“¿Puedes verla?”

 

Es la primera línea de The Blair Witch, de Adam Wingard, y es probable que sea la primera pregunta que se hagan los espectadores que planean ver esta secuela a 17 años del lanzamiento de The Blair Witch Project (1999), la cual brillantemente nunca mostró a su villana del mismo nombre. Aunque está más que claro que The Blair Witch Project no fue la primera ni la quincuagésima película de terror en utilizar el concepto de “metraje encontrado”, fue y seguirá siendo un punto de referencia en el departamento de “menos es más”.

 

Un común denominador entre las mejores películas de terror es que lo que no ves normalmente es más aterrador que lo que sí ves. Otro es que es mala idea que los citadinos contemporáneos vayan a explorar los lugares antiguos y desconocidos de Estados Unidos, donde Norman Bates, Leatherface o la bruja de Blair esperan para castigarnos por nuestra curiosidad. The Blair Witch Project representa el encuentro fatal entre el ratón citadino y el predador del bosque a través de una cámara digital, y lo que surgió no fue solo un ciclo de películas del género metraje encontrado sino un temas de presentación introspectiva que ha figurado en casi todas y cada una de sus imitaciones.

 

Se podría decir que ninguna película de terror estadounidense en los últimos 40 años ha dicho más sobre nuestra cultura de imágenes capturadas rápidamente en tiempo real —cómo se filman, cómo se ven y cómo nos afectan— que la producción de bajo presupuesto de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, que resultaba tan creíble como falso documental porque fue grabado en vivo y en tiempo real por su trío central de actores.

 

Sin duda, se ha escrito mucho sobre la filmación de The Blair Witch Project—el diálogo improvisado; las noches largas en las que el equipo de filmación aterrorizó al reparto con ruido tenebrosos; la creación del icónico close-up de Heather Donahue— que su historia de fondo se siente igual de mitológica que cualquier diálogo explicativo sobre la siniestra historia del bosque Black Hills. Una de las bromas más comunes sobre la película es lo pesadas que son las cámaras que Heather y compañía llevan cargando a todos lados, lo cual significa que solo quieren grabar en video —o en audio— lo más necesario cuando están grabando su proyecto documental y cuando la bruja los persigue. (Aunque la verdadera pregunta es, ¿por qué cargas todo ese equipo si estás corriendo por tu vida?)

 

Una década después, ya había decenas de película que ofrecían variaciones (si no es que soluciones) a este problema. El camarógrafo de Cloverfield sintió que era su obligación documentar el para la posteridad; el antagonista telequinético de Chronicle utilizó sus poderes para levitar su cámara y moverla a su gusto. La única película —y luego serie cinematográfica— en desafiar la marca Blair Witch en su éxito artístico y comercial fue Paranormal Activity de Oren Peli, a quien se le ocurrió la idea de una cámara fija que graba momentos breves de actividad paranormal alrededor de los protagonistas dormidos y más que un éxito taquillero, pasó a la historia como una película estructural avant-garde (o una variación extraña y oportuna de la cultura de los circuitos cerrado donde tanto las cámaras de vigilancia como fuerzas del mal por nos observan nuestros momentos privados más desprotegidos, solos, en casa). Las bajas expectativas durante la producción de Paranormal Activity y su éxito inesperado fueron tan similares al de The Blair Witch Project que resulta asombroso. Pero mientras que Myrick y Sánchez echaron a perder su buena suerte al filmar una pésima secuela ( Blair Witch: Book of Shadows, que se alejó el concepto de falso documental y no lo reemplazó con nada), Peli aprovechó su idea original para crear una serie de secuelas muy recomendables, en especial Paranormal Activity 3, que está ambientada en la década de los 90 —la misma que la película original de The Blair Witch Project— y utiliza las limitaciones tecnológicas de la época a su favor (como la cámara instalada en el ventilador).

 

Por el contrario, Blair Witch de Wingard (que se estrenó esta semana en el Festival Internacional de Cine de Toronto), está al corriente en todos los sentidos. Los primeros diez minutos de la película se enfocan en un inventario de todas las cosas interesantes que los personajes principales (que son tan ñoños y aburridos que no pienso tomarme la molestia de nombrarlos o describirlos) planean llevarse al bosque para investigar lo que pasó con los estudiantes de cine que murieron en la primera película. Este es un punto importante porque significa que Blair Witch se desarrolla en un mundo donde existe The Blair Witch Project, pero no como una película exitosa; más bien, los protagonistas vieron el video de la película original como si fuera algo “real”.

 

Las posibilidades más ingeniosas de seguir a un grupo de niños obsesionados con la tecnología desaparecieron en cuanto se revela que no hay WiFi ni cobertura para celulares; nada de hashtags de #caceríadebrujas ni árboles espeluznantes en Snapchat. Pero, en general, Wingard pudo haber hecho mucho más con el contexto de nuestra obsesión actual con las selfies. Las cámaras aquí no son más que un recurso narrativo. La película de terror reciente y muy subestimada Unfriended utiliza la pantalla de una laptop y el chat de Facebook para insinuar, literal y figurativamente, que hay en fantasma en la máquina y algo siniestro en la era de las redes sociales. A pesar de su tecnología de vanguardia, Blair Witch no analiza a su predecesora más analógica y termina siendo apenas un remake. Y en el proceso, dice menos sobre el choque entre la modernidad y la mitología, y sobre nuestra necesidad (y capacidad) colectiva de comunicar experiencias físicas a través de lentes y pantallas que una película que se estrenó antes de que salieran los teléfonos abatibles.

 

Pero regresando a la pregunta original —”¿Puedes verla?”—, no vale la pena dar spoilers aquí. Sin embargo, es interesante que a pesar de que Blair Witch ofrece más perspectivas, no revela mucho y es poco probable que en el futuro alguien la analice, sin importar cuál sea el ángulo.

 

Vice México