El asunto es tan irreflexivo que ni las autoridades migratorias saben cómo operar la orden presidencial y ya distintos jueces limitaron el alcance de la medida

Aún no se enfrían la guerras contra México, el acuerdo Transpacífico, las mujeres, con la CIA, o con los periodistas y sus medios, cuando Donald Trump abre dos peligrosos frentes más.

Y en esa incontinencia que tiene de firmar a diario órdenes ejecutivas, que acá conocemos como decretos presidenciales, ahora disparó contra dos blancos sensibles: los refugiados y el Estado Islámico.

En la primera de esas órdenes ejecutivas prohibió por 120 días la entrada a Estados Unidos de cualquier refugiado, reservando para los sirios un veto indefinido.

Además, bloqueó durante 90 días la entrada de ciudadanos musulmanes de Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen.

En una decisión hecha sobre las rodillas, Trump creó un enorme conflicto de derechos humanos que culminó con la ocupación de salas de espera y recepción en distintos aeropuertos norteamericanos.

Ahí donde fueron detenidos, sin aviso previo, ciudadanos de esos países que venían de viaje a los Estados Unidos o que regresaban con su green card, porque son ya residentes norteamericanos.

El asunto es tan irreflexivo que ni las autoridades migratorias saben cómo operar la orden presidencial y ya distintos jueces limitaron el alcance de la medida.

Pero la segunda orden ejecutiva, más peligrosa aun, es en la que Trump le exige a los líderes militares norteamericanos que en 30 días le detallen una estrategia concreta para atacar y acabar al Estado Islámico.

¿Acaso no es un error anunciarle abiertamente al enemigo, en este caso a los terroristas de ISIS, que en cuatro semanas las milicias norteamericanas irán con todo sobre ellos?

El “gran negociador” olvidó que el poder no se exhibe, simplemente se ejerce. Presumir que en un mes habrá un plan para acabar con el Estado Islámico es provocar a ese bloque terrorista para atacar primero a quien amenaza con aniquilarlo.

Ni qué decir la ofensa de ese decreto para los militares norteamericanos. Pedirles un plan maestro y darles 30 días para que lo ejecuten, equivale a decirles que no están haciendo su trabajo y ponerles un ultimátum. ¿A los jefes de las fuerzas armadas de los Estados Unidos?

¿Qué sucederá si en 30 días los militares no tienen ese plan maestro que Trump tiene en su mente para acabar con el terrorismo de ISIS? ¿Les dirán ¡You´re fired!?

Peor aún, pueden apostar que los próximos 30 días serán de absoluta tensión en todo el territorio norteamericano, porque el enemigo, a quien ya se le anunció que en 30 días van por él, sin duda buscará atacar primero.

En pocas palabras, que a los odios conquistados en una semana por el presidente Trump entre mujeres, mexicanos, periodistas, países del Pacífico, aliados de la OTAN, hay que sumarle ahora la de los refugiados y las amenazas sobre el Estado Islámico.

¿Puede llamársele “gran negociador” a quien abre tantos frentes de batalla simultáneos, sin tener claridad en el destino final de cada negociación?

El Presidente norteamericano está escribiendo hoy la historia de Trump contra el mundo, pero el sesgo que el desenlace está tomando esa historia será la del mundo contra él.  Eso es suicida.