Curioso que en los dos temas de espionaje, el de 2009 y el de ahora, aparezcan nombres de dos personajes que en su momento cuestionaron los intereses dominantes de Carlos Slim

Si alguien de verdad quiere llegar al fondo de las denuncias de espionaje del gobierno mexicano a periodistas y activistas, publicadas por el New York Times, que desempolve la historia y se asome a sus nombres.

Porque escuchar a otros suele ser una adicción de la casa, si recordamos los expedientes revelados en 2009 cuando se abrió el caso del centro de espionaje montado en el Estado de México.

En áquel entonces, el epicentro de ese espionaje era Manlio Fabio Beltrones, quien como priista le disputaba a Enrique Peña Nieto la candidatura presidencial.

Lo que se descubrió fue una compleja red de intervenciones telefónicas a políticos, dirigentes de partidos y periodistas, incluido el que esto escribe.

La denuncia se desplegó como tema de portada en la revista Proceso. Eran los años de la antesala para la sucesión presidencial del 2012.

Pero aquella investigación terminó en nada. Nadie sabe, nadie supo, quien ordenó y para qué se ordenó escuchar los celulares, incluso el de quien luego sería la primera dama Angélica Rivera, quien todavía no se casaba con quien sería el futuro presidente de México.

Por eso cuando hoy emergen en el reportaje del New York Times los nombres de Carmen Aristegui, Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas y Salvador Camarena, entre otros, vuelven las mismas denuncias, con los mismos argumentos que inevitablemente acabarán en lo mismo: en nada.

Vale la pena recordar que el primero de estos sistemas israelíes de espionaje fue adquirido por el gobierno mexicano a Susumo Azano Matsura.

El empresario japonés fue el principal contratista de equipos de inteligencia a Gobernación y al Ejército Mexicano en los tristes días del gobierno de Felipe Calderón.

Fue el japonés corruptor, acusado hoy de 26 cargos en los Estados Unidos pero impoluto en México, quien de la mano de otro personaje insalvable, Genaro García Luna, hicieron de Gobernación, el CISEN y la Sedena una Gestapo azul.

A través de la secretaría de Seguridad Pública calderonista, y con la complicidad y el interés de empresas de telecomunicaciones como Telmex y Telcel, se dilapidaron cientos de millones de dólares en adquisición de software y hardware. ¿Qué pasó con la Plataforma México?

En esas operaciones comandadas por García Luna se vio involucrado Susumo Azano, pero también el de Samuel Weinberg y José Kuri Harfush.

Fueron ellos, como coyotes o como proveedores, los que armaron al gobierno con sofisticados y costosos sistemas de inteligencia, aprovechándose de los apetitos revanchistas de un presidente agrio y desconfiado como lo era Calderón.

A partir de ahí se teje toda una red de intereses que terminan heredados al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y que se fortalecen con nuevas adquisiciones en la secretaría de Gobernación cuando Miguel Angel Osorio Chong absorbió la secretaría de la Seguridad Pública.

Curioso que en los dos temas de espionaje, el de 2009 y el de ahora, aparezcan nombres de dos personajes que en su momento cuestionaron los intereses dominantes de Carlos Slim.

Uno, Luis Téllez, quien renunció a la secretaría de Comunicaciones en medio del escándalo de grabaciones comprometedoras que lesionaban los intereses de Slim.

Dos, Juan Pardinas, quien es nada mas y nada menos que director del IMCO (Instituto Mexicano de la Competitividad) y acusioso custionador de la dominancia de “El Ingeniero”.

Si el mismo Slim, bajo cuyas órdenes opera hoy,  como asesor a la sombra, Genaro García Luna.

El mismo “Ciertobulto”  que presume su real o ficticia influencia como accionista del New York Times.