Seres virtuales

Reforma / Juan Villoro

 

La luz eléctrica llegó para complicarle la vida a los fantasmas, pero no acabó con ellos por completo. Por más focos que tengamos, alguno se funde y no deja de haber zonas de oscuridad. Además, en esta región del cosmos siempre se puede contar con un apagón para ver aparecidos.

Mis dos abuelas tenían un contacto bastante frecuente con seres llegados de una realidad alterna que les daban consejos útiles y les hacían significativas advertencias. No se trataba de una relación temible, sino edificante. Si alguien volvía a este mundo era porque tenía algo que enseñar.

De niño me advirtieron que no se debe huir ante un espectro. Por lo general se trata de criaturas tristes y desvanecidas que no buscan otra cosa que hacer acto de presencia. La leyenda de que arrastran cadenas sólo se verifica en escenarios coloniales, nunca en condominios.

Hay que ofrecerles un vaso de leche y un poco de fruta para que se sientan bien (no comen ni beben pero son susceptibles y aprecian mucho los gestos). También sienten celos. Si muerdes la fruta que les habías ofrecido, regresan a jalarte los pies.

La primera condición para avistar un espíritu consiste en creer en ellos. “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones”, escribe Juan José Arreola. La mente es un cine de barrio que proyecta almas de otras épocas.

No heredé la sensibilidad de mis abuelas para recibir adiestradoras visitas de los muertos, pero comparto su certeza de que vivimos entre signos sobrenaturales. Dos o tres veces he creído estar ante un fantasma sin que esto tenga consecuencias de interés. En todo caso, el avistamiento de una señora de vestido floreado que atravesó como una ráfaga la sala de mi casa sirvió para explicar la desaparición de un Quijote de hojalata que a nadie le gustaba y acaso resulta decorativo en otro mundo.

Todo esto para decir que creo haber encontrado un curioso vínculo entre una época que consideraba desaparecida y la vibrante sociedad contemporánea. Los ojos de mis abuelas eran proclives a la fantasía y confundían las atmósferas borrosas con insólitas presencias. La mirada contemporánea no tiene que esforzarse demasiado para buscar seres virtuales, pues los tiene en la pantalla.

La ciencia le restó prestigio a los fenómenos indemostrables, pero contribuyó a crear aparatos que serían tratados con creciente fetichismo; a tal grado que la religión dominante es la tecnología. Las computadoras y los teléfonos se han vuelto más inteligentes que nosotros y fomentan una insalvable dependencia: si fallan nos desconectamos.

La vida interior de las máquinas se enriqueció con la realidad virtual. Disponemos de cacharros habitados por ideas, historias y acertijos. Los usamos para comunicarnos con los otros, para pensar en voz alta, para asumir alter-egos. Nadie nos conoce mejor que nuestro sistema operativo. Llegado el momento, sentimos el impulso de enamorarnos de ese espejo digital, como el protagonista de la película Her.

Cuando apartamos la vista de la pantalla, el entorno luce desleído; la realidad parece tener un sistema operativo caducado. Dan ganas de descargar una aplicación que la haga más interesante.

De tanto convivir con vertiginosas aventuras virtuales de repente vemos “algo más”, no en la inagotable pantalla, sino en la modesta tercera dimensión: un fantasma está en la casa.

Aún no dispongo de datos estadísticos concluyentes, pero he oído suficientes anécdotas para saber que los espectros se están multiplicando. Tan sólo esta semana tres amigos me han hablado de presencias extrañas, y hace unos días, en el Mercado de Medellín, oí que una chica decía: “Deme cuatro peras, pero una bastante verde porque es para mi fantasma” (el posesivo “mi” indica que eso ya es una costumbre).

No estamos ante una casualidad, sino ante una tendencia cultural perfectamente explicable. Después de pasar el día entero abismado en la realidad virtual, no es extraño sentir que alguien invisible mueve los cubiertos del antecomedor. Y no sólo eso. Una de las opciones más sugerentes de la sociedad digital consiste en asumir ahí un alias, en postularte como otro: el avatar que hace locuras sin que le duela la cabeza.

Entre los muchos fantasmas que pueden pasar de la pantalla a la realidad se encuentra el de nosotros mismos.

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