Así como para la escritora Marguerite Yourcenar el tiempo era el gran escultor, se puede decir que en términos políticos internacionales la corrupción se ha convertido en el gran escultor que define nuestro tiempo

 

Así como para la escritora Marguerite Yourcenar el tiempo era el gran escultor, se puede decir que en términos políticos internacionales la corrupción se ha convertido en el gran escultor que define nuestro tiempo.

Y es que, en los últimos días España ha presenciado dos sentencias que considero fundamentales, las dos relacionadas con la corrupción, pero que marcan una tendencia en la que es posible saber que el crimen no siempre manda y en ocasiones hasta paga.

El cuñado del rey Felipe VI, Iñaki Urdangarin, esposo de su hermana la infanta Cristina -la sexta persona en la línea dinástica de la sucesión española- ha sido condenado a 6 años de cárcel por el delito de corrupción al incurrir en malversación de fondos públicos.

Lo que hacía el cuñado del Rey era simular que realizaba una serie de actividades desde una fundación sin fines de lucro, para después vivir con ese dinero público y vivir muy bien.

Ha sido un largo proceso donde la propia hermana del Rey y la Casa Real han sufrido un innegable desgaste. Es más, esa situación fue junto con los errores cometidos por Juan Carlos I, una de las razones para que abdicara y su hijo Felipe VI ocupara la Corona produciendo al día de hoy una recuperación de la fe pública en la institución.

Por otra parte, hay muchos políticos que piensan que cuando triunfan fuera de sus fronteras con un origen de vida política al interior de su país, han llegado al otro lado del río.

Y en ese sentido, han existido muy pocos políticos españoles que han tenido una carrera tan exitosa como la de Rodrigo Rato, quien fue vicepresidente del gobierno de José María Aznar, en los años en los que la Unión Europea y el resto del mundo no dejaban de destacar el milagro español. Para después convertirse en el director gerente del FMI.

Sin embargo, acaba de ser condenado a cuatro años de cárcel por haberse apropiado de manera indebida del patrimonio de Caja Madrid –caja de ahorro pública- mediante un sistema de tarjetas de crédito.

Son dos sentencias que independientemente de los casos específicos marcan una tendencia, y esa es que la corrupción empieza a tener un costo muy caro a nivel institucional, pero también a nivel personal para quien las comete.

Son dos llamadas de atención que en un caso como el nuestro aquí en México debe servirnos y así saber que para llegar a ese punto no basta con tener periódicos que denuncien, ni siquiera procuradores que enfrenten, porque lo que hace falta es desarrollar un sistema organizado de impartición de justicia en el que una vez que se comprueben los delitos, se pueda condenar a los corruptos y de verdad hacer sentencias ejemplares.