco entrenamiento, deserción, corrupción y una serie de violaciones de los derechos humanos. Al conocer lo que sabemos sobre esas fuerzas, habría sido importante que mantuvieran el control de sus armas. Sin embargo, no sorprende que no lo hicieran.

 

Para ilustrar lo azarosa que ha sido la supervisión de la distribución de armas, cinco meses después de que The New York Times preguntara por el recuento de armas ligeras entregadas a sus socios en Irak y Afganistán, el Pentágono dijo que sus registros mostraban que el número no llegaba a la mitad de lo mostrado por los investigadores, unas 700.000 en total. Esa cantidad, según Overton “solo incluye el 40 por ciento del total de armas ligeras entregadas por el gobierno de Estados Unidos que aparecen en los informes públicos del gobierno”.

 

Según el Pentágono, la diferencia entre ambas cifras se debe a que al principio, el Ejército de Estados Unidos trató de apoyar a dos gobiernos que estaban muy involucrados en la guerra. Mark Wright, portavoz del Pentágono, dijo que “la velocidad fue algo esencial a la hora de equipar y entrenar a sus fuerzas armadas para que afrontaran retos tan complicados y como resultado hubo problemas en la contabilidad de la entrega de parte de las armas”. El funcionario también señaló que las prácticas del Pentágono al respecto han mejorado y que para garantizar “que el equipamiento se usa solo para los fines autorizados”, sus representantes “hacen un inventario de cada arma que llega al país y registran la distribución al socio extranjero”.

 

Lo que no queda claro es por qué contar las armas y llevar un registro de números de serie y receptores se convirtió en algo que llevaba tanto tiempo como para frenar la guerra. Cualquiera que haya formado parte del ejército sabe que documentar quién recibe cada arma es una tarea importante y un hábito que fácilmente se convierte en rutina. No lleva más tiempo que entregarle un uniforme a un soldado o darle de comer. Pero, a menudo, el Pentágono no siguió ese paso. Wright señaló que una vez que una arma está en manos de otro ejército “la responsabilidad de controlarla es de ese ejército”.

 

A principios de año, mientras Overton trabajaba en su propio recuento, le pedí a Nic Marsh, investigador del Peace Research Institute de Oslo, que echara un vistazo a la misma cifra pero usando otros datos que él monitorea, sobre todo las cifras de las exportaciones de la Unión Europea e información del inspector general de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. El total también excedió de manera importante a las cifras del Pentágono. Al examinar el envío de armas desde Europa, encontró más de 465.000 del Pentágono a Afganistán desde 2001.

 

Marsh dijo que las exportaciones incluían armas albanesas, inglesas, búlgaras, canadienses, croatas, checas, húngaras, italianas, montenegrinas, paquistaníes, polacas, rumanas, rusas, serbias, eslovacas y estadounidenses. También descubrió al menos 628.000 más exportadas a Irak entre 2003 y 2014 desde los mismos países con la inclusión de nuevas naciones como Bosnia, Estonia, Francia, Lituania y Turquía. Su conteo de las iraquíes no incluye más de 300.000, que sospecha que llegaron por encargo del Pentágono pero que no cuentan con registros claros. “La cifra es mucho mayor a 628.000 pero no estamos seguros de la cantidad que salió de Bosnia”.

 

Las armas enviadas desde Europa a Irak y sus municiones llenaban los aviones de carga. Aunque Marsh dice que los datos disponibles no dicen cuantos envíos fueron pagados por Estados Unidos y no eran compras realizadas por ministerios iraquíes con donaciones estadounidenses o donaciones hechas por países que se deshacían de lo que almacenaban. La observación es importante pues estas dos categorías: los regalos entre países a través de transportes estadounidenses y las armas compradas directamente por Afganistán e Irak podrían no estar incluidas en la lista de Overton. Y esa es una de las múltiples razones por las que se sospecha que la cifra de 1.450.000 armas podría estar por debajo de la cantidad real que fue entregada mientras el Pentágono suministró armamento ligero en Irak y Afganistán. En palabras de Overton: “Hasta donde sabemos podría ser el doble”. Su análisis no incluye muchas armas entregadas por el Ejército de Estados Unidos a fuerzas locales a través de otras vías como el reenvío de armas capturadas, una práctica habitual y poco registrada.

 

Overton asegura que su conteo no incluye los envíos que se perdieron porque los datos proporcionados por el Departamento de Defensa estaban incompletos o llenos de contradicciones irresolubles. Por ejemplo, dependiendo del año, los contratos públicos eran de más 6,5 o 7 millones de dólares. Overton sospecha que hay muchos por precios menores. Y a veces los datos son tan vagos que dificultan determinar con exactitud lo que se compró y mucho menos para quién. La información del Pentágono no precisa mucho de lo que realmente se compró.

 

Hay algo indiscutible: gran cantidad de las armas no estuvieron mucho tiempo en manos del gobierno después de llegar a esos países. En uno de muchos ejemplos, un informe de la oficina de rendición de cuentas del gobierno descubrió que 110.000 kalashnikovs y 80.000 pistolas compradas para las fuerzas de seguridad iraquíes no aparecían. Esa cifra significa más de un arma de fuego por cada uno de los soldados estadounidenses que estuvieron en Irak en cualquier momento de la guerra. Esas faltas de registro son anteriores al momento en que divisiones enteras del ejército iraquí desaparecieron del campo de batalla, como pasó con cuatro contingentes cuando el Estado Islámico tomó Mosul y Tikrit en 2014. Los datos son de una petición de presupuesto del ejército de 2015 para comprar armas destinadas al ejército iraquí con el fin de remplazar lo que se había perdido.

 

Estas grandes pérdidas forman parte del lento drenaje que muchos veteranos de ambas guerras vieron con sus propios ojos y entre los que se destacan sucesos tan vergonzosos como cuando los reclutas del ejército afgano se presentaban a sesiones de entrenamiento y luego desaparecían al recibir un arma. Se sospecha que para venderlas. En los lugares en los que las fuerzas iraquíes y afganas trabajaban juntas, las unidades locales solo tenían una pequeña fracción de la capacidad de fuego que decían tener y disminuían a medida que los soldados desertaban con sus armas. Cuando Estados Unidos comenzó a armar a los rebeldes sirios, tanto desde la CIA como desde el Departamento de Defensa, surgieron acusaciones de robo y falta de registros.

 

Pero este año, varios vendedores de armas por internet, muchos de ellos a través de Facebook, se percataron de un flujo infinito de armas de origen estadounidense como el M4 que ofrecía Hussein Mahyawi desde ese perfil de Facebook en el que se presentaba como un diseñador de interiores. En abril, después de que The New York Times se pusiera en contacto con él y tras revisar datos de una empresa privada que asesora en materia armamentista, Facebook cerró las páginas que desde Oriente Medio servían como bazares de armas en Siria e Irak. El perfil de Mahyawi se esfumó. Pero desde entonces ha aparecido una multitud de nuevos perfiles que se describen como mercados virtuales que operan desde Bagdad o Kerbala. El comercio continúa.

 

Los nuevos datos también sugieren que la lucha en tierra del ejército de Estados Unidos ha cambiado durante la última década y media. Según su propio recuento el ejército ha ofrecido contratos por más de 40.000 millones de dólares para armas, accesorios, munición y reformas en las fábricas que los suministran desde el 11 de septiembre. La mayor parte de este gasto iba dirigido a fuerzas estadounidenses y los detalles muestran que ninguna de las dos guerras influyó tanto como se pensó. Más de 4000 millones de dólares se destinaron a armas ligeras como pistolas, ametralladoras, rifles de asalto y de francotirador y más de 11.000 para suministros asociados, según los cálculos de Overton. Una cantidad mucho mayor, casi 25.000 millones, fueron destinados a cubrir los gastos de munición y mejoras a las fábricas que la suministran. La última cifra coincide con lo que podría contar cualquier veterano: desde 2001 se han quemado montañas y montañas de munición porque el número de combates no cesa de aumentar.

 

The New York Times