Es lo más cercano al terror: no al despojo, sino a la posibilidad de la muerte, a la tragedia máxima de una comedia insostenible. Como cuando la inexperiencia es la peor de las circunstancias posibles, o cuando se acaba el tiempo y llegan los azules, y es necesario agarrarse del primero a la vista para poder huir, o en el peor de los casos, matar de a uno como advertencia y negociación del escape. Salve decir, como un cliché de una secuencia de una película de acción.

– Esto es un asalto – escuché de una voz apenas titubeante. Era el único en la caja de cobro. Cargaba a mi hija mientras hacía esfuerzos por sacar el dinero de las bolsas de mi pantalón para pagar las dos latas de atún que llevaba. De reojo vi entrar a un hombre a la tienda, pero no presté mayor atención hasta que lo escuché decirle a la cajera.

Levanté mi cabeza. El tipo alto, delgado, camisa negra, pantalón de mezclilla azul, gorra y rostro descubierto, me apuntó con el arma justo en la frente al tiempo que cortaba cartucho y repetía, ahora con voz más firme: ¡esto es un asalto! Desvié la mirada al arma tipo escuadra, un tanto vieja que dejaba ver el desgaste en la pintura, casi se había borrado su color negro y permanecía mayormente el color gris del metal: vi el orificio vacío del cañón de la pistola (que ahora sé, se llama ventanilla de eyección) y, con error pensé que no tenía balas, que se trataba de una broma.

Estoy seguro que se dibujó una sonrisa en mi rostro. Por la otra puerta del Mini Abastos entró un segundo hombre de estatura baja, un poco gordo y la mitad de la cara cubierta. Con su arma amagó a dos empleados de la tienda, una mujer y un hombre, a quienes les gritaba amenazante. A la mujer, que la tomó del brazo, le pidió que lo llevara al fondo de la tienda, donde se encontraba la caja de seguridad: el llanto estentóreo se apoderó de ella, mientras lazaba algunas palabras entrecortadas de súplica.

Desconcierto. No surge pensamiento alguno. Cuatro de los cinco sentidos se nulifican totalmente, la vista es la única en funcionamiento. La mirada vuelve al arma que aún me apunta.

La casa está a la vuelta del Mini Abastos, apenas unos 100 metros de distancia. Es en la agencia municipal de Pueblo Nuevo de la ciudad de Oaxaca; al inicio de la calle, justo en medio, hay un enorme eucalipto, que forma una Y que divide la entrada y salida de los vehículos.

Aquí, las autoridades municipales y estatales afirman que la incidencia delictiva “van en decremento”. Se ha reducido en un 30 por ciento de 2014 a la fecha, me dice el ex comisionado de Seguridad Pública, Vialidad y Protección Civil Municipal, Edwin Vásquez Nazario: “esto quiere decir que estamos haciendo bien el trabajo y que efectivamente los delitos no se cometen, o que lo estamos haciendo mal y que las detenciones (de los delincuentes) no las hacemos”, dice y remata que el 93 por ciento de los delitos no se denuncia: “la gente no quiere perder el tiempo y no confía en las corporaciones de seguridad pública y de justicia”.

Aquí en la capital del estado, los delitos del fuero común como oficialmente se conocen, más comunes registrados por las autoridades, son el robo a transeúntes, el robo con violencia; pero ocurren de todos: violaciones, secuestros, homicidios.

El asaltante nos pidió tirarnos al suelo. A un costado de la caja de cobro, me puse en cuclillas, en medio de las piernas puse a mi hija y traté de cubrirla con la mayor parte del cuerpo. Frente a nosotros se arrodilló una mujer, que estimo, tendría unos sesenta años, pelo canoso. No volví a levantar la cara, sólo miraba el cabello de mi hija. Los llantos de algunas trabajadoras de la tienda no cesaban, pese a sus enormes esfuerzos por contenerlos que provocaban breves espasmos de ahogamiento.

¡Que no se les salga de las manos! – me repetí a cada momento y pensaba sobre la vacía ventanilla de eyección de la pistola y sobre la posibilidad de que sus armas estuvieran sin balas, como si de alguna forma deseara hacer algo, actuar, quitarle el arma y someterlo, aunque en realidad no tuviera intención de hacer algo. ¡Que no se les salga de las manos!, pensaba otra vez y otra vez, mientras abrazaba fuerte a mi hija. Sentimientos. Sí, algunos: miedo, impotencia, humillación.

¿Cuántos minutos han pasado? No escucho a mi hija, no ha emitido queja alguna, ni una palabra de las que apenas empieza a pronunciar. No escucho su respiración siquiera. La acerco más a mí. Algo ha trabado mi boca que no se puede abrir, para intentar unas palabras que calmen, algo así como ¡todo va a estar bien!

El tiempo dejar de ser tiempo: apenas un impasse, el congelamiento inexorable de un momento. Ahora pensaba en el tiempo: seguro que mi esposa empezará a preocuparse porque tardo tanto con las latas de atún y más porque viene conmigo nuestra hija. ¡Ojalá no venga a buscarnos! – pensaba. En otras ocasiones ha salido a nuestro encuentro por la tardanza, aquellas veces en que hay mucha gente comprando.

La señora a mi lado empezó a rezar un Padre Nuestro y deseé que callara, le pedí que se callara entre dientes, lo suficientemente bajo para que no me escuchara. Bastaba la tensión, el dolor en las piernas, las manos frías, el aniquilamiento de los sentidos, la impotencia, el temor: el Padre Nuestro sólo le agregaba terror.

El asaltante coloca el cañón de la pistola ligeramente sobre mi cabeza y me suelta una nada tranquilizante: – no se preocupe – y sólo pienso en que no se les salga de las manos, que terminen rápido. Luego empieza a gritar si alguien trae vehículo, respondo que no y digo estúpidamente que vivo a la vuelta. Después pide carteras, celulares. Le entrego el celular. Nunca levanté la cara. Ahora pensaba en la muerte: nunca se teme tanto a la muerte como cuando se sabe que se puede estar frente a ella.

No me di cuenta cuándo se fueron. La señora que rezaba el Padre Nuestro me recriminó que haya dado mi celular. El llanto explosivo de las trabajadoras ahogó el ruido de los vehículos que pasaban sobre la carretera federal 190, a menos de cinco metros del Mini Abastos. También reactivó los sentidos. Cuando te toca, te toca; a la tercera es la vencida: y esta era la tercera vez en el año que asaltaban el Mini Abastos y jodidamente, la primera vez que me enteraba.