La mañana del miércoles 18 de enero, en una escuela privada en Monterrey, Nuevo León, un jovencito de tercer grado de secundaria disparó varias veces dentro de su salón de clases contra su maestra y varios de sus compañeros antes de suicidarse con un arma que introdujo clandestinamente en su mochila. En menos de dos horas ya circulaban sobre todo en redes sociales al menos dos versiones del video de seguridad del salón al momento de la agresión y varias fotografías de las víctimas.

En México, la Ley General de Niños, Niñas y Adolescentes establece su derecho a la intimidad y a la protección de sus datos personales. El artículo 76 señala que no podrán ser objeto de “divulgaciones o difusiones ilícitas de información o de datos personales, incluyendo aquella que tenga carácter informativo a la opinión pública o de noticia que permita identificarlos o que atenten contra su honra, imagen y reputación”. Más aún, el artículo 77 considera una “violación a la intimidad de niñas, niños o adolescentes cualquier manejo directo de su imagen, nombre, datos personales o referencias que permitan su identificación” en detrimento de su honra o reputación en medios de comunicación concesionados, impresos y digitales que dependan de los dos primeros.

En apego a estas disposiciones, los medios han limitado la forma de presentar el material gráfico relativo a esta tragedia, aunque algunos comentaristas informativos han cuestionado la validez de mantener tal limitación visto que el material ya se difundió públicamente a través de las redes sociales. Si bien en este caso específico hay limitaciones legales, una pregunta inevitable es, ¿en qué media deben los medios presentar material gráfico de contenido violento?

Las fotografías pavorosas no pierden inevitablemente su poder para conmocionar. Pero no son de mucha ayuda si la tarea es la comprensión. Las narraciones pueden hacernos comprender.
Susan Sontag en su ensayo “Ante el dolor de los demás”
Hay, para empezar, dos posiciones opuestas. Una que sostiene que sí se debe publicar con base en la libertad de expresión y en el derecho a la información, pues el público tiene derecho a saber la verdad por dura que ésta sea. Además, son los individuos quienes, en última instancia, tienen la facultad de decidir exponerse, o no, a este tipo de contenidos.

La otra posición es no publicar con base en consideraciones fundadas en argumentos relativos a la dignidad humana, al respeto debido a las víctimas y familiares, y al derecho a la intimidad, pero también en argumentos basados en la importancia de evitar posibles imitadores de actos violentos. Cada una de estas posiciones tiene argumentos inteligentes y válidos.

El asunto aquí es que, desde una mirada netamente periodística, no es posible establecer criterios rígidos a priori para publicar o para no hacerlo, sino que cada situación y cada caso debe considerarse en su contexto particular a partir de una pregunta central: ¿cuál es el valor informativo que aporta el material gráfico en cuestión?

En Ante el dolor de los demás (2004), la extraordinaria escritora Susan Sontag sostiene que “las fotografías de una atrocidad pueden producir reacciones opuestas. Una llamada a la paz. Un grito de venganza. O simplemente la confundida conciencia, repostada sin pausa de información fotográfica, de que suceden cosas terribles” (p.10). Y sigue, “las fotografías pavorosas no pierden inevitablemente su poder para conmocionar. Pero no son de mucha ayuda si la tarea es la comprensión. Las narraciones pueden hacernos comprender. Las fotografías hacen algo más: nos obsesionan” (p.39). Por ello se vuelve crucial preguntarse por el valor informativo que aporta su publicación.

En ciertos casos, publicar material gráfico de contenido violento sin duda ha tenido ese valor. Ha permitido conocer experiencias atroces que han generado consenso de que no deben repetirse –por ejemplo, el material relativo a la liberación de los prisioneros de los campos de concentración al final de la segunda Guerra Mundial. También ha servido para sensibilizar a la gente sobre situaciones y eventos. Por ejemplo, la famosa foto de Nick Ut que en 1972 fue portada del New York Times de la “niña del napalm” que corría desnuda desde su aldea recién bombardeada.

Publicar material gráfico de contenido violento ha permitido conocer experiencias atroces que han generado consenso de que no deben repetirse.
Sin embargo, en el caso de la tragedia en Monterrey cabría preguntar, ¿qué valor noticioso e informativo añadiría publicar las fotos o el video? Me parece que, aunque no hubiera prohibición legal expresa, tendríamos que coincidir con Sontag: no ayudan a comprender. Y ayudar a comprender es una de las tareas centrales del periodismo, tema al que volveré líneas abajo.

La cuestión es que si el material ya está en redes y es público, ¿qué se gana no publicándolo? ¿No es acaso querer tapar el sol con un dedo?

Esta posición parte de una supuesta oportunidad informativa de un material que, en los hechos, ya es de dominio público. No obstante, deja de lado la pregunta acerca del valor noticioso que añadiría la publicación. Se privilegia el tráfico que se pueda generar en el sitio informativo que publica, el rating que se logre o los ejemplares que se vendan por sobre el valor informativo y noticioso de lo publicado.

Y aquí cabe otra pregunta de fondo: ¿cómo deben reaccionar los medios ante unas redes sociales que tienen el potencial de publicar y difundir cualquier cosa de forma instantánea?

Este potencial de las redes desde luego que ha minado la capacidad de medios y periodistas para decidir sobre lo que se publica y las formas en que se publica. Otrora en el extremo generador y difusor de información, la revolución digital los ha vuelto en parte también espectadores.

En un mercado de la atención donde se compite cada instante de forma desesperada y feroz por clicks y ratings, muchas veces se termina por sacrificar los objetivos esenciales del periodismo —analizar y ofrecer contexto para explicar eventos y procesos a los públicos— por la oportunidad de publicar primero. En el caso de la violencia, en México estas tendencias nos han conducido a ver en los medios material gráfico cada vez más explícito y extremo, y a experimentar procesos de normalización (e invisibilidad, a pesar de la sensación permanente de angustia e inseguridad que causa) en el imaginario de los espectadores.

La revolución digital ha vuelto a los medios de comunicación y periodistas, en parte, también espectadores.
Si bien está claro que el material gráfico de contenido violento seguirá circulando libremente en las redes sociales y en el ciberespacio por un buen tiempo, los medios están obligados a ser más cautelosos y recurrir al periodismo, al buen periodismo que no renuncia ni a sus objetivos ni al rigor de su método.

En un entorno caracterizado por la sobreexposición de los públicos a todo tipo contenidos violentos, se requiere más que nunca del buen periodismo. Así, ante la pregunta de ¿en qué medida deben los medios publicar material gráfico de contenido violento? La respuesta es: en la medida en que este tenga valor noticioso e informativo.

*The Huffington Post México

Escrito por Manuel Alejandro Guerrero Director del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana