Digo con sobrado optimismo que Oaxaca no está alejado de la mano de Dios, porque nuestra reserva histórica, cultural y espiritual es más poderosa que los problemas circunstanciales. Somos parte importante de esta humanidad, a nivel nacional e internacional aunque algunos lo duden.  Además, siempre hemos vivido en medio de crisis y sin embargo nos hemos liberado de presiones internas y externas, y hemos alcanzado grandes  progresos en todos los sentidos.
Tenemos, pues, de dónde echar mano y así como algunos sectores seguimos anclados en el pasado, también es cierto que surgen por todos lados  acciones de renovación, de transformación, de cambio, a partir de la creatividad de los propios individuos y de la sociedad, por mínimos que parezcan los esfuerzos.
En momentos nos entrampamos en diálogos de sordos y las posibilidades de entendimiento parecen estar todavía lejos. La corrupción alcanzó a sectores que antes se cuidaban de ella, o simulaban su inexistencia. Siempre hemos vivido en y con problemas, pero hemos salido adelante con nuestras capacidades y voluntades. Podemos. 
Escuchamos con frecuencia que los problemas son verdaderas oportunidades para crecer, no para quedarnos estancados o sumirnos más en el fondo. Todos los días nos enteramos de lo que pasa aquí y allá, que por sus dimensiones no parecen tener  fin, sin embargo, estamos obligados como buenos mexicanos y oaxaqueños a vencer  nuestros problemas porque nadie lo hará por nosotros.
Se habla ahora de la generación de seres humanos  de nueva levadura, porque se trata precisamente de cuidar y atender de manera integral los aspectos físico, mental, emocional y espiritual de los niños y jóvenes. La propuesta de organizaciones no gubernamentales convencen cada vez más a grandes sectores de la humanidad y son millones de padres de familia y mentores conscientes  en el mundo los que están empeñados en la educación de los niños y jóvenes con valores.
Lo que pasó la semana pasada en el Colegio Americano del Noreste en Monterrey, Nuevo León, es preocupante, pero no es más que un reflejo de la descomposición social tan profunda en la que hemos caído en nuestro país y no nos sorprendamos que este tipo de casos se repliquen en otras partes. Antes lo veíamos muy lejanos en las escuelas de los Estados Unidos de Norteamérica, ahora ya lo tenemos en casa.
No podemos esperar otra cosa si fallan los gobernantes, los trabajadores de la educación y los padres de familia. La  educación de calidad en México sigue siendo aún un tema pendiente, a pesar de los esfuerzos aislados existentes.  Me aterra pensar qué le espera a las nuevas generaciones por las condiciones precarias  en que están siendo educadas. La adquisición de conocimientos científicos y tecnológicos es indispensable en todos los tiempos y sentidos, pero no es suficiente si no la acompañamos con los humanísticos y espirituales para tener seres humanos plenos y capaces para afrontar los retos de la vida.
Tenemos otros problemas inmediatos en nuestro país y los que generará seguramente la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Los detentadores del poder económico y militar jamás cambiarán sus actitudes imperialistas hacia los pobres;  nos verán siempre con desprecio, aunque les ofrezcamos nuestra Guelaguetza y justifiquemos  nuestra mano de obra barata para que produzcan sus campos y empresas.
Como muchos mexicanos, hace tiempo dejé de consumir productos enlatados, refrescos de cola y ropa de marca estadunidense. Jamás se me ocurrió irme de mojado al otro lado, aunque haberme aventurado  hubiera sido bueno. Es más, el idioma inglés tampoco fue mi predilección desde la secundaria aunque hubiera sido bueno aprender, como lo hizo Mahatma Gandhi, para poder luchar en contra de quienes nos explotan y oprimen.
¿Por qué no revisar nuestra reserva cultural, nuestra historia, para afrontar los tiempos de crisis a partir de las experiencias vividas?