Yanireth Israde González
Cd. de México (15 febrero 2017).- La primer palabra que pronunció Rodrigo Medellín fue “flamingo” y luego los animales entraron en tropel a su lenguaje.

A los once años daba cátedra de mamíferos frente a las cámaras de televisión -concursó en el Gran Premio de los 64 mil pesos, programa que antes de Medellín no aceptaba niños- y, al mirarlo en la pantalla, un científico de la UNAM lo invitó al Instituto de Biología.

Aceptó ir, incluso consintió “volarse las clases” de la secundaria para tomar lecciones en una cueva de murciélagos. Hoy Medellín es “Batman”, epíteto que se ha granjeado por su defensa del quiróptero.

“No he trabajado un día en mi vida: me pagan por divertirme, estoy haciendo exactamente lo que quiero”, dice en su cubículo del Instituto de Ecología de la UNAM, donde un murciélago de fantasía extiende las alas sobre su escritorio.

Medellín, director del Programa de Conservación de Murciélagos en México, restaura la imagen pública de los mamíferos voladores, tan lastimada por mitos que los asocian con drácula o creaturas diabólicas. No se conforma con revertir el desprestigio, pues se ha propuesto, junto con Tequila Interchange Project (TIP), preservar el hábitat del murciélago, primordial en la producción de agaves, pero también en la regeneración de las selvas o el control de plagas.

“Si comiste tortilla, pan de trigo o traes cualquier cosa de algodón, los murciélagos están involucrados porque son cultivos defendidos por ellos”, explica el científico.

“Perdemos a los murciélagos y en tres meses no tenemos cosechas. En lugar de estar mandando soldados a que siembren arbolitos que al mes se mueren, lo que tendríamos que estar haciendo es proteger a los murciélagos para que hagan su trabajo. Con dejarlos en paz, ellos van a recuperar nuestros bosques”, afirma.

Dejarlos en paz implica permitir que los agaves crezcan, florezcan y alimenten a los murciélagos, que a su vez transportan el polen de una flor a otra, proceso de reproducción que suele interrumpirse por la obtención de alcohol.

“Los agaves acumulan azúcares durante años en el núcleo de la planta. Cuando ésta madura invierte hasta el último gramo de esos azúcares en un solo evento reproductivo: el quiote. Solo se reproduce una vez y muere tras lanzar ese grandísimo quiote que evolutivamente ha desarrollado unas manos gigantescas, abiertas, para ofrecer su miel a los murciélagos”.

Pero la industria cosecha los agaves antes de que suelten el quiote para convertir los azúcares en alcohol, y al hacerlo, descarta la polinización y fomenta en cambio la reproducción por clonación, mediante hijuelos de la planta madre.

“Usan clones de diez o quince plantas nada más, eso quiere decir que están depurando la genética, están perdiendo diversidad genética cada vez que plantan y replantan. Esto lo han hecho por más de cien años.

“Adivina cuánta diversidad genética les ha quedado. Los agaves no están creciendo lo suficiente, están enfermando o no están produciendo el azúcar que producían antes, está perdiéndose la calidad de la plantas”, advierte el investigador.

Medellín y el TIP, que dirige David Suro, propusieron a los industriales del tequila que dejaran florecer el cinco por ciento de sus agaves para que los murciélagos polinizaran y los productores pudieran beneficiarse con semillas más sanas. Recibirían a cambio el holograma “Bat Friendly” de la UNAM para reconocerlos como amigos del murciélago.

La primera cosecha Bat Friendly se logró el año pasado y recientemente fueron lanzadas 300 mil botellas con holograma. Las marcas que obtuvieron el distintivo fueron Tequila 8, Tequila Tapatío, Tesoro de Don Felipe, Siete Leguas y Siembra Valles Ancestral, así como los mezcales Don Mateo de la Sierra y Siembra Metl.

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