Lejos de restaurar una mítica grandeza de Estados Unidos y recuperar millones de empleos perdidos ante competidores desleales, la aplicación de las medidas proteccionistas anunciadas en la campaña presidencial de Donald Trump generarían, a partir del 20 de enero, fecha de su toma de posesión, inflación, desempleo y déficit crecientes en la economía estadunidense ante otros bloques y países del orbe.

En vez de darle más productividad a la economía estadunidense y competitividad a los bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, de aplicarse, como todo parece indicar, la política comercial cerrada y xenófoba de la administración en ciernes, los productos finales encarecerán sus costos para los consumidores locales ante la embestida contra la inmigración indocumentada y los obstáculos a la libre circulación de los insumos que hoy reducen los costos de la cadena productiva que desemboca en la industria estadunidense.

Hay, en efecto, productos como los de la industria automotriz que se nutren de componentes de más de tres países y otros tantos continentes que le permite a los automóviles estadunidenses competir razonablemente con las unidades japonesas y europeas. Esas ventajas competitivas se perderían con la regresión autárquica que significarían las políticas trumpistas.

Cancelar la importación o elevar en 35 por ciento los impuestos a la compra de automóviles provenientes de México, de capital local o estadunidense, equivaldría también a un suicidio económico, pues 40 por ciento son partes y refacciones producidas en el propio territorio estadunidense, en tanto que, por ejemplo, los autos chinos tienen únicamente una integración de 4 por ciento de componentes producidos en Estados Unidos.

Derogar el TLCAN, cuyas transacciones actualmente ascienden a mil millones de dólares diarios, implicaría la pérdida de 6 millones de empleos en Estados Unidos, lo cual en un primer momento reduciría el crecimiento y en el mediano plazo produciría una recesión económica. Cifra de empleos cancelados en ese escenario ostensiblemente mayor a los cientos de empleos perdidos hoy día, cuando en el proceso de apertura y libre mercado en busca de competitividad, una empresa en Estados Unidos, o más propiamente alguna de sus plantas, cierra sus puertas y se traslada a México.

Hoy, por otra parte pero dentro de la misma dinámica de ganar-ganar, nuestro país es la segunda fuente de importaciones de Estados Unidos, con 13.5 por ciento del total, sólo después de China. Estamos muy por arriba de Japón y Alemania, los cuales representan 5.9 y 5.5 por ciento, respectivamente, de las importaciones de Estados Unidos. México, a su vez, exporta 145 mil millones de dólares a Estados Unidos, su principal mercado.

Si Estados Unidos, con el gobierno proteccionista de Donald Trump, optara por salirse del TLCAN, exportaríamos menos a ese país, pero también importaríamos menos de ellos.

No es fortuito que el propio ex candidato presidencial republicano John McCain, hoy destacado senador, haya declarado que el TLCAN ha sido un éxito rotundo para los tres países, Estados Unidos, México y Canadá, por lo que su cancelación significaría un golpe para todas las partes.

Si las medidas proteccionistas del futuro gobierno de Estados Unidos llegaran al extremo de salirse del TLCAN, un punto no menor, les ocasionaría también un mayor déficit con China, hoy cinco veces el que tiene con México. También aumentaría el déficit con otros países, como Alemania, Japón y Corea del Sur.

Mucho menos racionalidad y sentido tendría la construcción de un muro entre México y Estados Unidos, finalmente casi una tercera parte de los 3 mil kilómetros de la frontera ya está cubierta por algún tipo de muro o valla, pues la emigración no cesará mientras persistan las asimetrías económicas entre ambos países y se mantengan las propias necesidades complementarias de una economía y otra.

Por eso, en lugar de afianzar su presencia en la economía global, la política de cerrazón, tribalismo y acoso contra sus propios socios comerciales, como México y Canadá, sólo abonarán el terreno para el surgimiento de un nuevo liderazgo mundial, la milenaria China, hoy insólito baluarte de la libertad de mercado y el libre comercio, la antítesis del Brexit en el Reino Unido y el triunfo de la derecha oscurantista en Estados Unidos.

De manera particular, el desdén manifiesto de Donald Trump hacia México, al igual que quienes se perfilan como los principales funcionarios de su gobierno, como el crítico abierto del TLCAN Wilbur Ross, anunciado ya como futuro secretario de Comercio, le están abriendo las puertas a China en el hemisferio, y específicamente en Latinoamérica y en nuestro país.

China ya tiene acuerdos de libre comercio con Chile, Perú y Costa Rica, una creciente relación comercial con México, y puede firmar nuevos acuerdos con países latinoamericanos o expandir sus negociaciones de la zona de libre comercio asiático a países latinoamericanos en un futuro cercano. China es hoy el primer o segundo socio comercial de México, Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay.

Sólo con México el volumen de comercio total bilateral de China es de 70 mil millones de dólares y todo augura que ese intercambio comercial seguirá creciendo.

Otro tema preocupante para el mundo es la declaración del presidente electo de Estados Unidos de fortalecer y expandir el potencial nuclear de Estados Unidos hasta que el mundo entre en razón, en momentos en que la paz mundial se pone en entredicho con el recrudecimiento de las acciones de violencia en Medio Oriente, en particular en Siria.

En momentos en que los delicados equilibrios mundiales se cuestionan y redefinen, no es una buena noticia que quien encabezará la principal potencia mundial amenace con incrementar su arsenal nuclear, lo cual puede estimular que otros gobiernos secunden su ejemplo, cuando la tendencia de los últimos años ha sido en favor de la reducción de esas armas de destrucción masiva.

Proteccionismo comercial de la mayor potencia económica mundial, ahora bajo el signo de la derecha trumpista, y aumento de la tensión por una reactivación de la carrera armamentista, alentado por el mismo fenómeno, no son buenos augurios para 2017.