Videos de graduación insultantes, palabras altisonantes, ánimos encendidos, golpes y heridos. ¿Esa es la instrucción elite que reciben quienes dicen tenerlo todo y prometen ser los futuros líderes de México?

Si alguien quiere asomarse al futuro que sus élites le deparan a México, que vea con detenimiento el episodio de violencia entre los alumnos de los colegios Cumbres e Irlandés, en la Ciudad de México.

Durante la última semana, uno de los temas mas virales en las redes sociales fue la confrontación de “niños bien”. No de los hijos de la cultura del esfuerzo, sino los hijos  del privilegio.

Son alumnos de un sistema educativo creado para atraer no a los hijos mas talentosos, sino a las familias con las chequeras más acaudaladas para que, desafiando los designios bíblicos, fueran capaces de ganarse el cielo y no la condena de la aguja y el camello.

Son los vástagos y nietos de los ejecutivos, burócratas de oro, empresarios y políticos encumbrados, que seducidos desde los 60 por el padre Marcial Maciel, le entregaron al clérigo pederasta el destino de esos niños.

Sus abuelos vivieron aterrorizados con la amenaza del  comunismo, y en aquellos años le endosaron los conflictos estudiantiles a los jesuitas que terminaron expulsados lo mismo del Patria que del Tecnológico de Monterrey.

Y sobre ese terror anti-jesuítico, el perverso de Marcial Maciel se hizo de millones y millones de dólares en aportaciones, a cambio de darles a los hijos de sus donantes una educación que, salvo honrosas excepciones, fue mediocre y poco comprometida socialmente.

Los principios se fueron dejándose a un lado y solo se exhibían en las llamadas semanas de valores. Pero en la práctica extramuros no rendían sus frutos esperados.

Lo que acaba de suceder entre los graduados del Cumbres y del Irlandés confirma que las élites de nuestro país están mas ocupadas en sus negocios e intereses, que en el futuro sus hijos.

Que a pesar de ser quienes más tienen, quienes disfrutan de los privilegios públicos y privados del sistema, lejos de ser educados a la altura que les demanda la sociedad, están prestos para privilegiar la confrontación con el uso de la fuerza.

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Para los directivos de las escuelas involucradas lo alarmante no fue que se liaran a golpes los graduandos. El escándalo fue que se diera a conocer el vergonzoso hecho y que las redes lo glorificaran a tending topic nacional.

Sobrarán los papás de los muchachos, aquellos que fueron las primeras generaciones del Cumbres y del Irlandés, que dirán que no exageremos, que son travesuras de la edad. Que no hay que ahogarse en un vaso de agua.

Pero algunos de ellos son los mismos padres que desde sus posiciones de influencia, utilizan ese poder para abusar en sus corporaciones o en sus posiciones de gobierno.

Si a la cultura del ejemplo nos atenemos, el futuro que nos deparan esos graduados cuando salgan de las universidades, es poco alentador.

Pero eso le pasa a una sociedad que llevó a la glorificación divina a un pederasta como Marcial Maciel, a cuyos niños obligaban a venerarlo llamándolo Santo Padre.

Hasta que sus abusos sexuales y  escándalos financieros lo evidenciaron, dejando en la orfandad espiritual a quienes hoy pelean en las calles la ausencia y el abandono de su Salvador.