NIGROMANCIAS

Es la hora de Latinoamérica Unida

“Cuando las creencias flaquean, nos quedan las actitudes. La inseguridad de los contenidos desvía la mirada hacia las formas y los procedimientos. Más que los actos en sí mismos, nos cautivan las maneras de hacer o de estar. Perdonamos la transgresión pero no la incompetencia y la falta de sensibilidad. Pues la ética es, sin duda derecho y voluntad de justicia, pero también es arte aprendido día a día. Vivimos en un mundo plural, sin ideologías sólidas y potentes, en sociedades abiertas y secularizadas, instaladas en el liberalismo económico y político. El consumo es nuestra forma de vida. Desconfiamos de los grandes ideales porque estamos asistiendo a la extinción y fracaso de la utopía más reciente. Nos sentimos como de vuelta de muchas cosas, pero estamos confiados y desorientados, y nos sacude la urgencia y la obligación de emprender algún proyecto común que dé sentido al presente y oriente el futuro. Hemos conquistado el refugio de la privacidad y unos derechos individuales, pero echamos de menos una vida pública más aceptable y más digna de crédito. (Victoria Camps, Virtudes Públicas, 1990)
En efecto, la ética está de regreso, y no precisamente porque las buenas conciencias asomen por las ventanas abiertas de un mundo en putrefacción, sino quizá un poco más porque -parafraseando a Eduardo Galeano- las venas abiertas de las sociedades contemporáneas siguen sangrando extrema pobreza y siguen padeciendo el dolor de naciones ilusoriamente independientes y fácticamente sometidas a los grandes capitales y a las Kakistocracias, plutocracias y cleptocracias tan aberrantes como en los tiempos de la Roma degenerada o de los bárbaros que una vez conquistado el poder se dedicaban a saquearse a sí mismos hasta convertir las ciudades en tierra de nadie.
América Latina ha vivido en un intento eterno por hacer de su raza una sólo nación que una al continente en razón de sus identidades, pero como bien lo dijo Germán Arciniégas, aún no supera el temor de sí misma, preocupada como lo ha estado siempre de su pasado, no se ocupa de su presente, lo que en consecuencia trae una rueda que va jalando el lodo y lo va poniendo de nuevo en su camino. En asuntos del orden público, ha intentado jugar a la democracia y no sabe aun si en algún omento eso pueda ser una realidad que perdure, o si, como sentenciaba Norbert Lechner, está condenada a una aspiración eterna y vivir una ilusión pasajera de sus posibilidades alternativas pero siempre con una “nunca acabada construcción del orden deseado”. Hoy, ante el regreso de los racismos y la amenaza del imperialismo ultraconservador que se piensa de “raza superior” cual fascistas de la era digital, es importante volver la mirada extraviada a la procuración de un ideal común latinoamericano; la unidad cultural debe cimentar la unidad política de pueblos hermanos. Y esto sólo será posible si cada país comienza a practicar en su propio territorio conductas públicas congruentes con una patria, o desde el interior de cada una de ellas, un pueblo revolucionario bien nacido, una sociedad bien parida (valga la expresión, muy oaxaqueña, por cierto).
La ética es, antes que cualquier otra cosa, una posibilidad de convivencia y un camino allanado hacia la paz. Toda sociedad que aspire a la libertad y la igualdad no debiera dudar en construir escuelas de vida con un alto sentido de la responsabilidad compartida; con una tarea de reconstruir los cimientos sociales, los valores que cohesionan, lo que hace que una sociedad merezca llamarse tal y no meramente una “sociedad de individuos” como irónica y paradójicamente le llama Norbert Elias, en alusión al extremo individualismo de nuestra época.
Forjar una sociedad decente, digna y progresista no significa anclarse en el pasado pero tampoco irse de bruces con los espejitos de la era digital. Seguro que no es la acumulación de cosas que nos pertenecen individualmente. Tampoco la edificación de cosas públicas sólo materializadas, si bien es cierto que se necesitan caminos, hospitales, escuelas, parques, centros recreativos; sino un poco de razón sensible, un poco de cordura que ponga en esas estructuras metálicas, una estructura sólidamente humana, buenos ingenieros, médicos con vocación de servicio, maestros con responsabilidad en el cumplimiento del deber, administradores del tiempo libre que permita a quienes trabajan, al obrero, al empleado, al artesano, al profesionista, al técnico, a toda mujer y a todo hombre convivir y recrearse con sus descendientes, en fin hace falta una verdadera planeación democrática de la mano y de la mirada de un todos y no de un yo o de una élite política.
La vergüenza pública debe ser una idea a realizar en cada acción ciudadana y en cada programa de gobierno; el honor de servir debe ser una constante en las actitudes de los servidores (valga) públicos y de los demandantes de los mismos. El respeto y la atención cordial es imperativo en la conducta pública, pero eso sólo se logra con la plena convicción de la no explotación del hombre por el hombre hobbsiano; hacer cumplir con responsabilidad y sin dispendio del trabajo humano las jornadas laborales y los días de asueto, con el pago justo de un derecho que se consiguió hace ya muchos ayeres y hoy, en aras del enriquecimiento ilícito de unos cuantos, siguen practicando la esclavitud y las tiendas de raya en cada oficina pública, entre otros tanto vicios que se derivan de la falta de tacto y del despotismo subliminal de falacias como esas de que “por Oaxaca no hay descanso”, estupideces que sólo conllevan un buen tanto de falta de profesionalismo y planeación de la administración pública, de siempre.
Así pues, todo aquello que redunde en calidad y cualidad de vida, es de primer orden su atención, igual que aquellas que marcan una jerarquización salarial injusta que refleja estados arcaicos y regímenes con total desconocimiento de las desigualdades remarcadas por el desinterés en la revisión homologada de la administración pública, lo que permite generar una falta de incentivos para la competencia en igualdad de circunstancias y una apatía a la iniciativa y el esfuerzo redoblado.
Asuntos más, asuntos menos, en urgente revisar los casos que puedan dar luz al surgimiento de una conciencia social libertaria común y una sociedad que asuma la ética como el patrón normativo a falta de justicia en los sistemas normativos existentes como el propio Derecho y la religión, por ejemplo. Es el camino hacia una democracia germinada de manera artesanal, con el sentido común en la solución de los problemas de la cosa pública o de lo que nos importa a todo por igual.
En fin, la democracia así vista – dice V. Camps – “…debería ser la búsqueda y la satisfacción de necesidades e intereses comunes, para lo cual, conviene, además de definirlos y nombrarlos, establecer prioridades, construir un clima de colaboración y cooperación…”
Una Sociedad Ethocrática (una comunidad basada en la ética como convicción de la supremacía del justo ejercicio del poder como verbo, no como fuero) es, desde esta perspectiva, aquella comunidad de seres humanos vinculados entre sí por un objetivo público común: la paz social (vivir juntos en orden y armonía) ¿Cómo se logra la paz social? Aplicando en la vida diaria los principios básicos de toda convivencia humana: respeto, tolerancia, prudencia, cooperación, comunicación, etc., y demás virtudes que unen y vinculan directamente generación con generación. Hasta la próxima, mientras tanto, que haya al menos un poco de paz. nigromancias@gmail.com Twitter: @JTPETO