En que momento la tranquilidad de aquella sociedad del desarrollo estabilizador mexicano, que procreó a esa clase media emergente, pacífica y con bienestar, se transformó en una sociedad de enojo, frustración e ira al grado de acostumbrarse a vivir en la violencia

Cuando vemos la cotidianidad de la violencia, desde las disputas entre los alumnos del Cumbres y del Irlandés hasta ver a jóvenes operando para el crimen organizado, no podemos sino preguntarnos: ¿qué nos pasó?

En que momento la tranquilidad de aquella sociedad del desarrollo estabilizador mexicano, que procreó a esa clase media emergente, pacífica y con bienestar, se transformó en una sociedad de enojo, frustración e ira al grado de acostumbrarse a vivir en la violencia.

Los simplistas dirán que el sistema no dio para mas, que los sueños de millones se colapsaron a partir de la crisis de 1976 que se repitió en 1982, en 1987, en 1995, en el 2002 y en el 2008. Y no les faltará razón, pero eso no lo explica todo.

Algunos mas versados dirán que la movilidad social que empoderó a las generaciones de los 60, los 70 y los 80 acabó por colapsar en los 90. Y con el cambio de siglo el horizonte no fue lo prometedor que se anticipaba. Y tampoco les faltará razón, pero tampoco será suficiente.

Quizás deberíamos asomarnos a cuestiones mas simples, cotidianas e incluso que parecerían inocuas, como la educación que cada generación recibió y que a través de la televisión, por ejemplo, sembraron o destrozaron principios y valores.

Hace unos días en las redes sociales se viralizó un video que daba cuenta de los programas de televisión con los que crecimos quienes nacimos entre las décadas de los 50 y los  80.

Y al evocar aquellas teleseries, solo vislumbramos que todo lo que en ellas se reflejaba eran historias blancas, lecciones de vida que reflejaban la ética de una sociedad de bien.

Qué enorme distancia de las teleseries de hoy, inundadas de violencia, crímenes, en donde gana quien mas golpea, quien mas asesina y en donde predomina el culto a la maldad.

En los 60 y 70 los mexicanos nos divertíamos con telenovelas como Gutierritos, El Amor Tiene Cara de Mujer, Ana del Aire o lo mas perverso que se exhibía era El Maleficio.

Lo que ven hoy las nuevas generaciones exuda violencia con La Reina del Sur, Rosario Tijeras, La Piloto o El Señor de los Cielos, teleseries en las que se le rinde culto al tráfico de drogas y a la muerte.

Las generaciones de los 60 y 70 íbamos a dormir después de ver Bonanza, Hechizada, Mi Bella Genio, Los Beverly Ricos y las lecciones de vida la aprendíamos de La Casita de la Pradera o de Los Waltons.

Lo de hoy es la violencia de los Power Rangers o los Transformers. Y los llamados programas familiares son de relaciones disfuncionales, como Two and a Half Man.

¿Alguien recuerda cómo concluía Televisa en los 70 su programación?  Pues con series culturales que nutrían la mente y que eran conducidas por intelectuales de la talla de Octavio Paz o Juan José Arreola.

Hoy al cierre de transmisiones debemos conformarnos con las nacofilosofías de El Vitor y el Albertano, estrellas de Nosotros los Guapos, una exaltación a la vanalidad que hace mofa y ejemplo de los fracasados que se nutren de lo que “100 Mexicanos Dijieron” (sic).

Por eso decimos que no hay que pensarlo demasiado para encontrar el origen de nuestra descomposición social.

En cuestión dos generaciones modificamos a través de la pantalla chica los axiomas y las escalas de valores. Lo bueno se volvió malo y lo malo ahora es bueno.