Los Olvidados

         Hace ya muchos pero muchos años, en Yagul, en una parte del cerro que ve hacia un campo y montañas vestidas de azul y verde, revoloteaban cerca de varios arbustos llenos de flores unos colibrís, no parecían asustarse con mi presencia y ahí estaba yo con un copal y una necesidad de hacer meditación, y no cerré los parpados sino que veía extasiado el vuelo de esos pajaritos y ahí meditaba y resolvía y tenía respuestas desde dentro a las preguntas que hacía. “Cuentan pues que los dioses, dice la leyenda, que “no había nadie encargado de llevar los deseos y pensamientos de un lugar a otro y que por tanto, cuando terminaron de crear todo en el universo y el mundo, tomaron una piedra de jade, de ese verde maravilloso y mágico, y tallaron una pequeña flecha y le soplaron… la flecha voló, los dioses habían creado al COLOBRÍ Y LO DESTINARON PARA SER LIBRE AL IGUAL QUE AL Quetzal, y no se podía enjaular a menos que muriera, y el que lo hacía podía ser castigado por la vida y por la muerte y vivir en pena y estar como ausente, viendo a la nada y al todo pero sin entenderlo. Así, el colibrí, el ave más pequeña, llevaba los pensamientos y los deseos de un sitio al otro y combinaba los tiempos y generaba los colores más hermosos del universo, todo el arcoíris metido en su plumaje mágico y su vuelo de arriba a abajo de un lado al otro de adelante atrás era como llevar la magia en el aleteo, ochenta veces por segundo en un tiempo normal, pero cuando ama o anda coqueteando, llega a las doscientas por segundo”… así, cuando observas a un colibrí, alguien piensa en ti y te manda buenas vibras y recuerdos…

         Y Yagul es mágico y estás como en un centro donde se siente la vibra, antes de llegar a Mitla donde la ciudad es de los muertos, hace también mucho tiempo encontré en sus patios una bella pieza de piedra y varias veces llegué a preguntar sobre la vida y sobre la muerte, pero más sobre la vida, porque es como la estación a la muerte, y ahí, cerca de un pirul, un árbol de magia y de poder dicen los que saben, también pude observar el bello vuelo de los colibrís, muchos colibrís, revoloteando, como llamando mi atención, hasta que volaron cerca de una enorme rana de piedra que está casi a la entrada de este bello lugar, y después, subí y llegué a un plano donde veía los dos valles y se escuchaban las voces del viento y las voces del silencio, árboles de copal llenan el sitio y cuando uno corta las hojas o pincha las ramas, tiene ese olor de dioses y de magias, y ahí me quedé pensando y perdido en el tiempo y soñando hasta que me despertó el vuelo y los ruidos serenos del colibrí, y baje nuevamente a la entrada y vi una pequeña serpiente y después un alacrán negro que corría a esconderse entre las piedras y un pequeño zorro y un tlacuache con sus crías y la cola levantada, era como estar en otro mundo, en la magia, y ahí dejé que volaran los deseos y pensamientos y compré la casa del centro y se fue remodelando poco a poco, hasta que la desgracia de la economía nos alcanzó y la tuvimos que vender y venirnos a otro sitio marcado por el colibrí en San Felipe del Agua, y aquí veo de vez en vez a muchos de esos pajarillos que llegan a las rosas y las flores y revolotean y van y vienen sin saber a donde llegan… lindos son sus colores y sus vuelos y sus formas al quedar suspendidos, cercanos a las flores, donde ellas no se mueven y dejan seducirse para sacar sus flujos y alimentar a esta pequeña avecilla misteriosa, mágica, luminosa y hermosa…

         Y desde mi ventana veo Monte Albán y recuerdo cada sitio de ese lugar y estoy convencido de que en este sitio dejaré correr los últimos suspiros y pensamientos, porque ya se acercan los tiempos, y cada uno los debe de cumplir. Hay veces que me pregunto muchas cosas y el “por qué yo”, y en otras doy gracias a ser el testigo silencioso de esas experiencias duras, fuertes, violentas, de vida y de muerte, maravillosas, y me acuerdo y lloro, porque el llorar hace sacar las dudas y las emociones malas y me digo que no he hecho nada más que lo que he tenido que hacer y de buena fe, sin malicia, sin perversidades, simplemente porque estaba ahí, y ni modo, así se dieron los acontecimientos, no los generé, los viví, y por eso estoy tranquilo, y siendo honesto, me siento bien, sé que pagué y pagaré muchos más pensamientos negativos y perversos, malignos, extremosos, envidiosos y pues ni modo, con mi polvo como cuerpo o mi cuerpo para hacerse polvo se quedarán y en un soplo volarán a otros lares… así es la cercanía de la muerte, como pensamientos y recuerdos de la vida, sin más, ni penas ni llantos.

         Yagul está entre el árbol centenario y milenario de El Tule a la mitad del camino a Mitla, la ciudad de los muertos y cerca de Macuilxochilt donde también revolotean los colibrís y es como un sitio luminoso al igual que el juego de dados con el que se adivinaban los destinos y se marcaban los tiempos. Por ahí, hay muchos datos del paso y de las ceremonias, los indios son ceremoniosos y por esa razón siempre sueñan y ensueñan y toman los hongos o fuman el humito o toman el mezcal o la datura o simplemente saben leer las mentes y los destinos con el mirar, y de ahí que cuidan el que no les hagan OJO, que no les dé el susto o les tome el nahual descuidados, todos saben dónde están, por eso siempre buscan la tierra firme y el brazo alerta y el corazón suelto y dejando el miedo y la venganza y el dolor y lo ajeno. Siempre hay que tejer los hilos de la vida y dejar que se vayan enredando para hacer los tejidos, y en el telar de cintura se van fijando los colores y el rojo púrpura que viene del nopal y los que llegan del caracol marino o de la raíz de las plantas o de la tierra, y se van forjando los colibrís y se tallan y pintan en el árbol de copal para darle olor y color, porque al final, la vida es negra o bien oscura como el polvo de la tierra a donde vamos todos, sin faltar…sin fallar…