La directora general de Grandes Viñedos de Francia, Sophie Avernin, relata su primer encuentro con los vinos naturales.

 

 

Siempre me han atraído las controversias. Como mosquito al foco, voy directo hacia ellas sin siquiera darle una segunda pensada. Después de haberme aventado a las fauces del león, mi parte ultraracional y francesa se encarga de activar el proceso de culpa y de autoflagelación. Gasto fortunas en psicoanálisis y en alcohol para que esto se me olvide, y el ciclo arranca de nuevo.

 

Así me sucedió hace muchos meses cuando se me acercó Jair Téllez, conocido por sus múltiples y exitosos restaurantes, con una maleta repleta de vinos naturales. Una tras otra fue descorchando botellas que olían y sabían a nada que yo haya catado hasta ahora.

 

El proceso de selección de vinos en mi oficina lo hacemos el encargado del almacén, Arturo, y yo. A lo largo de los años que ha pasado conmigo en el negocio de vinos, él fue descubriendo su pasión: catar y descubrir vinos nuevos. Muchas veces estamos de acuerdo, otras no y es justamente este intercambio de ideas que hace el proceso de selección aún más interesante.

 

Recuerdo la cara de Arturo cuando cató estos vinos: sus ojos brillaron, y dijo textual: “¡Órale! Este pinot noir huele a sobaco. ¡Qué emoción!”. Ese fue nuestro primer acercamiento a los vinos naturales. Así de rudo fue. Y en un arrebato decidí importarlos: “Total, ya veremos qué pasa”, pensé en ese momento.

 

La emoción de probar algo nuevo hace que mi cerebro simple y sencillamente se quede en el limbo sin saber qué hacer. Me llena de emoción. Hacía mucho tiempo que no cataba un vino que me conmoviera; estos, simple y sencillamente conquistaron mi corazón.

 

En línea existen mil explicaciones. En este mismo espacio, mi querida amiga Paulina Vélez dio una explicación, los invito a que la busquen. En caso de duda existencial, llámeme, enviéme un Whats App, y en ese momento, cual genio salido de la botella, apareceré, pero es probable que le dejaré aún más confusión. Si todo esto sucede, habré hecho mi trabajo correctamente.

 

Los vinos son como la ropa, es imperativo probarlos a ver si le quedan correctamente, estos con más razón. Sírvase una copa, póngase el saco, salga a la calle y es probable que en alguna vitrina alcance a ver su reflejo y no se reconozca. Esa sensación de libertad y de felicidad, absolutamente nadie se la puede arrebatar.

 

Sibarita / El Financiero