– En entrevista aborda los obstáculos culturales que alejan a las mujeres de áreas del saber
– Ha dedicado 20 años a estudiar las propiedades electrónicas y ópticas de nanopartículas y superficies

En El principito, una de las obras literarias más celebradas de todos los tiempos, el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry afirmó que lo esencial es invisible a los ojos. A su modo, la científica Ana Cecilia Noguez le ha dado la razón, pues lleva más de dos décadas analizando el corazón de la materia, espacio donde la mirada no puede llegar, pero que define buena parte de nuestras vidas.

Es justamente gracias a su estudio de lo que ocurre a escalas nanométricas que la investigadora fue reconocida con el Premio Nacional de Ciencias 2016, en una ceremonia realizada el jueves pasado en la residencia oficial de Los Pinos.

En entrevista con La Jornada, Noguez detalla cómo ha sido el trabajo que ha realizado durante más de 20 años, pero también reflexiona sobre los obstáculos culturales que alejan a las mujeres de muchas áreas del conocimiento y sobre los peligros de que México no dedique los recursos suficientes para desarrollar su propia ciencia.

El poder de lo microscópico

El trabajo realizado por la doctora Ana Cecilia Noguez Garrido se caracteriza por estudiar las propiedades electrónicas y ópticas de nanopartículas y superficies o, en otras palabras, de la forma en que la luz y la energía se concentran en pequeños fragmentos de la materia.

Mi especialidad es entender fenómenos físicos en sistemas a escalas muy chiquitas, nanométricas; es decir, en ese espacio que equivale a la mil millonésima parte de un metro, explica la investigadora en su oficina del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Estamos en el mundo de lo grande, pero lo más importante es lo que está adentro, no en la superficie. Los sistemas nanométricos son interesantes porque cambiando su estructura atómica puedo modificar sus propiedades físicas. Es un mundo que tiene muchas cosas por explorar, dice.

Una de las características más notables de ese universo microscópico es que cuando las nanopartículas son iluminadas pueden acumular o comprimir gran cantidad de energía en ciertas regiones del espacio, que después puede transmitirse al interactuar con otras moléculas.

Las aplicaciones de ello en la vida diaria son múltiples: desde los laboratorios clínicos, donde se hacen análisis de sangre, hasta los convertidores catalíticos de los autos, que reducen las partículas contaminantes y las células fotovoltaicas que aprovechan la luz del Sol para producir electricidad.

Otro uso práctico de las nanopartículas se puede ver en la industria farmacéutica, donde mediante la llamada quiralidad –la propiedad de una partícula de no poderse superponer con su imagen especular, como las manos izquierda y derecha– se pueden crear medicamentos muy especializados y complejos.

El ambiente escolar es más agresivo para nosotras

Desde muy joven, Noguez supo que quería estudiar física. Al estar en la secundaria, se sintió fascinada por la manera en que diversos personajes habían logrado comprender a profundidad fenómenos como el comportamiento de los gases, la aceleración de los cuerpos o la mecánica cuántica.

Pero no muchos jóvenes tienen la misma suerte de escuchar fuerte y claro el llamado de su vocación. Menos cuando se trata de carreras científicas que cargan con el estigma de ser áridas o incomprensibles.

Parece así porque la formación científica que tenemos en las escuelas todavía no es la más adecuada y debería ser mucho más importante. Y no por hacer científicos, sino porque tenerla te vuelve más crítico y te da bases para un razonamiento basado en metodología. En este país necesitamos saber cómo tomar decisiones correctas en los momentos adecuados, considera la académica.

Es justo en esa etapa de la educación básica cuando se adquieren –o no– las bases para tomar decisiones acertadas, pero también es el momento en que muchas niñas empiezan a quedarse atrás en su carrera académica, no por falta de capacidad, sino por un ambiente social y escolar que las limita.

Hay estadísticas que dicen que el desempeño de las niñas es bastante bueno en primaria porque somos más exigidas, pero después quedamos muy rezagadas en la secundaria, porque el ambiente es agresivo para las mujeres, lamenta Noguez.

Una forma sutil de esa violencia es considerar que hay carreras para hombres y para mujeres, como si el talento para dedicarse a ciertas áreas del conocimiento estuviera determinado por la naturaleza y no por la vocación.

“Hay carreras que son más aceptadas para mujeres, pero cuando decía que quería dedicarme a la física, por ejemplo, me decían: ‘¿física?, ¿educación física?’ Los ambientes pueden ser agresivos y los roles de género pesan todos los días, pero no estamos conscientes de eso”, apunta.

Aunque “no se da la confianza necesaria a las mujeres para decirles: ‘puedes salir y enfrentarte, lo que sea, como cualquier otro ser humano’, una vez que superas eso, puedes desarrollar el potencial que tengas”.

El currículum de Noguez deja ver con claridad de qué forma escapó a esos atavismos limitantes. Antes de recibir el Premio Nacional de Ciencias 2016, ya se había hecho acreedora al Premio de Investigación en Ciencias Exactas, de la Academia Mexicana de Ciencias, y al Premio Ciudad Capital Heberto Martínez, entre muchos otros.

También es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, donde tiene el nivel III, y su obra es una de las más citadas en el mundo en la literatura científica en el área de la física.

Labor cara, pero indispensable

El retraso de México en ciencia y tecnología no escapa al análisis de Noguez, quien considera que dicho fenómeno se explica por la falta de recursos económicos suficientes para desarrollar este ámbito, por una parte, pero también porque las instituciones encargadas de ello aún están en proceso de formación.

La ciencia en nuestro país es muy joven. Institutos como éste (el de física de la UNAM) tienen menos de 80 años; si lo comparas con la tradición de cientos de años que tienen otros, todavía nos falta madurez, reflexiona.

A lo anterior se suma que durante muchos años, la ciencia y la tecnología han recibido un presupuesto insuficiente, de acuerdo con la magnitud de la tarea que se tiene por delante.

El resultado de la ecuación, lamenta la investigadora, es que en el país hay 10 veces menos investigadores que en Brasil, por ejemplo, nación con un nivel de desarrollo económico similar al de México. En las más industrializadas, hay 100 o mil veces más científicos, lamenta.

Necesita madurar más rápido el sistema y para eso se requiere invertir mucho. La ciencia no es algo en lo que se ven resultados de forma inmediata; es un proceso lento. La transferencia de conocimiento a la tecnología tampoco es un paso que hayamos terminado de dar, según Noguez.

La contracara de la situación de México en este terreno es Estados Unidos. En ese país, detalla, se dedican más de 2 mil millones de dólares tan sólo a nanociencia. Además, esos fondos se reparten en labores como generación de ciencia básica, pero también las aplicaciones científicas e incluso la difusión de las mismas entre el público.

Si México se queda en el papel aparentemente cómodo de seguir consumiendo tecnología en vez de generarla con conocimiento, advierte Noguez, la sociedad nunca va a beneficiarse de la ciencia.

“Aún somos un país que consume mucha tecnología del exterior; en este mundo globalizado más valdría que los otros dependieran de nosotros, no al revés.”

La Jornada