Siempre será lamentable para una sociedad, y no se diga para las familias involucradas, un drama de esta magnitud que sacude lo más profundo de la conciencia colectiva.

  
El drama vivido ayer en Monterrey en el que un joven estudiante baleó en su salón de clases a su maestra y a tres compañeros nos despertó del marasmo del gasolinazo, los saqueos, el tortillazo, el Blue Parrot y la entronización de Trump.

México no registraba, hasta ahora, una masacre estudiantil como las que ya suelen ser comunes en escuelas o universidades de los Estados Unidos y que se destaparon con aquel trágico episodio de Columbine.

Siempre será lamentable para una sociedad, y no se diga para las familias involucradas, un drama de esta magnitud que sacude lo más profundo de la conciencia colectiva.

Para fortuna de las investigaciones, videos del sistema de seguridad de la escuela permitieron ver con extremo detalle la secuela de hechos… y es de poner la sangre fría.

Y en medio de los innumerables cuestionamientos que despierta recrear esas escenas, sobreviven tres preguntas que hay obligación de responder.

La primera, si dicen que el estudiante que disparó tenía problemas de depresión y de conducta, que por ello fue cambiado de una a otra escuela, ¿nadie detectó su grado de su intranquilidad mental?

La segunda, cómo fue posible que el estudiante agresor tuviera acceso a un arma, que fue introducida sin reparo alguno a las instalaciones del colegio. ¿Era un arma de sus padres, de algún familiar o amigo?

La tercera, cómo puede darse una secuela de hechos como los que vemos en el video -y que calificarían como propios de una película de extrema violencia- sin que el menor, por más trastornos que padeciera, no refleje remordimiento y lo opere como algo normal.

Pero como comunicador, lo que más me llama la atención es la actitud de los que condenan a la hoguera a quienes difundimos el video de la tragedia.

Entendemos el dolor personal que deben vivir las familias de los jóvenes y la maestra victimados, pero eso no es motivo suficiente para hacerle al avestruz y esconder la cabeza como si con ello se esfumara la realidad.

Lo que sucedió ayer en la escuela de Monterrey no es un asunto del interés estrictamente privado.

El drama del Colegio Americano del Noreste es un asunto del interés público y como tal debe asumirse.

Pretender condenar a los medios por difundir las impresionantes imágenes es como querer romper el espejo, confiando en que sin espejo la realidad no existe.

Busquemos mejores respuestas y enfoquemos nuestros análisis y condenas, por ejemplo, en la violencia viralizada sin vigilancia a través de iPhones y iPads.

Son aquellos videojuegos en los que se premia a quienes más asesinan, exhibiendo episodios en extremo sangrientos. Y todo para “el esparcimiento” de los pequeños o de los jóvenes.

¿Se han sentado ustedes a jugar con sus hijos los videojuegos como Assassin’s Creed, Halo: Reach, Grand Theft Auto o Call of Duty: Black Ops? Háganlo, y las escenas del colegio de Monterrey serán de párvulos.

No intentemos perpetuar la burbuja en la que se vive en la gran clase media y alta. Mayor tragedia –y sin balas– se ve en la infrahumana miseria que diariamente mata de hambre a un sinfín de mexicanos. Pero a esa ya nos acostumbramos…. no nos causa espanto.