Lourdes Zambrano
Cd. de México (23 junio 2017).- El nombre de Carlos Silvestre Frenk Mora apareció el 16 de junio en un listado de élite: el astrofísico se convertía, a partir de las 22:00 horas de ese día, en Comendador de la Orden del Imperio Británico, el rango civil más alto que concede la Reina Isabel II.

Si en 2014 se unió al club de Albert Einstein, Stephen Hawking o Edwin Hubble, al recibir la Medalla de Oro de la Real Sociedad Astronómica, ahora se suma al de Paul McCartney, Agatha Christie o Roger Moore.

“Unos cuentos científicos tienen este tipo de nombramientos. A mí me llegó de sorpresa. He recibido cinco veces más correos de felicitación que en el 2014”, cuenta Frenk en entrevista telefónica desde su cubículo la Universidad de Durham, donde despacha como director del Instituto Cosmología Computacional.

La noticia, en aquella ciudad, corrió como pólvora.

“Donde quiera que vaya, todo el mundo me felicita”, dice el científico nacido en 1951.

Nació en México, atado a un apellido que, por donde iba, lo relacionaba a su familia.

Silvestre Frenk, su padre, es un destacado médico, pionero de la endocrinología en el País; su abuela fue Mariana Frenk-Westheim, traductora de Juan Rulfo, y su tía es Margit Frenk, filóloga reconocida. Además es hermano del ex Secretario de Salud, Julio Frenk.

“Tenía un padre muy famoso, una abuela muy famosa, una tía muy famosa… A donde fuera que fuera yo, en las ciencias y en las humanidades, me decían: ‘¡Ah!, tú eres el hijo de…’, o ‘el nieto de…'”, recuerda.

Quería brillar por sí mismo, y entonces decidió abrirse paso en el extranjero, iniciando por Cambridge, donde nadie lo vinculara.
El cielo de Chiapas

Frenk vivía en la Ciudad de México, a donde habían emigrado su padre, su tía y abuelos huyendo de una Alemania intolerante, cuando aún no estallaba la Segunda Guerra Mundial.

Como todo citadino, su relación con las estrellas era nula, hasta que hizo un viaje a las Lagunas de Montebello, en Chiapas, donde durmió a cielo abierto.

“De repente me desperté, abrí los ojos y pensé: ‘A lo mejor me morí’. Estaba el cielo como nunca me imaginé que fuera posible. Nunca lo he vuelto a ver así”, rememora.

La experiencia, “apabullante”, determinó su vocación.

Había ingresado a la UNAM, a la Facultad de Ingeniería, por estar convencido de que tendría más oportunidades laborales, y, en parte, por presión familiar, pero no era lo suyo.

“Me cambié a física, después de un año y medio, y volví a nacer”, cuenta.

El astrofísico se enorgullece de su formación en la UNAM, y repite, una y otra vez, que tuvo una buena preparación y excelentes maestros.

Si dejó México, fue porque en ese momento no había en el País posgrados en astrofísica, y se mudó a Cambridge.

Además, había un rasgo social que lo empujaba a querer vivir en otro lugar.

El 2 de octubre de 1968, por ejemplo, le dejó una impresión profunda. Él estuvo en Tlatelolco ese día.

“Para mí era difícil vivir en un país de gran disparidad social y económica. El irme fue escapar un poco”.
Computar el universo

En 1981 se dio un parteaguas: un post doctorado en la Universidad de California en Berkeley, para participar en un proyecto que cambiaría el estudio del universo.

Fue reclutado por Marc Davis para trabajar con Simon White y George Efstathiou.

“La razón por la que te hemos contratado a ti es para entender cómo el universo ha adquirido esta estructura”, recuerda que le dijo Davis.

El equipo era joven. Trabajaban con teorías exóticas. El término “materia oscura” aún no era universalmente aceptada por la comunidad astronómica. Para sorpresa de todos, se convertiría en la teoría que permitió recrear el universo para su estudio desde una computadora, y en ello han transcurrido sus días.

La carrera de Frenk, quien adquirió la nacionalidad británica para poder tener mejores oportunidades de trabajo, será “coronada” por la monarca británica en diciembre, durante una ceremonia real.

Ésa es su patria por adopción, aunque no dejará nunca de reconocerse en el lugar que lo vio nacer.

“Las bases de cualquier éxito que he tenido en la vida están en México”, sentencia.

Reforma