Al margen de que se certifique el resultado final, las cerradísimas y sorpresivas elecciones de los Estados Unidos vienen a confirmar la enorme volatilidad del mundo en que vivimos.

Lo vimos primero en España con la emergencia de Podemos, desafiando al bipartidismo del PSOE y del Partido Popular y colocando a la Madre Patria en una ingobernabilidad de dos años.

Fuimos testigos de la sorpresiva votación de los ingleses para dejar la Unión Europea en un fenómeno Brexit que sacudió los mercados internacionales y que todavía no se digiere.

Vino más tarde la negativa de los colombianos para votar el plan de paz propuesto por el gobierno para acabar con décadas de una guerra de las FARC, los cárteles de la droga y los paramilitares.

Lo que intentamos decir es que la lectura política y sociológica de las naciones se vuelve cada vez más compleja, más impredecible. Y esa es una mala señal para el mundo.

Porque se confirme o no la victoria de Donald Trump, está claro que estamos frente a la reemergencia de los fundamentalismos, las supremacías raciales, las hegemonías proteccionistas y el abuso del poder por encima de la ley.

Con Trump o Hillary en la Casa Blanca, está claro que las conciencias de todo el mundo testificaron ayer la zozobra de vivir en la delgada línea de la incertidumbre en la que todo es posible.

Y eso es el peor augurio para la necesaria estabilidad indispensable para crear, para invertir, para generar riqueza, para crecer y vivir en paz.

El mundo en el que amanecemos hoy se acerca más al que vivieron nuestros abuelos en los días que antecedieron a la Segunda Guerra Mundial.

Tres quinquenios en los que el choque de egos, desafíos y supremacías raciales llevaron a esa generación al horror de un holocausto y al cataclismo casi universal.

No es nuestra vocación la de ser aves de mal agüero, pero sea cual fuere el resultado final, lo que se presagia al menos para los próximos meses es zozobra, amenaza e inestabilidad.

Los mercados no solo en México, sino en el mundo entero, dieron ayer por la noche las primeras muestras de extrema volatilidad, ante la sola notica de que Trump aventajaba en los estados clave que definían la elección.

Pero poco se puede hacer frente al juego de una democracia que ante la emergencia de las redes sociales, de las masas que se rebelan al status quo, eligen lo que sea –extremismos de derecha o de izquierda- antes que vivir más de lo mismo.

En las sorpresas de ayer en los Estados Unidos está claro que la monarquía democrática del binomio Clinton-Bush dejó de ser funcional para las mayorías.

Y la respuesta es que un ego soberbio, irracional, iracundo, sexista, racista y alocado como el de Donald Trump los colocó contra la pared.