SENDERO

Para nadie es extraño que el país del norte ha necesitado desde décadas atrás de los mexicanos para afrontar sus necesidades inmediatas, pues facilitó el ingreso de los mexicanos para que fueran a reemplazar a los estadunidenses en los trabajos agrícolas y en la industria cuando ellos se alistaron a participar en la Primera Guerra Mundial.

Los mismos norteamericanos recomendaron a los mexicanos a naturalizarse en ese país, porque así podrían servir también de carne de cañón en la guerra. La historia registra hechos y datos de cómo se fue gestando el fenómeno de la migración, con todos los riesgos que implicaba.
Su flujo requirió después de acciones bilaterales como el Programa Bracero que duró 22 años, pero lo cierto es que son los propios empleadores de ese país los que siguen propiciando el ingreso de los indocumentados porque les representa mano de obra barata y no hay ningún compromiso formal con ellos.
Nuestra historia migratoria está plagada de vejaciones y actos de injusticia que los mexicanos hemos sufrido a la fecha. El desarrollo de los Estados Unidos se ha logrado merced a nuestros sacrificios, el presidente Donald Trump finge demencia  y como sus demás antecesores truena contra México.
El investigador Jorge Durán (Braceros, Las miradas mexicana y estadounidense) sugiere que cualquier convenio que se llegue a firmar nuevamente con los Estados Unidos de Norteamérica  debe tomar en cuenta los aciertos y los errores del pasado y  partir de las conquistas logradas: negociación bilateral, legalidad, contrato de trabajo, selección de trabajadores y comunidades involucradas por parte del país de origen; selección de las actividades y los lugares de destino por parte del país que acoge; salarios mínimos establecidos de acuerdo con las regiones y pago similar por las tareas realizadas por los trabajadores nativos; seguro médico, seguro de desempleo durante el período del contrato; reembolso de los gastos de transporte, vivienda digna, derecho a la organización y tener representantes, supervisión y control oficial por parte de ambos gobiernos.
El mismo autor agrega que es necesario un programa de esta naturaleza porque el caos existente facilita la sobreexplotación de la mano obra migrante y fomenta el contrabando de migrantes. Siendo Oaxaca uno de los estados del sureste del país generadores  de migrantes que van al país del norte,  se calcula más de dos millones  de personas, además de los que ya residen ahí, es importante revisar acciones que se han realizado a la fecha  y funcionan, y las que no han operado.
Desde luego que el fenómeno migratorio continuará, seguramente más regulado, digamos dentro de convenios debidamente establecidos, pero en el caso de una deportación masiva de paisanos, ¿estamos preparados  para recibirlos y garantizarles comida, seguridad y empleo?
El Gobierno del Estado, a través del Instituto Oaxaqueño de Atención al Migrante, ha anunciado ocho medidas para atender de inmediato la crisis en coordinación con el Gobierno de la República, dentro de las cuales me parecen fundamentales la puesta en marcha de proyectos productivos que beneficie de manera específica a los deportados y sus familias, y la coordinación con las instancias federales y estatales para dar prioridad la atención a los afectados.
Las instancias de gobierno, instituciones educativas  y las propias comunidades oaxaqueñas habrán de hacer un gran esfuerzo para motivar a los paisanos y paisanas a quedarse en sus propias tierras y regiones, a  no anidar más el sueño americano. ¿Tendremos la iniciativa, la capacidad, la voluntad y los recursos necesarios para lograrlo?
La vecindad debe adquirir otra cara y el tema de la migración también. Ese es el mensaje que estamos percibiendo a lo largo y ancho de nuestro país, en que los mexicanos nos hemos unido y nos estamos manifestando de una y  mil maneras. No más humillaciones  ni dependencias, menos acuerdos o arreglos en lo obscurito.