Sólo era cuestión de tiempo para que la cabalgada en el infinito de las nuevas tecnologías, aunada a la imposibilidad de tener un criterio, una experiencia o una constante sobre la trascendencia de todo eso en la mente de nuestros hijos, terminara por provocar una tragedia como la que ocurrió el miércoles pasado en una escuela de Monterrey

En cada paso de la historia siempre hay sangre. Inclusive nacemos envueltos en sangre.

Y ahora dimos a luz a la más espeluznante historia de conquista de las libertades individuales y de la ausencia de lo físico y de lo tangible para adentrarnos en el ciberespacio informático.

Conquistamos las estrellas y pusimos al alcance de nuestros hijos un sistema que destruye el tiempo y por lo tanto no construye valores, sino los transforma.

Esta cultura, este mundo en el que primero das de alta tu cuenta de Facebook que tu acta de nacimiento, conlleva unas dolorosas enseñanzas que en esta ocasión trajeron consigo la desgracia de Monterrey.

Esa ciudad siempre ha estado muy ligada a Estados Unidos -ya lo vio Benito Juárez cuando trasladó el gobierno a Nuevo León-, tiene una gran influencia estadounidense, donde es muy difícil identificar la frontera moral entre Texas del sur y el México del norte.

Y es que, sólo era cuestión de tiempo para que la cabalgada en el infinito de las nuevas tecnologías, aunada a la imposibilidad de tener un criterio, una experiencia o una constante sobre la trascendencia de todo eso en la mente de nuestros hijos; terminara por provocar una tragedia como la que ocurrió el miércoles pasado en una escuela de Monterrey.

Lo ocurrido es parte del precio de la civilización y de la cultura en la que vivimos y, siendo así, existen dos lecciones.

Primero, que no hay en ningún lugar un Estado que pueda prever esos costos. Y, segundo, no hay que olvidar que nosotros los padres tenemos dos caminos.

O les negamos la posibilidad de vivir su tiempo y su lugar, lo cual implica navegar por el ciberespacio, vivir en un mundo flat donde son más capaces de mandar un mensaje que hacer una llamada y donde persiste la ficción y lo intangible dejando de lado la convivencia física.

O bien, empezamos a aceptar que estamos engendrando una generación que no sólo es de millennials, sino de presos que se mantienen encerrados por las paredes de la irrealidad, la frustración y lo abstracto.

No hay gobierno que estuviera preparado para esto. No hay padres que estuvieramos preparados para esto.

Lloro por las víctimas y por el muerto de Monterrey. Pero también interpreto que esto no es un caso aislado, porque es una consecuencia cultural de los tiempos.

Eso es algo que debemos entender, porque esa consecuencia no se acaba sólo en un juego o en el uso voraz de las tecnologías, sino que va contagiando al mundo que ha creado este espacio tecnológico, convirtiéndolo en un mundo plano donde las fronteras no existen, algo que resulta muy bueno para unas cosas y muy malo para otras.