Repase la cartelera de cualquier ciudad, durante cualquier semana y verá que, en la mayoría más aplastante de las veces, el cine es cosa de hombres y de blancos. Las voces femeninas y de grupos marginados, como los pueblos indígenas –que solo en Brasil suman 305 etnias–, suelen quedarse fuera de las salas comerciales. La Bienal de Cine Indígena, que tiene lugar en São Paulo del 7 al 12 de octubre, pretende modificar esa realidad con la exhibición de 53 películas realizadas por cineastas indígenas, 11 de ellos mujeres

La muestra, cuya primera edición tuvo lugar hace dos años bajo el nombre de Aldea SP, se ha convertido en una bienal. Ideada por el líder indígena Ailton Krenak, pretende presentar propuestas diferentes a las del cine tradicional, reforzar la importancia de películas que recojan el discurso de sus realizadores, a la sazón representantes de culturas ancestrales, y revelar las circunstancias en las que viven estas personas. “Están acostumbrados a otro cine, uno trascendental. Ven imágenes que no están controladas. Es una forma de mirar rebelde”, define Krenak.

Para el festival se han seleccionado vídeos musicales, filmes de ficción y documentales realizados, todos realizados en los últimos seis años y de diferentes extensiones. Muchos tienen subtítulos en portugués y reivindican temas, historias y personajes olvidados a lo largo del tiempo, algo que los reviste de una urgencia permanente. “Son películas que se podrán ver dentro de 500 años, porque, al fin y al cabo, hablan de un asalto que se produjo hace 500 años”, opina Ailton Krenak, que coordina el evento. También explotan la idea de que el cine es un arte colectivo, ya que, en estas comunidades, la cooperación es un valor que se sobrepone a la competición. Precisamente por este motivo, los guaraníes-kaiowá no suelen participar en los festivales de cine tradicionales.

Cuentan los comisarios del proyecto que otro de los puntos fuertes de esta edición es el protagonismo femenino, tanto detrás como delante de las cámaras. “Las mujeres ocupan un espacio mayor en el cine indígenas porque la conquista de su independencia se ha producido en las aldeas y su protagonismo en el movimiento indígena se ha vuelto mayor”, afirma Rodrigo Arajeju. Para Pedro Portella, “rompen con el prejuicio de que las mujeres no pueden hacer cine porque tienen que cuidar de la casa y los hijos”.

Prueba de ello es el documental Não gosta de fazer, mas gosta de comer (literalmente, No te gusta trabajar, pero te gusta comer), de Maria Cidilene Basílio –de la etnia tucano– y Alcilane Melgueiro Brazão –de la etnia baré–. A los 27 años, Alcilane cogió una cámara por primera vez para plasmar durante una semana de trabajo en la vida de doña Irene, de 58 años, en el campo de la comunidad de Santo Antônio, a 405 kilómetros de Manaos. El resultado es una sentida crónica sobre el método de plantación original de los pueblos del Alto Río Negro, en el extremo norte del Amazonas. “Doña Irene solo sabía hablar ñe’engatu. Su nieta se reía de ella diciendo que solo iría al campo si su abuela no hablaba en esa lengua. Fue entonces cuando le respondí: ‘No te gusta trabajar, pero te gusta comer’. Decidimos dar ese título a la película”, según le contó Alcilene a Amazônia Real, una agencia de noticias independiente que trata sobre cuestiones de la Amazonia y sus habitantes.

No hay estética que explique toda la producción indígena reciente. Los lenguajes son diversos, como los métodos

No hay una estética única que abarque toda la producción de la bienal. Para Pedro Portella, los lenguajes son variados y los métodos también, y solo los une la simpleza de los equipos (muchas películas se filmaron con teléfono móvil). “Los kayapó, los maxakali y los yanomami no editan mucho su material, prefieren secuencias largas. Sin embargo, a los baré les gusta hacer más cortes, hacer montajes con trocitos más cortos. Los guaraníes-kaiowá y los tikuna hacen videoclips. Los primeros, incluso, cantando hip-hop, que es una extensión de su lucha por la tierra”, relató el curador a la agencia de noticias.

Además de dar visibilidad a las películas, otra ventaja de una muestra 100% indígena es que sirve de plataforma para las peticiones específicas de los grupos, como las ayudas públicas a la producción. “Aunque Ancine [la Agencia Nacional de Cine, principal órgano de fomento de la producción cinematográfica del país], tenga una producción importante, no ha movido ni un dedo para la producción audiovisual indígena. Tampoco permite que productoras y asociaciones indígenas registren sus películas con el Certificado de Producto Brasileño (CPB), lo que posibilita la proyección de las películas en el cine o en la televisión abierta. Por eso, la producción audiovisual indígena todavía es marginal, sobrevive sin los millones de esta agencia que prefiere una visión publicitaria y poco comunitaria”, criticó Portella a la agencia Amazônia Real.

 

El País